La escena lo dice todo. Cristiano Amon estaba sentado en una sala en China, acompañando al presidente Donald Trump en sus reuniones con Xi Jinping, mientras el resto del mundo debatía si los semiconductores americanos debían cruzar el Pacífico. Amon salió del viaje con una sola conclusión: optimismo.
Ese optimismo no es casual ni improvisado. El ejecutivo brasileño que este verano cumple cinco años como CEO de Qualcomm ha convertido a la empresa de 41 años en una pieza central del debate sobre el futuro de la inteligencia artificial, la cadena de suministro global y el papel de la tecnología americana en el mundo.
El negocio de los gladiadores
Amon tiene una forma particular de describir su industria. «Si eres un gladiador, vas al Coliseo y hay tres resultados posibles: ganas, pierdes, o ambos pierden», explicó en una entrevista reciente. «Tienes un 33% de probabilidad de éxito. Y si ganas, lo único que lograste es poder volver al Coliseo una vez más.» No es una metáfora de derrota; es una descripción de la presión permanente que define a las empresas de semiconductores en un mercado donde la ventaja competitiva se mide en nanómetros y en ciclos de innovación que no esperan a nadie.
Qualcomm fabrica los chips que impulsan una porción significativa de los teléfonos inteligentes del planeta, además de automóviles y otros dispositivos. En ese contexto, Amon ha empujado a la compañía hacia un territorio más ambicioso: posicionarla como empresa de computación de inteligencia artificial, no solo de comunicaciones.
«El futuro de la computación es la IA», afirmó. «Por definición, si somos una empresa de computación, vamos a ser una empresa de IA. Esas cosas ya no son separables.»
La apuesta de las gafas
El mercado de dispositivos personales de IA ha acumulado más promesas que ventas. Amon lo sabe. Pero no se rinde ante el escepticismo histórico. Hoy, según explicó, Qualcomm tiene 40 diseños distintos de dispositivos de IA personal en desarrollo con distintas empresas: gafas, joyas, colgantes, bolígrafos, pulseras, relojes.
«¿Todos van a funcionar? No lo sé», admitió con franqueza inusual para un CEO en modo promocional. Pero tiene una apuesta clara: «Las gafas sí, porque son territorio privilegiado. Están cerca de mis ojos, de mis orejas, de mi boca.»
Es una apuesta que recuerda a la que hicieron los optimistas del internet a principios de los 2000. Amon invoca precisamente esa comparación. «La gente decía que internet iba a ser grande… Si miras ahora, 26 años después, internet es mucho más grande de lo que la gente pensó, por un orden de magnitud. Probablemente fue subestimado a largo plazo.» Su tesis: con la IA ocurrirá lo mismo.
El dilema chino
La parte más delicada de la conversación fue la que más importa a los mercados y a los legisladores en Washington. Amon acompañó a Trump a China y volvió convencido de que vender tecnología americana a empresas chinas no es una amenaza, sino una oportunidad.
«Los chips están en todo ahora mismo: en cada dispositivo electrónico de consumo, en los autos, en los electrodomésticos», argumentó. Y planteó la pregunta en términos que, según él, son pura aritmética: «¿Prefieres tecnología americana para América, o tecnología americana para el mundo?»
La respuesta implícita es obvia para Amon. Y añadió un dato que respalda su postura: «Cada empresa líder de semiconductores tiene exposición comercial en China en este momento. Eso es algo bueno.»
No todos en Washington comparten esa lectura. Las restricciones a la exportación de chips avanzados a China han sido uno de los ejes de la política tecnológica de los últimos años, con argumentos que van desde la seguridad nacional hasta la ventaja militar. Amon no ignora ese debate; simplemente elige el marco del mercado libre y la competencia global para responderlo.
Lo que está en juego
La postura de Amon merece ser tomada en serio, no solo como estrategia corporativa sino como argumento de política económica. La libre empresa no prospera en mercados artificialmente reducidos, y la tecnología americana pierde influencia global cada vez que sus competidores —europeos, surcoreanos, taiwaneses— llenan los espacios que Washington decide cerrar.
Al mismo tiempo, el debate sobre la cadena de suministro de semiconductores no puede reducirse a matemáticas de corto plazo. Lo que Qualcomm vende hoy define qué capacidades tendrán sus clientes mañana. Esa es la tensión real que Amon gestiona cada vez que vuelve al Coliseo.



