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El juez que empezó vaciando tachos de basura

Walter Venditti, integrante del Tribunal Oral Federal N.º 2 de San Martín, recorre cuatro décadas de carrera judicial que empezaron como meritorio no rentado y terminaron juzgando al narcotráfico. Su historia es, dice él mismo, «una entre tantas historias de la clase media argentina».
Imagen ilustrativa
lunes 3 de agosto de 2026

A las siete y media de la mañana, antes de que abriera la mesa de entradas, Walter Venditti ya tenía el juzgado presentable. Vaciaba tachos de basura, llevaba causas a notificar, preparaba el desayuno cuando faltaba personal. Era meritorio —cargo no rentado, aclara— y estudiaba Derecho en la UBA. Nadie le pagaba. Nadie le había prometido nada.

Esa escena, contada por el propio Venditti en una entrevista con Infobae, resume algo que el debate judicial argentino suele ignorar: la mayoría de los jueces del país no llegaron desde la cúpula. Llegaron desde abajo.

El producto de la clase media

Venditti nació y creció en un barrio de clase media de la Ciudad de Buenos Aires. Su padre era un inmigrante italiano que vino a la Argentina con sus hermanos y su madre —sin su padre, veterano de la Primera Guerra Mundial— y que aspiraba a levantar una empresa de construcción. Compró propiedades, se asoció con socios técnicos, trabajó duro. «La Argentina con sus vaivenes económicos lo enfermó», recuerda el juez. Hipertensión, luego un cáncer, la extirpación de un riñón. La sociedad se disolvió. El proyecto quedó a mitad de camino.

Ni su padre ni su madre terminaron el secundario. Él fue el primer universitario de la familia. «Los jueces argentinos son el producto de la clase media argentina, movilidad social ascendente», dice Venditti. «Las historias eran más o menos similares de todos: padres comerciantes, padres trabajadores, alguno con estudio universitario, pero no necesariamente hijos de la clase alta ni del empresariado argentino».

La frase no es retórica. Es una descripción sociológica que el propio sistema judicial rara vez se detiene a documentar.

La vocación antes del título

Venditti no llegó al derecho por tradición familiar ni por contactos. Llegó por temperamento. En el colegio nacional de su barrio hacía de intermediario entre el rector, los preceptores y los alumnos conflictivos. «Abogaba por ellos», dice. Esa vocación de resolver conflictos mínimos lo fue llevando, sin que él lo planificara del todo, hacia la abogacía.

Juez, en cambio, nunca lo imaginó. Entró al Poder Judicial como meritorio mientras cursaba. Pasó por un juzgado penal, luego por la Corte Suprema como asesor, secretario y secretario letrado en la Secretaría Técnica Penal. Estuvo allí cerca de veinte años. Recién entonces concursó para juez de cámara —«el cargo inmediato superior», precisa— y ganó. Hoy integra el Tribunal Oral Federal N.º 2 de San Martín, una de las jurisdicciones con mayor presión del crimen organizado y el narcotráfico en el país.

El valor que no era el dinero

Hay una línea en la entrevista que merece detenerse. Venditti recuerda que su padre contaba, con gracia, que cuando llegó de Italia «no tenían ni una mesa donde comer, comían sobre una silla». Y que de esa condición humilde transmitió una idea precisa: «el dinero no es todo», que servía para educarse, para la salud, para ayudar a quien lo necesitara, «alimentarte y no mucho más». El respeto y una mirada más humana valían más.

Esa pedagogía doméstica —trabajo, mérito, educación pública como ascensor— es la que Venditti identifica como el motor de su trayectoria. Y la que, según él, comparte con buena parte de sus colegas en el Poder Judicial.

Lo que la historia cuenta

Para Hemisferio, el valor de este testimonio no es anecdótico. En un país donde el debate sobre la justicia suele girar alrededor de la politización de los nombramientos, los vínculos con el poder y las presiones del kirchnerismo o del antikirchnerismo, la trayectoria de Venditti recuerda que el sistema también produce jueces formados en la cultura del esfuerzo y la movilidad ascendente —exactamente el tipo de capital humano que el libre mercado y la educación de calidad deberían seguir generando.

El riesgo, claro, es el inverso: cuando el Estado devalúa la educación pública, cuando los salarios judiciales se licúan con la inflación y cuando el mérito compite con la discrecionalidad política en los concursos, ese ascensor se traba. La historia de Venditti es posible porque hubo instituciones que funcionaron. La pregunta que deja abierta es si las condiciones para repetirla siguen en pie.

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