La escena lo dice todo. El 2 de julio, a 20 kilómetros de una roca de 41 metros que gira alrededor del Sol casi al mismo ritmo que la Tierra, la sonda Tianwen 2 abrió sus cámaras y envió las primeras imágenes cercanas de Kamoʻoalewa. Nadie en la Administración Espacial Nacional China (CNSA) lo esperaba tan pequeño.
Antes del lanzamiento, las observaciones terrestres calculaban un diámetro de aproximadamente 100 metros. Las imágenes lo corrigieron: 41 metros. Un error de más del doble, inevitable cuando los únicos datos disponibles venían de telescopios en Hawái y los cálculos de trayectoria fallaron por 100 kilómetros sobre la posición real del objeto.
El viaje y sus obstáculos
Tianwen 2 despegó el 29 de mayo de 2025 desde el Centro de Lanzamiento de Satélites de Xichang, en la provincia de Sichuan. La misión tardó 400 días en cubrir la distancia hasta Kamoʻoalewa. El 6 de junio la sonda lo detectó por primera vez; el 7 ejecutó una maniobra para volar en su mismo plano orbital; el 19 se aproximó a 20.000 kilómetros; y el 2 de julio cerró la brecha hasta los 20 kilómetros definitivos.
El instrumento que hizo posible ese viaje largo y preciso es un motor iónico: en lugar de quemar combustible como un cohete convencional, usa electricidad para acelerar y expulsar partículas cargadas, generando un impulso sostenido durante periodos prolongados. Sin esa tecnología, corregir el error de 100 kilómetros en la posición del asteroide habría sido inviable.
El enigma del origen
Kamoʻoalewa —frase de una canción tradicional hawaiana que significa «el fragmento que se balancea»— fue descubierto en 2016 por un telescopio en Hawái. Su órbita alrededor del Sol es tan similar a la de la Tierra que algunos lo clasifican como un «cuasisatélite». La hipótesis inicial sostenía que era un fragmento de la Luna desprendido hace millones de años tras el impacto de otro asteroide.
Esa teoría ahora está en disputa. En mayo de 2025, un grupo internacional de científicos, entre ellos investigadores de la Academia China de Ciencias, analizó de nuevo la luz reflejada por el asteroide y encontró que su composición se parece más a un tipo de meteorito llamado condrita LL, con poca cantidad de hierro y otros metales. Para comprobarlo, recrearon en laboratorio el desgaste espacial de las rocas utilizando un láser sobre muestras de ese meteorito: las características de la luz reflejada coincidían casi exactamente con las observadas en Kamoʻoalewa.
Al estudiar su trayectoria, los mismos investigadores concluyeron que el asteroide podría provenir de la familia Flora, un grupo de asteroides ubicado entre Marte y Júpiter, cuya órbita habría sido modificada lentamente por la gravedad de los planetas durante millones de años hasta acercarlo a la Tierra.
«Es muy probable que contenga información primitiva de las primeras etapas de la formación del sistema solar, y tiene un gran valor científico para estudiar la composición de los materiales primitivos, el proceso de formación y la historia evolutiva», explicó Han Siyuan, vocero de la misión Tianwen 2, en un comunicado de la CNSA.
El próximo reto: agarrarse
Fotografiar el asteroide fue solo el primer acto. En las próximas semanas, Tianwen 2 descenderá primero a tres kilómetros y luego a 30 metros para identificar el punto de agarre ideal. El desafío es doble: Kamoʻoalewa gira a alta velocidad y, al medir apenas 41 metros, su gravedad es casi nula.
Para resolverlo, la sonda cuenta con un sistema de cuatro patas con garras que le permitirán sujetarse a la superficie, y con taladros ultrasónicos capaces de convertir la roca en polvo. La idea es que en 2027 la nave se acerque a la Tierra y libere una cápsula con el material recolectado. Tras esa entrega, Tianwen 2 continuará viaje hacia el asteroide activo 311P/PanSTARRS, ubicado entre Marte y Júpiter.
Lo que está en juego
Los detalles cuentan la historia. Una roca de 41 metros, una sonda que corrigió sola un error de 100 kilómetros y un debate científico abierto sobre si el Sistema Solar dejó ese fragmento cerca de la Tierra por accidente lunar o por la paciencia gravitacional de los planetas gigantes: todo eso convergerá en 2027, cuando una cápsula caiga del cielo con la respuesta.
Lo que la misión Tianwen 2 ilustra, más allá de la ciencia, es la capacidad de Beijing para ejecutar programas espaciales de largo aliento con tecnología propia —motor iónico incluido— y objetivos científicos de primera línea. Para las democracias de mercado que compiten en la exploración del espacio profundo, el cronómetro ya está corriendo.


