La escena lo dice todo. Antes de anunciar ministros de Salud o Trabajo, Abelardo de la Espriella reveló el nombre de Enrique Serrano López como asesor presidencial. No fue un error de protocolo ni un gesto simbólico: fue una declaración de intenciones.
Serrano es filósofo, comunicador social y escritor nacido en Barrancabermeja en 1960. Se formó en la Universidad Javeriana —la misma donde estudió el presidente electo— y tiene un doctorado en Filosofía, además de una maestría en Análisis de Problemas Políticos Económicos del Externado. Ha enseñado en El Rosario, la Javeriana y la Sergio Arboleda. Su primer libro de cuentos, La marca de España (1997), recibió elogios de Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis. Fue director del Archivo General durante el gobierno de Iván Duque.
Ahora tendrá línea directa con el próximo jefe de Estado para, en palabras del propio De la Espriella al anunciar el nombramiento, «asesorar al gobierno en las decisiones propias de la batalla cultural, para razonar y hacer razonables los debates que nos unen como colombianos».
El concepto y su peso
La expresión «batalla cultural» no es ornamental. En el discurso de campaña y en las primeras semanas de la transición, De la Espriella la ha usado para describir la disputa ideológica sobre valores, narrativa histórica y principios morales. Al anunciar el nombramiento, el presidente electo fue explícito: «la batalla más importante que libra una nación es la batalla por las ideas».
Serrano ha articulado esa postura en entrevistas y podcasts. En uno de ellos señaló que «la derecha no está preparada para debatir porque no tiene argumentos muy sólidos», lo que define con precisión el rol que se le asigna: construir ese arsenal argumental. El referente intelectual más citado en este campo es el argentino Agustín Laje, autor de La batalla cultural: reflexiones críticas para una nueva derecha (2022), junto a figuras como los chilenos Axel y Johannes Kaiser. Serrano operaría en Colombia en una función análoga.
En la práctica, el asesor ha identificado algunos frentes concretos: disputar la interpretación de figuras históricas como Simón Bolívar —que la izquierda ha reclamado como propia—, cuestionar lo que él llama «vacas sagradas» del progresismo jurídico colombiano y contrarrestar narrativas que él agrupa bajo el término «woke». Sobre el capitalismo, Serrano ha sido directo en entrevistas: «el capitalismo es el único sistema que funciona. Las izquierdas viables son realmente derechas encubiertas».
Las huellas en el discurso
Los detalles cuentan la historia. Cuando De la Espriella anunció que Barranquilla sería la «capital alterna» de Colombia, subrayó que no repetiría el centralismo de Rafael Núñez. Días antes, Serrano había dicho en el podcast Colombia Futuro: «Lo que ha salvado a Colombia han sido las regiones». La coincidencia no parece casual.
Serrano también ha explicado por qué cree que De la Espriella conecta con el país: «siendo muy poco bogotano, es muy colombiano», dijo, y lo describió como «un refresco extraordinario». El asesor valora en el presidente electo su «claridad y contundencia» al hablar, cualidades que, a su juicio, le permiten ser exitoso más allá de la capital.
Hay un episodio biográfico de Serrano que la fuente recoge como pista sobre su método. En su juventud trabajó como marinero en Chile, durante la dictadura de Augusto Pinochet, y recuerda que cada día la radio anunciaba los «éxitos» de esa administración, desde mejoras locales hasta conquistas estructurales. La fuente advierte que no se trata de comparar a De la Espriella con Pinochet, pero señala que algo de esa estrategia de comunicación permanente hacia la ciudadanía será sugerida por Serrano en la presidencia.
La lectura de Hemisferio
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Que un presidente electo priorice el nombramiento de su asesor ideológico sobre carteras ejecutivas no es una excentricidad: es un diagnóstico. De la Espriella parece haber concluido que el principal déficit de la derecha colombiana no ha sido de gestión sino de relato, y que cuatro años de Petro demostraron que gobernar sin hegemonía cultural es administrar contra corriente.
Serrano llega con credenciales sólidas y sin los vicios del aparato estatal. Si logra lo que promete —dotar al nuevo gobierno de argumentos capaces de ganar el debate de ideas frente al petrismo— el impacto irá más allá de un ciclo electoral. La libre empresa, el orden jurídico y la inversión privada necesitan algo más que tecnocracia: necesitan que la mayoría de los colombianos crean que merecen ser defendidos. Esa es, precisamente, la apuesta.



