La escena lo dice todo. Liz Gumbinner, escritora y profesora de publicidad en la Universidad de Boston, no podía subir un cierre, apagar un interruptor ni tomar la mano de su pareja. La única postura en que podía dormir era boca arriba, con los brazos pegados al cuerpo. «Peor que las contracciones del parto», dice. El diagnóstico llegó meses después: capsulitis adhesiva, conocida coloquialmente como hombro congelado.
La condición no es rara. Afecta a entre el 2 y el 5% de la población, según los especialistas consultados por Time, y se presenta con mayor frecuencia en mujeres de entre 40 y 60 años. La anatomía de la enfermedad es precisa: la cápsula fibrosa que rodea la articulación del hombro se engrosa e inflama, y el proceso avanza en tres fases —congelamiento, rigidez y descongelamiento— que pueden extenderse de uno a tres años.
Lo que durante décadas se trató como un problema ortopédico aislado tiene, en realidad, un componente hormonal documentado. Durante la perimenopausia y la menopausia, la caída del estrógeno —que cumple un papel protector sobre el tejido musculoesquelético— puede generar inflamación y pérdida de elasticidad en todo el cuerpo. Ese mismo cambio hormonal favorece alteraciones metabólicas que aumentan la susceptibilidad a enfermedades tiroideas y diabetes, dos condiciones endocrinas asociadas a mayor incidencia de hombro congelado.
«Probablemente hay una combinación de factores», explica la doctora Jocelyn Wittstein, especialista en medicina deportiva y profesora asociada de cirugía ortopédica en la Universidad de Duke. «Está la retirada del estrógeno y su efecto sobre el revestimiento articular, pero también es probable que ocurran cambios endocrinos».
Wittstein presentó recientemente datos sobre más de 10.000 mujeres ante la Sociedad Ortopédica Americana de Medicina del Deporte, sugiriendo que la terapia hormonal está asociada a un menor riesgo de desarrollar hombro congelado. La investigación no es definitiva aún, pero la señal clínica es lo bastante consistente como para que tanto Duke como la Universidad de California en San Francisco (UCSF) tengan estudios activos sobre el tema.
En UCSF, los departamentos de ortopedia y ginecología-obstetricia investigan conjuntamente si la terapia hormonal reduce la duración del cuadro. «Es muy decepcionante que todo se achaque a la perimenopausia o la menopausia y que las mujeres tengan que soportarlo», dice la doctora Stephanie Wong, cirujana ortopédica y especialista en medicina deportiva en esa institución.
El diagnóstico, al menos, no es ambiguo para quien sabe buscarlo. «Lo llamamos 'el gran imitador', porque puede parecerse a todo: a una rotura del manguito rotador, a una tendinitis bicipital», explica Wong. La clave clínica es que el hombro no cede ni cuando es el médico quien intenta moverlo. «Cuando trato de levantar tu brazo, el brazo está literalmente congelado», describe. La confirmación llega con un examen físico; la radiografía o resonancia sirven principalmente para descartar otras causas.
El tratamiento estándar combina fisioterapia —centrada en estiramiento y terapia manual— con inyecciones antiinflamatorias en la articulación. La mayoría de los pacientes mejora con ese protocolo, aunque el proceso es lento. La cirugía se reserva para los casos más resistentes y es poco frecuente.
Hay, sin embargo, un grupo que carga con una desventaja doble. Las mujeres en tratamiento por cáncer de mama que reciben inhibidores de la aromatasa —una terapia que reduce drásticamente el estrógeno— enfrentan mayor riesgo de hombro congelado y, al mismo tiempo, no pueden acceder a la terapia hormonal que podría mitigarlo. «Reciben un doble golpe», resume Wittstein: menopausia temprana por quimioterapia o síndrome musculoesquelético asociado a los inhibidores, y sin la opción terapéutica disponible para otras mujeres.
Gumbinner, que entró en la perimenopausia durante la pandemia, nunca había oído hablar del hombro congelado. «Aquí estamos, con otro padecimiento que afecta a las mujeres de mediana edad y que no recibe ninguna atención», dijo.
Para Hemisferio, el caso ilustra un problema más amplio: cuando la investigación médica ignora sistemáticamente las particularidades fisiológicas de la mujer adulta, el costo lo pagan las pacientes en años de dolor y diagnósticos tardíos. Que dos grandes universidades estén ahora conectando ortopedia con endocrinología reproductiva no es un logro del sistema; es la corrección de una deuda pendiente. El libre flujo de información científica —y la disposición a financiar investigación sin sesgos de género— son los únicos instrumentos que pueden acortar esa brecha. Mientras tanto, el primer paso sigue siendo el más simple y el más ignorado: que el médico de cabecera sepa que el hombro de una mujer de 45 años que duele sin trauma previo merece algo más que un analgésico y paciencia.


