La escena lo dice todo. Un senador de 45 años, abogado de profesión y primogénito de un expresidente que cumple condena de 27 años por intento de golpe de Estado, sube a un escenario en São Paulo y anuncia que quiere gobernar Brasil. Flávio Bolsonaro presentó este sábado su candidatura a la Presidencia, ungido desde la celda por su padre como heredero político el pasado 25 de diciembre.
La designación no fue sencilla. Tres nombres circulaban como posibles sucesores del movimiento bolsonarista: Flávio, Carlos y Eduardo, los tres hijos mayores del exmandatario. La elección de Flávio generó fricciones tanto en el entorno político como en el familiar, con cruces públicos con su madrastra Michelle Bolsonaro, quien también abriga ambiciones propias.
Dentro del clan, Flávio ocupa el lugar del moderado. Su padre lo llama pragmáticamente «01». Frente al estilo confrontacional que caracterizó al bolsonarismo en su versión más cruda, el primogénito ha construido un discurso pensado para ensanchar la base conservadora sin espantar al votante que rechaza el radicalismo, pero tampoco quiere a Lula.
Su trayectoria política comenzó en 2003 como diputado regional en Río de Janeiro. En 2018, cabalgando sobre el auge del bolsonarismo, llegó al Senado con 4,3 millones de votos. Desde entonces, su carrera ha convivido con investigaciones por lavado de dinero, denuncias por un supuesto esquema de empleados fantasma y compras inmobiliarias en efectivo. Todos esos procesos fueron archivados.
Los detalles cuentan la historia. Desde el anuncio de su candidatura en diciembre pasado, su apoyo en las encuestas crecía y llegó incluso a superar a Lula, el dirigente progresista más relevante de la historia de Brasil, quien busca su cuarto mandato no consecutivo y hoy lidera los sondeos. Ese impulso encontró su límite cuando el medio Intercept Brasil divulgó mensajes suyos con Daniel Vorcaro, un banquero encarcelado por un fraude millonario. Flávio aclaró públicamente que esas conversaciones buscaban captar patrocinadores para la película autobiográfica de su padre, pero el daño en las encuestas ya estaba hecho.
El eje central de su campaña es la seguridad. Su propuesta estrella, bautizada «Brasil sin Miedo», contempla 12 medidas: construcción de cinco cárceles de máxima seguridad inspiradas en el modelo de Nayib Bukele en El Salvador, militares en la frontera, castración química para violadores y reducción de la mayoría de edad penal. Entre sus promesas también figura indultar a su padre —con quien espera, según sus propias palabras, «subir la rampa» del Palacio de Planalto— y a su hermano Eduardo, autoexiliado en Estados Unidos desde inicios de 2025 y condenado este año.
Para captar el voto femenino, uno de los segmentos que más respaldo le da a Lula, Flávio anunció el plan «Brasil por Ellas», que incluye la creación de «MarIA», una asistente virtual de inteligencia artificial concebida como «amiga virtual» para orientar a las usuarias en situaciones cotidianas y de emergencia, desde la denuncia de agresiones hasta la gestión de citas médicas o vacantes escolares.
El desafío que tiene por delante es de geometría compleja: debe convencer al conservador tradicional que desconfía del radicalismo bolsonarista, retener a la ultraderecha que sigue viendo en Jair Bolsonaro a su único líder, y seducir al votante antisistema que percibe una acefalía en el campo opositor.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de diciembre. Lo que Jair Bolsonaro transmitió desde su condena no fue solo una preferencia familiar: fue la señal de que el movimiento que construyó no piensa retirarse del tablero. Flávio es, en ese sentido, la apuesta por la supervivencia del proyecto —y del clan— bajo una envoltura más presentable.
Lo que está en juego es más que una candidatura. Brasil enfrenta una elección entre dos modelos opuestos de Estado: el de Lula, con su larga historia de expansión del gasto público y el aparato burocrático, y el que Flávio intenta representar, centrado en el orden, la seguridad y un conservadurismo que aspira a ser mayoría. Si logra consolidar ese espacio sin fracturar la coalición de derechas, la trastienda del bolsonarismo habrá dado su movimiento más calculado en años.



