La escena lo dice todo. Una sala de monitoreo en Bogotá, pantallas que leen placas, reconocen rostros y detectan humo antes de que el ojo humano lo perciba. No es una agencia gubernamental ni un programa de seguridad pública financiado con dinero de los contribuyentes. Es una empresa privada fundada hace casi cinco décadas por un coronel retirado, que decidió no quedarse quieta mientras el mundo cambiaba a su alrededor.
Vigias de Colombia nació en 1976 en Bogotá, de la mano del coronel (r) José Eleazar Muriel Correa. Hoy la conduce la tercera generación de la familia y opera en todo el territorio colombiano, con presencia también en Perú. Su historia es, en buena medida, la historia de cómo el sector privado puede anticiparse a amenazas que el aparato estatal tarda años en nombrar.
El contexto que empuja esa transformación es concreto y medible. Solo en 2024, Colombia registró más de 36.000 millones de intentos de ciberataque, según datos de Vectra AI y el Microsoft Digital Defense Report 2025. En ese mismo período, los fraudes mediante deepfakes crecieron 680 por ciento, mientras que los correos de phishing generados con inteligencia artificial alcanzan tasas de interacción muy superiores a las de los ataques tradicionales. Las amenazas ya no esperan en la puerta de una bodega: viven en redes corporativas, dispositivos conectados y sistemas digitales.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la industria de la seguridad privada se dio cuenta de que las rejas y las cámaras analógicas no alcanzaban. Vigias respondió con Vigias Tech Analytics, un laboratorio de inteligencia artificial aplicado a la seguridad. La plataforma combina videoanalítica, internet de las cosas y control de accesos para monitorear riesgos en tiempo real. Entre sus capacidades: reconocimiento facial, lectura de placas, detección de humo e incendios, cercos virtuales y análisis de multitudes. Todo operado bajo el marco de la Ley 1581 de protección de datos personales.
La segunda pieza del modelo es Vigias Cybersecurity, una unidad de monitoreo permanente que la compañía describe como similar a un Centro de Operaciones de Seguridad, orientado a detectar incidentes antes de que afecten la operación de sus clientes. La apuesta conceptual es clara: la resiliencia digital no depende de una herramienta aislada, sino de una gestión continua del riesgo.
Los detalles cuentan la historia. La empresa fue pionera en contratar mujeres como guardas de seguridad en Colombia, un giro que en su momento rompió con los moldes del sector. Esa misma disposición a desafiar el statu quo parece haber guiado su evolución tecnológica. Desde la compañía sostienen que la tecnología no reemplaza el talento humano, sino que lo complementa, respaldado por procesos certificados bajo normas internacionales y una inversión constante en formación.
El modelo integra, en una sola estrategia, la seguridad física y la digital. No como capas separadas gestionadas por distintos proveedores, sino como una respuesta unificada construida a partir del análisis de riesgos y las necesidades específicas de cada organización.
Hemisferio lee este caso como algo más que la historia de una empresa familiar exitosa. En un país donde el debate sobre seguridad suele girar alrededor del presupuesto policial, los acuerdos de paz o las estadísticas de homicidios, Vigias de Colombia recuerda que la libre empresa tiene respuestas propias, más rápidas y más adaptables que las del aparato estatal. Mientras el Gobierno de Gustavo Petro discute marcos ideológicos, una compañía bogotana lleva décadas construyendo infraestructura de seguridad real, financiada con inversión privada, sin esperar decreto ni subsidio.
El principio en juego es sencillo: cuando el mercado tiene incentivos claros, innova. La seguridad de empresas, instituciones y ciudadanos no debería depender exclusivamente de lo que el Estado decida priorizar en su próximo plan de desarrollo. La trastienda de este sector lo confirma: los que anticipan las amenazas no suelen ser los que esperan instrucciones.



