Hay un pasillo en la Universidad Sergio Arboleda donde Colombia espera. Cerca de 10.000 casetes distribuidos en más de 200 cajas, algunos con letras descoloridas, otros cubiertos de polvo. Adentro, grabados en cinta magnética, están el asesinato de Luis Carlos Galán, la toma del Palacio de Justicia del 6 y 7 de noviembre de 1985 y los discursos de Álvaro Gómez Hurtado. El hombre que los custodia no es un archivista de bata blanca ni un historiador. Es José Francisco Rincón Clavijo. Todos lo conocen como «Pachito».
Tiene 72 años y todavía camina entre esas cajas como quien recorre una casa que ayudó a construir. No necesita consultar un catálogo para saber dónde está un reportaje de Javier Darío Restrepo o las imágenes de aquella semana de noviembre de 1985. La memoria la tiene en ocho cuadernos que escribió a mano durante años y, sobre todo, en la cabeza.
La historia de Pachito no empieza en una redacción. Él mismo suele decirlo: nunca estudió periodismo. Ni siquiera terminó la carrera de Ingeniería Civil que comenzó en la Universidad Gran Colombia. La economía familiar no se lo permitió. Entonces hizo de todo: vendió ropa, vendió carros, llevó cuentas en una cooperativa y manejó taxi durante décadas. Fue precisamente un taxi el que cambió su vida.
En 1986 un amigo le pidió que lo reemplazara por unos días transportando al personal del Noticiero 24 Horas de Álvaro Gómez Hurtado. Por ese noticiero pasaban entonces figuras como Margarita Rosa de Francisco, María Elvira Arango —hoy directora de Los Informantes—, Juan Eduardo Jaramillo, Virginia Vallejo, César Augusto Londoño y Mauricio Gómez. Parecía un trabajo temporal. Nunca imaginó que terminaría quedándose más de una década, hasta el cierre del noticiero el 31 de diciembre de 1997.
Mientras otros conductores esperaban dentro del carro, él se bajaba a ayudar. Un día arregló unas lámparas. Después reparó un baño. Más adelante construyó escritorios, instaló aires acondicionados y adecuó cabinas de edición. «Yo me volví el todero del noticiero», dice Francisco en diálogo con El Colombiano. Nadie se lo pidió. Simplemente veía algo dañado y lo arreglaba.
Dentro del noticiero terminó haciendo de todo: cargaba trípodes, montaba luces, acomodaba la corbata de un entrevistado antes de salir al aire y aprendió a manejar el teleprónter cuando hacía falta alguien en producción. Con Javier Darío Restrepo la relación fue especial: el periodista lo llevaba con frecuencia a cubrir reportajes y Pachito aprendió observándolo preguntar y escribir.
Los años más violentos del narcotráfico también quedaron grabados en su memoria. Cuando las amenazas obligaban al director del noticiero a extremar medidas de seguridad, era Pachito quien sacaba a Mauricio Gómez escondido en su Renault 12. Gómez reclinaba completamente el asiento del copiloto para que desde afuera el carro pareciera un taxi vacío. Así salían del edificio sin llamar la atención.
La noche del asesinato de Luis Carlos Galán todavía la recuerda con precisión. «Yo me acuerdo perfectamente de esa noche porque estaba por la avenida 68 cuando ocurrió todo. Me devolví volando y subí por la calle 53 como un tiro para llegar pronto a la sede del noticiero», relata. Sacó las cámaras, llamó al administrador para que le autorizara llevárselas y fue a recoger al camarógrafo Aurelio Valencia. En el camino, dice, se cruzaron con una ambulancia que venía con una comitiva muy grande. Sacaron la conclusión de que ahí traían al doctor Galán.
Cuando el noticiero cerró y muchos empleados acudieron a demandas laborales para reclamar lo que les debían, Pachito decidió no hacerlo. Sentía que la familia Gómez siempre lo había tratado con respeto y no quiso romper ese vínculo. Desde el año 2000 comenzó a digitalizar el archivo por su cuenta, con apoyo de algunos miembros de esa familia. Una de sus prioridades fue rescatar la obra periodística en video de Restrepo, convencido de que las nuevas generaciones deben conocer ese legado.
Hoy el archivo reposa en la Universidad Sergio Arboleda. Ocho libros de inventario escritos a mano. Más de 200 cajas. Cerca de 10.000 casetes.
La escena lo dice todo. Un hombre sin título universitario, que empezó como taxista y terminó como custodio involuntario de la memoria audiovisual de un país, sostiene hoy lo que ninguna institución pública tuvo la previsión de preservar. El archivo del Noticiero 24 Horas no sobrevivió gracias al Estado ni a un ministerio de cultura bien financiado: sobrevivió gracias a la iniciativa individual de alguien que simplemente veía algo roto y lo arreglaba.
Eso, en sí mismo, es una lección sobre dónde reside con frecuencia el verdadero patrimonio: no en los aparatos burocráticos, sino en personas que actúan por convicción propia, sin que nadie se lo pida.



