La escena lo dice todo. A horas de que Donald Trump y Volodymyr Zelensky se sentaran frente a frente en la cumbre de la OTAN, los funcionarios ucranianos ya habían descartado en privado el documento que durante meses había marcado el ritmo de la diplomacia. El plan de paz de 28 puntos respaldado por Washington —criticado ampliamente por ceder demasiado a las exigencias maximalistas de Moscú— dejó de ser el eje de las conversaciones.
La embajadora ucraniana ante Estados Unidos, Olha Stefanishyna, lo dijo sin rodeos al hablar con The New York Post: «Un alto al fuego no tiene que venir de debatir interminablemente un único plan de paz. Hay otros caminos, y espero que los presidentes Trump y Zelensky discutan esas oportunidades en la cumbre de la OTAN».
Sin mesa, sin borrador
Lo que hay ahora es, en rigor, una ausencia: no existen planes para una cumbre trilateral entre Estados Unidos, Ucrania y Rusia, ni conversaciones estructuradas en torno a ningún acuerdo específico. Es un cambio nítido respecto al año pasado, cuando las negociaciones activas estaban sobre la mesa.
El motivo, según los propios funcionarios ucranianos, es doble. Primero, las condiciones sobre el terreno han mejorado para Kyiv. Segundo, y más importante para la estrategia diplomática, Washington ha llegado a una conclusión que Ucrania lleva tiempo defendiendo: Moscú no está negociando de buena fe.
«Un segundo funcionario ucraniano» —así lo describe la fuente— señaló que Ucrania «no ve ningún compromiso real del lado ruso para discutir ningún plan que ponga fin a la guerra». El foco, dijo, debe trasladarse hacia «nuevas tácticas de presión» que obliguen a Moscú a reconsiderar su posición.
Trump, el árbitro incómodo
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Trump llegó a la cumbre de la OTAN con declaraciones que, por primera vez en meses, resonaron favorables a Kyiv. El lunes previo al encuentro con Zelensky, el vicepresidente JD Vance afirmó ante The Times of London que las operaciones ofensivas rusas habían llegado a un punto en que lo que Moscú puede obtener «es vanishingly small —y se acerca a cero».
El propio Trump dijo a los periodistas que el fin de la guerra podía estar «más cerca de lo que la gente cree» y que tanto Putin como Zelensky le habían transmitido su deseo de detener el conflicto. «Vamos a la OTAN y vamos a hablar de eso, y creo que lo vamos a lograr», afirmó.
Esa frustración creciente de Trump con Vladímir Putin —tras meses de iniciativas diplomáticas que no produjeron avance alguno— es precisamente la palanca que Kyiv quiere accionar. Stefanishyna lo formuló con precisión quirúrgica: «El presidente Trump tiene una comprensión de Rusia mucho más clara que al inicio de su presidencia. La falta de progreso significativo ha aclarado las intenciones de Rusia».
El G7 como laboratorio
Los detalles cuentan la historia. En la cumbre del G7 celebrada en Évian el mes pasado, los líderes occidentales buscaron consenso para aumentar la presión sobre Moscú. Los europeos también instaron a Trump a ver a Ucrania como un activo estratégico, no como una carga. La diplomacia informal fue tan intensa que cada líder llevó a Trump un regalo de cumpleaños durante una cena privada al margen de la cumbre —el presidente acababa de cumplir 80 años.
El resultado, según Stefanishyna, fue inmediato aunque inconcluso: tras el G7, Rusia «revivió de repente» su invitación a Steve Witkoff para retomar conversaciones. Ese movimiento, dice Kyiv, demuestra que la presión sostenida de Occidente sí influye en los cálculos del Kremlin, aunque todavía no haya producido progreso concreto.
Lo que está en juego
Más allá de la guerra, Zelensky llegó a la cumbre con otro argumento bajo el brazo: que Ucrania se ha vuelto indispensable para la seguridad a largo plazo de la OTAN, por su experiencia de combate, sus capacidades de inteligencia y su papel en la arquitectura de defensa europea.
Desde Hemisferio, la lectura es esta: la estrategia ucraniana es, en el fondo, una apuesta por el realismo sobre el idealismo diplomático. Durante meses, el aparato negociador apostó por un documento —el plan de 28 puntos— que Moscú usó como espejo para proyectar voluntad sin conceder nada. Abandonarlo no es una derrota; es reconocer que negociar con quien no negocia es un lujo que solo beneficia al que dilata.
El principio en juego es el mismo que rige cualquier contrato: sin reciprocidad real, no hay acuerdo posible. Trump, que entiende ese lenguaje mejor que nadie, tiene ahora sobre la mesa una propuesta distinta: no más concesiones previas a Moscú, sino presión hasta que el Kremlin decida que el costo de continuar supera el costo de parar. Si esa lógica prospera en la sala donde se sentaron los dos presidentes, el giro de Kyiv habrá valido la pena.


