La última conversación fue por WhatsApp, sobre negocios. Era sábado. Minutos después, el sismo de 7.4 sacudió Pereira, Colombia, y Mario Alberto Zapata Verdier dejó de contestar.
Su hijo, Mario Zapata Reyes, lo reconstruyó así para EL UNIVERSAL: quince minutos antes del temblor, una de sus hermanas había hablado con su padre. «De ahí en más ya no tuvimos comunicación», dijo.
Mario Alberto, de 57 años, y su esposa Brenda Eloisa Flores Reyes, de 42, habían llegado a Pereira entre el jueves y el viernes previos al sismo. Era un viaje de vacaciones. Un año antes se habían casado, después de seis años de relación. Estaban hospedados en el hotel Dibeni cuando el edificio colapsó.
«El mismo hotel nos lo confirmó; al parecer, solo faltan ellos por ser rescatados», relató el hijo. Las operaciones de búsqueda continuaban, pero sin novedades al momento de la publicación.
La pareja es originaria de Durango. Mario Alberto dirige una compañía dedicada a la instalación y mantenimiento de maquinaria para la fabricación de cartón. Su hijo lo describió con pocas palabras, pero precisas: «Es una persona muy trabajadora, eso te lo puedo garantizar. Dedicaba mucho amor y responsabilidad a su trabajo. En el sentido familiar tiene un carácter reservado, pero es un gran padre».
Desde México, la angustia se mide en silencios y en noticias que llegan tarde. «Estamos muy angustiados, tristes, así de lejos porque no hay novedades; obtenemos noticia, digamos, fuera de tiempo o tal vez no sabemos si son ciertas», admitió Mario Zapata Reyes.
Para tener información de primera mano, dos familiares viajaron a Colombia: una hermana de Mario y una hermana de Brenda. Esperaban llegar a Pereira el domingo. La embajada de México en Colombia, según confirmó el hijo, ha mantenido contacto con la familia para brindar apoyo.
El traslado no fue sencillo de organizar. Las cuentas bancarias de la familia están a nombre del padre desaparecido, lo que complicó reunir los recursos para el viaje. «La idea original era que fuéramos la hermana de la esposa de mi papá, mi hermana y yo, pero no hubo tanto recurso y se optó porque solamente fuera una persona», explicó. La familia abrió una colecta para cubrir los gastos.
«Estamos esperando buenas noticias, que así va a ser todo, que ambos estén con bien, que pronto estén aquí con nosotros», insistió el hijo al cierre de la conversación.
Los detalles cuentan la historia. Una pareja en sus primeras vacaciones de casados, un hotel que ya no existe como lo conocieron, y una familia que espera en Durango con el teléfono en la mano.
Para Hemisferio, el caso ilustra una dimensión que suele perderse en las cifras de los desastres: el costo humano que recae sobre familias comunes, sin recursos institucionales propios, que deben improvisar traslados internacionales, gestionar información fragmentada y sostener la esperanza con lo que tienen. La respuesta consular es un primer paso necesario; lo que viene después —repatriación, identificación, acompañamiento— es la prueba real de lo que un Estado puede o no puede hacer por sus ciudadanos en el exterior.



