La escena lo dice todo. Era 2017 y Donald De La Haye, pateador de la Universidad de Central Florida, tenía que elegir entre seguir jugando bajo las reglas de la NCAA o conservar el canal de YouTube que había construido como válvula de escape. Las reglas de entonces no dejaban margen: un atleta universitario no podía monetizar su imagen fuera del programa. De La Haye eligió la cámara.
La decisión costó caro en el corto plazo. Significaba renunciar a la beca, al equipo, a la carrera atlética que había perseguido desde adolescente. Pero el giro que tomó su historia terminaría siendo más grande que cualquier temporada universitaria.
Su canal, conocido bajo el nombre de Deestroying, creció hasta los 6,4 millones de suscriptores en YouTube. El formato es directo: competencias uno a uno, desafíos de fútbol americano, apariciones de atletas universitarios y de preparatoria de élite. La lista de invitados habla por sí sola: el rapero Gunna, el exmariscal de campo Cam Newton, el actor Dwayne Johnson. No es un canal de nicho; es un producto de entretenimiento deportivo con alcance masivo.
Los detalles cuentan la historia. Además de YouTube, De La Haye acumula 4,7 millones de seguidores en TikTok y 2,5 millones en Instagram. Firmó con CAA, una de las agencias de representación más poderosas de Hollywood. Apareció en un comercial del Super Bowl 2026. Y cerró un acuerdo con Tubi —la plataforma de streaming gratuita de Fox— para producir contenido original de competencia deportiva. Su primera serie bajo ese trato, de corte futbolístico y pensada para coincidir con el Mundial de la FIFA 2026, se estrenó en junio.
De La Haye tiene hoy 29 años. Lleva casi una década fuera del fútbol universitario institucional, y casi una década construyendo algo que la NCAA no podía darle: la propiedad de su propia marca.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2017. La situación de De La Haye fue, según reportes de la época, uno de los catalizadores que llevó a la NCAA a revisar sus normas sobre monetización de atletas. La organización terminó modificando sus reglas para permitir que los deportistas universitarios obtengan ingresos por el uso de su nombre, imagen y semejanza —el llamado modelo NIL—. Que un joven de Florida haya forzado esa conversación desde afuera del sistema dice bastante sobre los límites de las estructuras burocráticas frente a la economía de creadores.
Los protagonistas de este tipo de historias suelen ser tratados como anomalías. La narrativa estándar los presenta como casos excepcionales que no deben tomarse como modelo. Pero la trayectoria de De La Haye ilustra algo más estructural: cuando las instituciones sobrerregulan el talento individual, el talento busca la salida. Y cuando la encuentra, a veces termina siendo más grande que la institución que lo expulsó.
La trastienda del acuerdo con Tubi también merece atención. En un ecosistema de streaming donde los presupuestos de producción se miden en decenas de millones, De La Haye construyó audiencia suficiente como para que una plataforma de distribución masiva le financie contenido original. Ese es el recorrido que la economía de libre empresa habilita cuando no hay un reglamento que lo impida: del canal de YouTube como hobby al contrato de producción con una plataforma global.
Hemisferio ve en esta historia un principio en juego que va más allá del deporte. La propiedad sobre el trabajo propio —sobre la imagen, la voz, la creatividad— es el activo más básico de cualquier emprendedor. Durante años, la NCAA administró ese activo en nombre de un modelo colectivo que beneficiaba a las universidades y dejaba a los atletas sin participación económica. De La Haye no esperó que el sistema cambiara: se fue. Y su salida, paradójicamente, fue lo que terminó cambiando el sistema.
A los 29 años, con una serie de estreno, un Super Bowl en el currículum y tres plataformas con millones de seguidores, el ex kicker de UCF ya no necesita que nadie le explique el valor de elegir bien.



