La escena lo dice todo. Un ingeniero eléctrico egresado de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela, en un país que expulsó a buena parte de su clase técnica, aparece hoy en la lista de los inmigrantes más ricos de Estados Unidos que publica la revista Forbes. Abel Avellán ocupa el puesto 41 de esa clasificación, que reúne a 144 multimillonarios nacidos en 45 países y residentes actualmente en territorio estadounidense.
La fortuna de Avellán está estimada en 4.900 millones de dólares y proviene, según Forbes, de su trayectoria en el sector de las telecomunicaciones satelitales. No es un heredero ni un favorito del aparato estatal. Es el fundador y director ejecutivo de AST SpaceMobile, una compañía que desarrolla una red de satélites diseñada para ofrecer conexión de banda ancha directamente a teléfonos móviles, sin necesidad de antenas tradicionales en tierra.
El punto de partida fue modesto. Avellán comenzó su carrera profesional en la compañía sueca Ericsson. En el año 2000 fundó Emerging Markets Communications (EMC), especializada en servicios de comunicación satelital para zonas remotas. Dieciséis años después, en 2016, vendió EMC por 550 millones de dólares. Con parte de esos recursos creó AST SpaceMobile, la empresa que hoy lo sitúa entre los grandes del sector tecnológico global.
Uno de los hitos más visibles de AST SpaceMobile es BlueWalker 3, un satélite experimental lanzado en 2022 que se convirtió en uno de los mayores satélites comerciales desplegados en órbita terrestre baja. Su objetivo: ofrecer cobertura de banda ancha desde el espacio a regiones donde la infraestructura convencional no llega.
Los detalles cuentan la historia. Avellán es coinventor de más de 24 patentes en Estados Unidos relacionadas con tecnología satelital y conectividad. En 2024 figuró como comisionado de la Comisión de Banda Ancha para el Desarrollo Sostenible de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y la Unesco. AST SpaceMobile mantiene acuerdos operativos con Verizon, AT&T y Vodafone para el desarrollo de servicios de conexión satelital.
En la cima del ranking de Forbes aparece el surafricano Elon Musk, señalado como el primer billonario del mundo. Le siguen el cofundador de Google, el ruso Serguéi Brin, y el cofundador de Nvidia, el taiwanés Jensen Huang. Según Forbes, ese trío concentra de forma conjunta más del 60% de la riqueza total medida en el ranking de inmigrantes. Avellán comparte lista con esos nombres, aunque su fortuna sea una fracción de la de los tres primeros.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que un joven venezolano decidió que la respuesta a la falta de conectividad en el mundo en desarrollo no era una queja sino una empresa. Dos décadas y media después, esa apuesta tiene nombre, cotiza en bolsa y lleva señal a lugares donde el Estado nunca llegó.
Hemisferio lee esta historia como lo que es: un argumento de libre empresa en estado puro. Avellán no construyó su fortuna con subsidios ni con contratos capturados por la burocracia; la construyó identificando un problema real —la desconexión de regiones remotas— y arriesgando capital privado para resolverlo. El país que lo formó lo perdió; el país que lo acogió lo convirtió en uno de sus empresarios más valiosos. La diferencia entre ambos no es geográfica: es institucional. Esa es la lección que el listado de Forbes, más allá de los números, deja sobre la mesa.


