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El invierno que desbordó Chile

Un río atmosférico descargó en dos días el equivalente a un año de lluvia sobre el Norte Chico y dejó al menos 13 muertos, decenas de miles de afectados y una infraestructura que no estaba diseñada para resistirlo.
Imagen ilustrativa
sábado 25 de julio de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana.

La secuencia comenzó sin que nadie pudiera detenerla. Una sucesión de sistemas frontales, alimentados por un intenso río atmosférico, descargó precipitaciones excepcionales desde el Norte Chico hasta el sur de Chile. Inundaciones, desbordes de ríos, aluviones, marejadas y vientos destructivos se encadenaron en cuestión de horas sobre un territorio que, en muchos tramos, no había visto llover con esa fuerza en décadas.

Los números cuentan la historia mejor que cualquier adjetivo. En la estación meteorológica del aeropuerto La Florida de La Serena, julio acumuló cerca de 176,4 milímetros de precipitación. El promedio histórico mensual apenas alcanza los 17,1 milímetros. Es decir, cayó más de diez veces la lluvia normal para julio y más del doble de lo que normalmente precipita durante todo un año en esa zona. El registro prácticamente igualó el récord histórico de julio de 1984. En Monte Patria se registraron cerca de 171 milímetros; en El Tololo, 151; en Salamanca, 127; en Ovalle, 114. Cifras extraordinarias para cuencas acostumbradas a la escasez.

El balance oficial del Servicio Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (Senapred) contabilizó 13 fallecidos —con otros tres casos asociados a las lluvias aún bajo investigación—, decenas de miles de personas afectadas, miles de damnificados y albergados, y más de cien mil personas que permanecieron aisladas durante el momento más crítico. Las regiones de Coquimbo y Atacama concentraron los impactos más severos, aunque las consecuencias se extendieron desde Valparaíso hasta Los Lagos.

La escena lo dice todo: ríos que durante años mostraron caudales mínimos volvieron a correr con fuerza; quebradas habitualmente secas se convirtieron en torrentes; extensos tramos de carreteras cedieron por socavones; canales de regadío quedaron cubiertos de sedimentos; viviendas fueron inundadas y terrenos agrícolas terminaron bajo el agua. En Atacama, las nevadas cordilleranas provocaron aislamientos adicionales. En Coquimbo, deslizamientos de tierra modificaron el paisaje de quebradas y laderas. La remoción de barro, rocas y escombros seguía siendo, días después, una de las tareas más complejas para los equipos de emergencia.

Pero la emergencia no terminó cuando cesó la lluvia. Sectores rurales permanecían sin suministro estable de agua potable por daños en sistemas de Agua Potable Rural (APR), mientras brigadas trabajaban para restablecer el servicio eléctrico en localidades donde la caída de postes y los deslizamientos dificultaban el acceso. Caminos destruidos, puentes socavados y rutas interrumpidas mantenían comunidades parcialmente aisladas y obligaban a distribuir ayuda por vías alternativas.

El climatólogo Martín Jacques, de la Universidad de Concepción e investigador del CR2, describe lo ocurrido como «una secuencia de tormentas caracterizada por su persistencia, intensidad, extensión latitudinal y amenazas multivariable». A diferencia de un frente aislado, esta vez coincidieron lluvias intensas, rachas de viento destructivas, marejadas, inundaciones costeras, desbordes de cauces e incluso el registro de una tromba marina en Pichilemu. Según Jacques, «la intensidad sobrepasó la capacidad de respuesta de los sistemas naturales y la infraestructura humana simplemente no está diseñada para enfrentar eventos de esta magnitud».

La investigadora Paula Santibáñez, del Centro Agrimed de la Universidad de Chile, subraya que lo verdaderamente excepcional no fue solo la intensidad de la lluvia, sino la combinación entre persistencia, extensión territorial y concentración de las precipitaciones sobre una zona semiárida. Jacques añade que los pronósticos meteorológicos «demostraron nuevamente ser una herramienta científica invaluable para la toma de decisiones preventivas», aunque también quedó en evidencia, según él mismo, «la dificultad de coordinación entre instituciones del Estado y la sociedad civil» y la persistencia de desafíos en educación y comunicación efectiva.

El temporal tuvo también su cara opuesta: en la zona central las precipitaciones devolvieron nieve a la cordillera y permitieron una recuperación de embalses que hasta semanas antes permanecían prácticamente vacíos. En regiones marcadas por años de sequía, el agua fue simultáneamente alivio y catástrofe.

Ahí está el nudo del problema. Chile lleva años acumulando déficit hídrico, y cuando el agua llega, llega de golpe, sobre infraestructura que no fue concebida para absorberla. Los sistemas de Agua Potable Rural dañados, los puentes socavados, los caminos destruidos no son solo daños de una tormenta: son el inventario de una deuda de inversión pública que el aparato estatal no ha saldado. El dinero de los contribuyentes tiene una dirección evidente: reforzar la infraestructura crítica en zonas vulnerables antes de que el próximo río atmosférico decida la urgencia por ellos. La coordinación fallida entre instituciones que señala el propio mundo científico no es un problema técnico menor; es el costo real de un Estado que llega tarde y reconstruye lo mismo que ya cedió.

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