Los zapatos quedan siempre en la entrada, junto a las mochilas y los celulares. El suelo está cubierto de tatamis, la música calma y la sala llena de bloques, juegos de cocina y canastos de juguetes. Es una hora a la semana. Pero para quienes la viven, esa hora lo cambia todo.
Crecer Jugando es un programa de la fundación Infancia Primero —parte de la red Pacto Niñez— que reúne cada semana a niñas y niños de entre 0 y 4 años junto a sus cuidadores. Su premisa es deceptivamente sencilla: para promover el desarrollo infantil no basta con trabajar directamente con los niños. Hay que fortalecer el vínculo con quienes los cuidan.
La brecha que crece con el tiempo
Los números respaldan la urgencia. Según la agenda de Primera Infancia que el Observatorio Niñez de Fundación Colunga presentará a fines de julio, mientras durante los primeros meses de vida los rezagos de desarrollo detectados afectan a alrededor del 5% de los niños, después de los dos años esa proporción llega al 25%. Cuatro veces más. «Las brechas en el desarrollo aumentan a medida que niñas y niños crecen», advierte Paloma del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga, subrayando la importancia de intervenir antes de que esas brechas se consoliden.
El mismo documento revela otro dato que incomoda: uno de cada siete hogares con niñas y niños en edad preescolar no cuenta con ningún tipo de apoyo para la crianza —ni familiar, ni comunitario, ni institucional—. Y cuando ese apoyo falta, solo el 8% de esas familias declara recibir apoyo institucional, frente al 20% entre quienes sí cuentan con red familiar.
La trastienda del programa
Evelyn Peña tiene 42 años y lleva a Jeremías, su hijo de un año y medio con síndrome de Down, cada semana a la sala de tatamis. La derivación llegó desde el CESFAM Bicentenario, en la comuna de Renca. «Lo vi como una oportunidad para aprender, sociabilizar y compartir experiencias», cuenta. Fabiola Soto, 36 años, llegó por otra razón: criaba sola, sin red. Antes de conocer el programa, sus días transcurrían completamente sola con Ferran, hoy de casi dos años. Había intentado un espacio de juego en Ñuñoa, lejos de su casa en San Miguel. «Pero no podíamos interactuar entre mamás ni con los niños», recuerda. Allí, el silencio era la regla.
Lo que Crecer Jugando ofrece es distinto. Los adultos no esperan en la puerta: están dentro, en el mismo espacio, siguiendo la iniciativa de sus hijos. «No queremos que el adulto le enseñe al niño a jugar, sino que aprenda a seguirlo. Aquí el que manda es el niño», explica Magdalena Mongillo, directora social de Infancia Primero y coordinadora del programa.
Esa lógica tiene sustento técnico. «Una niña o un niño que tiene un buen vínculo con su cuidador principal tiene una mejor trayectoria de desarrollo», dice Mongillo. El vínculo se construye en gestos mínimos: que un niño vocalice y el adulto responda, que señale un objeto y alguien siga su mirada, que una sonrisa encuentre otra sonrisa. Intercambios breves que, repetidos cientos de veces en los primeros años, moldean el desarrollo socioemocional y cognitivo.
Fabiola lo descubrió de manera concreta: fue en esa sala donde notó que a Ferran le fascinaba una cocinita de madera que ella, reconoce, jamás se le habría ocurrido comprarle. «Vas aprendiendo sus gustos, sus intereses», dice.
Los detalles cuentan la historia
Nada en la sala queda al azar. La disposición de los materiales, las canciones que marcan las transiciones, los cuentos y las conversaciones entre cuidadores forman parte de una metodología diseñada. Las facilitadoras observan qué despierta curiosidad en cada niño y cómo responde el adulto a sus iniciativas. La información no se desperdicia.
El programa opera con derivaciones desde centros de salud como el CESFAM Bicentenario de Renca, lo que lo conecta al sistema público. Esa articulación es, en sí misma, parte del modelo.
La lectura de la casa
La escena lo dice todo: una fundación privada, articulada con la red de salud pública, está haciendo lo que el aparato estatal no logra hacer solo. El dato de que apenas el 8% de las familias sin red de apoyo recibe asistencia institucional no es un accidente administrativo; es el retrato de un sistema que llega tarde y poco.
Lo que Crecer Jugando demuestra es que la intervención temprana no requiere burocracia pesada ni gasto desorbitado: requiere metodología, comunidad y la humildad de dejar que el niño mande. La sociedad civil organizada, cuando opera con evidencia y sin intermediarios innecesarios, puede mover la aguja donde el Estado no llega. La pregunta que queda abierta —y que las familias de Renca y San Miguel ya están respondiendo con los zapatos en la entrada— es si los tomadores de decisiones tendrán la lucidez de replicar lo que funciona en lugar de reinventarlo.



