Para entender el presente hay que volver a esa semana.
El termómetro promedio de los 48 estados contiguos de Estados Unidos marcó 76,9°F en julio de 2026, según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). Es el registro más alto desde que la agencia comenzó a llevar la cuenta, en 1895. El récord anterior lo compartían julio de 1936 —el verano del Dust Bowl— y julio de 2012. Todos los estados del país superaron en al menos un grado su promedio del siglo XX.
Los detalles cuentan la historia.
En Maryland, el Departamento de Salud estatal declaró que 2026 fue su temporada de calor más letal desde que existen registros: 50 muertes relacionadas con el calor desde mayo y más de 1.300 enfermedades asociadas en ese mismo período. A escala nacional, el Washington Post reportó al menos 70 muertes vinculadas a cúpulas de calor solo en julio. En Europa, funcionarios informaron más de 10.000 muertes en exceso durante la ola de calor récord de junio en el continente.
La Organización Mundial de la Salud vincula las temperaturas extremas sostenidas con golpes de calor, enfermedades cardiovasculares y muerte. El Servicio Meteorológico Nacional (NWS, por sus siglas en inglés), que opera bajo NOAA, considera el calor el principal asesino meteorológico en Estados Unidos. Estudios globales estiman que el calor estuvo asociado con aproximadamente 489.000 muertes anuales entre 2000 y 2019.
La Organización Meteorológica Mundial de las Naciones Unidas advirtió esta semana que los períodos de calor extremo serán más frecuentes, intensos y prolongados a medida que el planeta se calienta.
El problema es que la agencia encargada de medir, anticipar y comunicar todo esto opera hoy con menos personal y menos dinero.
La administración Trump redujo la plantilla de NOAA en 2025. El NWS perdió aproximadamente 600 empleados —cerca del 15% de su fuerza laboral— a través de despidos, retiros voluntarios y jubilaciones. Posteriormente, la administración propuso recortar el presupuesto total de NOAA en 1.600 millones de dólares, lo que equivale a aproximadamente el 26% respecto al año fiscal 2025.
El resumen presupuestario de la administración justificó la medida: «Una NOAA más austera que se enfoque en necesidades operativas centrales, elimine capas innecesarias de burocracia, termine programas de subvenciones no esenciales y ponga fin a actividades que no justifican un rol federal, ofrecerá mejor valor al público estadounidense».
Como consecuencia de los recortes de personal, el NWS anunció el año pasado que reduciría el uso de herramientas de seguimiento meteorológico, incluidos los globos sonda. En mayo, legisladores expresaron preocupación por el fracaso del NWS en lanzar el 75% de los globos meteorológicos que normalmente se envían al aire en Kansas para medir condiciones atmosféricas. Esos globos transportan un dispositivo llamado radiosonda que recopila información de temperatura, humedad, presión y viento en la atmósfera superior para apoyar los pronósticos. El NWS atribuyó las fallas a escasez de personal.
La representante por Kansas Sharice Davids señaló que esas interrupciones ocurrían durante la temporada de tornados. «Los habitantes de Kansas merecen transparencia sobre qué está pasando, por qué está pasando y qué se está haciendo para solucionarlo», dijo Davids en un comunicado. «Merecen confianza en que los sistemas destinados a mantenerlos seguros están plenamente operativos durante la temporada de tornados, y los meteorólogos merecen los datos confiables que necesitan para hacer su trabajo».
Los recortes en NOAA y en la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias han dejado a Estados Unidos más vulnerable a los efectos del clima extremo, según la fuente. Menos datos y datos menos precisos pueden impedir que los expertos anticipen eventos futuros con exactitud. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, esto afecta con mayor probabilidad a personas con condiciones médicas crónicas, niños y adultos mayores de 65 años.
La escena lo dice todo.
El debate de fondo no es si el calor mata —los números de Maryland y los registros de NOAA lo confirman sin ambigüedad— sino quién paga el costo de la ignorancia. Una agencia con menos globos sonda, menos meteorólogos y menos presupuesto no desaparece el fenómeno: solo reduce la capacidad de anticiparlo. El argumento de la administración —burocracia más delgada, mejor valor— es legítimo cuando se aplica a programas que duplican funciones o financian ideología. La pregunta que los contribuyentes deberían hacerse es si la red de observación meteorológica que protege vidas durante tornados, huracanes y cúpulas de calor entra en esa categoría. Los hechos de este julio sugieren que el costo de equivocarse en esa respuesta no lo paga el presupuesto federal: lo pagan las personas.



