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El hombre que vio la Luna y pensó en la amistad

Enrique Ernesto Febbraro, odontólogo y filósofo bonaerense, convirtió el alunizaje del Apolo 11 en el punto de partida de una celebración que hoy cruza fronteras. Una historia de iniciativa civil, sin aparato estatal y sin presupuesto público.
Imagen ilustrativa
lunes 20 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Era el 20 de julio de 1969 y Enrique Ernesto Febbraro, profesor, odontólogo, filósofo, músico y locutor de radio nacido en Buenos Aires en 1924, miraba la transmisión en vivo del alunizaje del Apolo 11. Mientras millones procesaban el hito como un logro tecnológico, Febbraro lo leyó de otra manera: aquello hablaba, según relató él mismo tiempo después, de una verdadera unidad y de cómo la humanidad podía alcanzar nuevas metas.

De esa convicción nació una frase. «Un pueblo de amigos es una nación imbatible.» Y de esa frase, una campaña.

La carta de las mil copias

Antes de que la misión Apolo 11 regresara a la Tierra, Febbraro ya había redactado una carta explicando su propuesta. La tradujo a varios idiomas, encargó alrededor de mil copias y las envió a sedes del Rotary Club y a instituciones de cerca de cien países. No había algoritmo, no había plataforma digital, no había financiamiento estatal. Solo un hombre con una idea, sobres y sellos.

La respuesta superó sus expectativas: recibió entre 700 y 800 adhesiones desde el exterior. Con ese respaldo en mano, Febbraro comenzó a recorrer entidades gubernamentales, religiosas y civiles para conseguir apoyo formal. En 1972 registró la propiedad intelectual de la celebración y cedió esos derechos al Rotary Club de Lomas de Zamora, con el objetivo explícito de facilitar su difusión sin fines de lucro.

Los detalles cuentan la historia: un ciudadano que construye algo desde la sociedad civil, lo registra, lo cede y lo libera. Sin burocracia como protagonista, sino como destinataria tardía del reconocimiento.

El reconocimiento institucional, paso a paso

La consolidación oficial llegó en etapas. En 1979, la Ciudad de Buenos Aires oficializó la fecha mediante un decreto que retomó el lema propuesto por Febbraro. El 29 de noviembre de 1983, el Poder Ejecutivo de la provincia de Buenos Aires firmó el decreto 1826, que en su artículo primero declaró a Lomas de Zamora «capital provincial de la amistad», reconociendo que allí se había originado la propuesta «motivo de aceptación y regocijo popular».

Lomas de Zamora, municipio del sur del conurbano bonaerense donde Febbraro fue declarado ciudadano ilustre por su vida profesional y comunitaria, se convirtió así en el epicentro simbólico de una celebración que la burocracia provincial tardó catorce años en formalizar desde que él enviara sus primeras cartas.

Una fecha que viajó sola

Con el correr de las décadas, el 20 de julio trascendió las fronteras argentinas. La celebración se extendió a Uruguay, Brasil, Chile y España, entre otros países. En 2011, la Organización de las Naciones Unidas estableció el 30 de julio como el Día Internacional de la Amistad, una fecha distinta a la propuesta original de Febbraro, que sin embargo sigue siendo la más arraigada en el Río de la Plata y en buena parte de América del Sur.

Por su trabajo en torno a los valores de la amistad y la paz, Febbraro fue postulado en dos oportunidades al Premio Nobel de la Paz. Falleció el 4 de noviembre de 2008, a los 84 años.

Lo que queda

Para entender el presente hay que volver a esa semana de julio de 1969. Febbraro no esperó una política pública, no solicitó un subsidio, no armó una fundación con directorio rentado. Tomó un hecho extraordinario —el primer paso humano sobre la Luna— y lo convirtió en palanca para algo tan antiguo y tan resistente como la amistad entre personas.

En un tiempo en que el debate público gira casi siempre alrededor del Estado como motor de cualquier transformación social, la historia de Febbraro es un contrapunto discreto pero elocuente: la iniciativa individual, la red voluntaria, la sociedad civil organizada sin tutela oficial pueden dejar una huella que ningún decreto habría generado por sí solo. El aparato estatal llegó después, a validar lo que un ciudadano ya había construido con mil cartas y una convicción.

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