La escena lo dice todo. En la mayoría de los hogares, el abuelo le extiende el teléfono al nieto para que le explique la última actualización. En la casa de Jairo Ruiz, en Medellín, el flujo va en sentido contrario: son hijos, nietos y sobrinos quienes llegan a él cuando tienen dudas sobre inteligencia artificial.
Ruiz tiene 74 años y una hoja de vida que resume medio siglo de ingeniería electrónica. Se graduó en la Universidad de Antioquia en 1976. Trabajó en instrumentación industrial y control automático, primero en una multinacional y luego durante más de dos décadas en Venezuela, donde operó en la industria cementera y fundó una empresa de equipos electrónicos para procesos industriales.
La crisis venezolana lo devolvió a Colombia en 2001. Perdió su patrimonio y su pensión. Empezó, en sus propias palabras, prácticamente desde cero. Lo que no perdió fue el hábito de estudiar.
Años después, ese mismo hábito lo llevó a la inteligencia artificial. El camino fue gradual: primero consultas en internet, luego cursos virtuales promovidos por entidades públicas, entre ellas Sapiencia. Se inscribió sin importarle que la mayoría de los participantes fueran considerablemente más jóvenes. Lo hizo, dice, sin presión y a su propio ritmo.
«Uno puede estudiar quince minutos, media hora o dos horas al día. Lo importante es empezar», explicó.
Lo que encontró en esa formación no fue solo instrucción técnica. Uno de los aspectos que más valoró fue la discusión sobre ética y derechos de autor. «La inteligencia artificial es una herramienta muy poderosa, pero depende del uso que uno le dé», señaló.
En la práctica, sus aplicaciones son concretas y cotidianas. Familiares y amigos le envían fotografías para que elimine personas del fondo, mejore la calidad de la imagen o arme montajes para celebraciones. «Me dicen: quítele este señor que aparece atrás, quite ese carro, déjeme solo estas personas. Y yo les hago esas ediciones», cuenta entre risas.
También usa la IA para investigar temas de actualidad y profundizar en asuntos de salud, campo relevante para él dado que convive con varias condiciones médicas. Su método es comparativo: consulta la misma pregunta en ChatGPT, Gemini, Claude y Copilot, y contrasta las respuestas antes de quedarse con alguna.
Después de aparecer en una campaña institucional que promovía el aprendizaje tecnológico entre adultos mayores, comenzó a recibir llamadas de antiguos compañeros de universidad y conocidos que querían entender cómo funcionan estas herramientas. Él no se presenta como experto. Insiste en que apenas está empezando.
«Hay que animarse. No importa si uno tiene 60, 70 u 80 años. Lo importante es conservar la curiosidad», concluyó.
El contexto institucional respalda que no se trata de un caso aislado. Entre 2024 y 2026, ciudadanos de entre 50 y 77 años han accedido a programas de educación postsecundaria de Sapiencia, con mayor concentración de beneficiarios en las comunas de Belén y Robledo.
La historia de Ruiz ilustra algo que el debate público sobre tecnología suele ignorar: la brecha digital no se cierra únicamente desde arriba, con programas y presupuestos, sino también desde abajo, con individuos que deciden no declararse obsoletos. La libre iniciativa personal —esa disposición a inscribirse en un curso sin que nadie lo obligue, a comparar plataformas por cuenta propia, a convertirse en recurso para los demás— hace lo que ningún aparato estatal puede garantizar por decreto: produce aprendizaje real.
El ingeniero paisa no espera política pública para actualizarse. La aprovecha cuando existe, y sigue adelante cuando no. Ese es, quizás, el dato más revelador de toda la historia.



