Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2004 en que un café con «un perfil muy diferente» entró casi por accidente a una competencia en Panamá. El resultado cambió una industria entera.
La familia Lamastus lleva más de un siglo ligada a las tierras altas de Chiriquí. El negocio comenzó en 1918, pero no llegó intacto a la cuarta generación. La crisis mundial de precios del café golpeó la producción de la región con tal fuerza que, según Wilford Lamastus Jr., los dejó «casi en ruinas». De ese colapso nació, paradójicamente, la oportunidad.
Un pequeño grupo de productores —entre ellos Wilford Lamastus, padre de Wilford Jr.— decidió apostar por un nicho que muchos en el sector consideraban una fantasía: el café de especialidad, con sello e identidad propios. La reacción del resto del gremio fue escéptica. «La gente quiere hacer café gourmet. La gente está loca», recuerda Lamastus Jr. que decían entonces.
Ese grupo fundó la Asociación Panameña de Cafés Especiales y en 1996 lanzó la competencia que con el tiempo se convertiría en plataforma global: el Best of Panamá. La primera subasta internacional panameña llegó en 2001 y llevó el café ganador a 4.80 dólares por libra, en un mercado que rondaba entre 60 y 65 centavos. Era un salto enorme, pero lo que vendría después lo eclipsaría por completo.
El punto de giro llegó en 2004. Uno de los hijos de la familia Peterson cataba lotes para la competencia cuando detectó notas inusuales en una variedad que ya existía en algunas fincas panameñas pero a la que nadie prestaba mayor atención: el geisha. Dudó en presentarla. «Pero es que tiene un perfil muy diferente, para que me lo cancelen», le dijo a quien lo animaba a inscribirla. La respuesta fue directa: «El año anterior quedó de último. No pierdes nada».
El café entró, ganó el primer lugar y se vendió a 21 dólares la libra. «Y empezó una revolución», resume Lamastus Jr., «que no ha parado».
Lo que siguió fue una carrera. Los productores salieron a buscar semillas, identificaron árboles que dormían olvidados en sus propias fincas y comenzaron a resembrar la variedad. La familia Lamastus no tenía ni un solo árbol de geisha en ese momento. Adquirieron semilla y trabajaron una década entera antes de poder competir con geisha, en 2014.
El esfuerzo rindió frutos medibles. En la edición número 30 del Best of Panamá, celebrada este año, Lamastus Family Estate obtuvo el puntaje más alto del certamen: 96.25 puntos en la categoría Geisha Lavado, tras una final reñida entre ocho lotes. En total, el certamen premió a 24 productores en las categorías de geisha lavado, geisha natural y varietales.
La escala del negocio también cambió de forma estructural. La industria pasó de pensar en sacos de 133 libras y contenedores completos a vender pequeños lotes de alto valor directamente a compradores especializados de todo el mundo. Los mejores geishas panameños aspiran a alcanzar récords de hasta 30,000 dólares por kilogramo en la próxima subasta internacional de 2025, según proyectan los productores.
Los detalles cuentan la historia. Lo que ocurrió en Chiriquí no fue solo el éxito de una familia o de una variedad de café: fue la demostración de que la libre empresa, cuando opera sin tutela estatal y con visión de largo plazo, puede transformar un sector entero desde abajo. Ningún programa gubernamental diseñó el geisha panameño. Lo construyeron productores que apostaron su capital, su tiempo y su reputación cuando el consenso del sector los llamaba locos.
El modelo es exportable como lección. En un continente donde la respuesta habitual a una crisis de precios es pedir subsidios o protección arancelaria, Panamá ofrece un contrapunto: diferenciación, calidad, identidad de marca y acceso directo al mercado internacional. El aparato estatal estuvo, en el mejor de los casos, al margen. El mérito fue de quienes se quedaron en la finca.



