La escena lo dice todo. Abril de 1966, estudios Abbey Road, primera sesión de grabación del que sería Revolver. Klaus Voormann, músico y diseñador alemán, escucha por primera vez Tomorrow Never Knows: loops de cinta, guitarras invertidas, la voz de John Lennon imitando a un monje en la cima de una montaña. «Quedé mudo de asombro al escuchar lo que estaban haciendo», recuerda Voormann desde Berlín, seis décadas después.
Había llegado allí por una llamada de teléfono. John Lennon lo contactó antes de entrar al estudio para preguntarle si se animaba a ilustrar el próximo álbum. La razón era sencilla: Voormann era un viejo camarada de los días de Hamburgo, el mismo hombre que había servido de inspiración para el peinado con flequillo que el cuarteto convertiría en marca de fábrica. Había hecho dibujos de los Beatles antes del fenómeno y había diseñado portadas de discos alemanes de jazz. Lennon sabía a quién llamar.
Voormann aceptó. «Sabía que este disco iba a ser un hito. Si no hubiera pensado de esa manera, jamás habría aceptado semejante trabajo», dice. Lo que siguió fueron tres semanas encerrado en un pequeño ático situado en su cocina, bosquejando un proyecto que EMI remunераría con apenas cincuenta libras.
El resultado fue una portada donde los rostros de los cuatro músicos parecían tallados en mármol y rodeaban un collage de aspecto onírico. Antes de Revolver, las tapas de los álbumes se limitaban a mostrar a los artistas en pose promocional. Con ese trabajo, el diseño gráfico se consolidó como parte integral de una producción musical: la imagen del sonido. Una herencia que luego recogerían The Velvet Underground, Pink Floyd y todo el hard rock, el glam y el rock progresivo.
«La música a partir de ese año comenzó a ser tan innovadora que las cubiertas tuvieron que estar a la altura», postula Voormann. «La música empezó a tener sentido gracias a la carátula y viceversa. En ese ejercicio, Revolver fue un trabajo pionero».
Pero el proceso no estuvo exento de tensiones creativas. El mánager de la banda, Brian Epstein, temía que tanta audacia provocara una fuga del público más tradicional, ese que había alimentado la histeria beatlemaniaca hasta ese mismo 1966 en que el grupo se retiró de las giras. Epstein le sugirió a Voormann que la carátula no olvidara a los Beatles de melena y corbata que los bigotes y el LSD estaban a punto de sepultar.
Voormann encontró la solución en los detalles. «Decidí remarcar sus cortes de pelo, que se vieran muy vistosos, porque era la marca que tenían como grupo. Hasta ese momento era lo más característico para el mundo, por lo que borrarlo de la gráfica habría sido extremo». Las imágenes reales que utilizó para el centro de la portada son todas de 1964 y 1965, los años más representativos de la Beatlemanía. Un puente tendido entre dos versiones de la misma banda.
El disco llegó a las disquerías y el público recibió el doble golpe: un cancionero repleto de sonidos hasta entonces inéditos en la historia del rock y una carátula que nadie había visto antes. Revolver marcó un hito en la cultura del siglo XX y su diseño ganó un Grammy como Mejor Arte de Álbum.
Un año después, los propios Beatles pusieron a prueba ese legado. Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band llegó con la que se convertiría en la portada más célebre de todos los tiempos. Voormann, cinco décadas más tarde, no siente el peso de la comparación: «El tiempo ha demostrado que cada imagen brilla por sí misma. Ambas son de culto y ambas son un hito por separado».
Para entender el presente hay que volver a esa semana de abril de 1966. Lo que Voormann construyó en aquel ático no fue solo una portada: fue el argumento visual de que el arte comercial podía ser, simultáneamente, arte sin adjetivos. Cincuenta libras pagó EMI por una pieza que sesenta años después sigue siendo estudiada en escuelas de diseño de todo el mundo. El libre mercado tiene esa paradoja: a veces subestima lo que financia. La historia, en cambio, no.



