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El guardián del estrecho

Washington reimpuso el bloqueo naval a Irán, lanzó su tercera noche consecutiva de bombardeos y reclamó una tasa del 20% sobre el tráfico por Ormuz —por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial—, antes de retractarse y sustituirla por acuerdos comerciales con los Estados del Golfo.
Imagen ilustrativa
miércoles 15 de julio de 2026

Para entender el presente hay que volver a esa semana.

A las 20:00 GMT del martes, el Centro Conjunto de Información Marítima de la Armada de Estados Unidos activó formalmente el bloqueo naval a Irán. Más de 20 buques de guerra y cientos de aeronaves militares operaban en ese momento en todo Oriente Medio, según informó el Comando Central del Ejército estadounidense (Centcom). La orden venía directamente del presidente Donald Trump.

Una hora antes del bloqueo, el Centcom ya había lanzado una ronda adicional de ataques contra Irán «para continuar degradando las capacidades iraníes utilizadas para atacar el transporte marítimo comercial en el estrecho de Ormuz». Era la tercera noche consecutiva de ofensiva estadounidense, y la quinta jornada de una escalada que Trump había telegrafado sin ambigüedades: «Irán recibirá un golpe muy duro esta noche, y mañana les daremos otro golpe duro. Y no hay absolutamente nada que pueda hacer al respecto», dijo el lunes en el programa Hugh Hewitt Show.

Los detalles cuentan la historia.

El detonante inmediato fue el anuncio iraní, el fin de semana, de que cerraría el estrecho de Ormuz. La respuesta de Trump llegó en mayúsculas desde Truth Social: «El estrecho de Ormuz está abierto y permanecerá ABIERTO, con o sin Irán. Estamos restableciendo EL BLOQUEO IRANÍ». A eso sumó una propuesta que sacudió los mercados: cobrar una tasa del 20% sobre toda la mercancía transportada por la vía navegable. «Estados Unidos será, a partir de ahora, conocido como 'El guardián del estrecho de Ormuz'», escribió el mandatario.

La aritmética es elocuente. Antes del conflicto —que arrancó en febrero—, alrededor de una quinta parte del tráfico mundial de petróleo y gas transitaba a diario por Ormuz, suministrando más de 15 millones de barriles por un valor de al menos 1.200 millones de dólares. Una tasa del 20% habría generado alrededor de 240 millones de dólares diarios. El canciller iraní Abás Araqchi respondió con ironía desde X: «20% es, por supuesto, demasiado. Nosotros seremos justos». La agencia de transporte marítimo de la ONU rechazó la propuesta, argumentando que no existe base jurídica para introducir valores obligatorios en los tránsitos por estrechos internacionales.

El martes, Trump se retractó del cobro y anunció que lo sustituiría «por acuerdos comerciales y de inversión» de los Estados del Golfo en Estados Unidos.

Mientras la diplomacia zigzagueaba, la guerra avanzaba en paralelo. El Ministerio de Defensa de Emiratos Árabes Unidos informó que misiles de crucero iraníes alcanzaron a dos petroleros emiratíes mientras transitaban por el carril sur del estrecho, en aguas territoriales de Omán. La agencia británica Ukmto reportó que un petrolero había sido alcanzado por un proyectil desconocido a 40 millas náuticas al noreste de Qalhat. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) reconoció haber inutilizado dos superpetroleros «infractores» que, según dijo, habían ignorado advertencias y apagado sus sistemas de navegación, y acusó a Washington de «incitar a los buques a utilizar una ruta ilegal».

Jordania también quedó en el fuego cruzado. Las fuerzas armadas jordanas afirmaron haber interceptado y derribado cuatro misiles que entraron en su espacio aéreo desde territorio iraní. El IRGC confirmó el ataque contra una base aérea estadounidense en el reino y pidió a Amán que desmantelara las instalaciones de Estados Unidos en su territorio, aunque añadió, en un comunicado difundido por la agencia Fars, que no sentía «ninguna enemistad» hacia el pueblo jordano.

El Centcom recordó que en la primera implementación del bloqueo —del 13 de abril al 18 de junio, antes del acuerdo marco del 17 de junio que Trump dio por roto la semana pasada— las fuerzas estadounidenses desviaron más de 140 buques, inhabilitaron nueve naves que desobedecieron órdenes y permitieron el paso de más de 50 embarcaciones con ayuda humanitaria. El lunes, además, el Centcom reportó el primer uso en combate de drones marítimos, empleados para atacar un centro de mantenimiento de submarinos y barcos en la Base Naval de Bandar Abbas.

Los precios del petróleo subían casi un 3% el martes, alcanzando su nivel más alto en cuatro semanas.

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La escena lo dice todo. Lo que está en juego en Ormuz no es solo una disputa de soberanía: es el costo que el mundo entero paga cada vez que un régimen teocrático decide usar una arteria energética global como palanca de presión. Irán no cierra el estrecho porque pueda hacerlo impunemente; lo amenaza porque sabe que el caos en los mercados le compra tiempo. La respuesta de Washington —bloqueo, bombardeos, propuesta de tasa y luego retractación— refleja la tensión entre la firmeza militar y la complejidad de gobernar una vía por la que fluye una quinta parte del petróleo del planeta. El principio en juego es simple: la libertad de navegación no puede ser rehén de ningún Estado, y quien la garantice cargará con el costo político y logístico de hacerlo. Los contribuyentes y consumidores de todo el mundo ya están pagando la prima en el surtidor.

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