La escena lo dice todo. Cuarenta y dos pacientes con fibrosis pulmonar idiopática, una enfermedad progresiva y mortal sin cura conocida, se convirtieron sin saberlo en los primeros sujetos de un experimento que va más allá de sus pulmones: medir si un fármaco diseñado por inteligencia artificial puede, de paso, revertir el reloj biológico.
El estudio, publicado en Nature Biotechnology y firmado por el fundador de Insilico Medicine, Zhavoronkov, junto con el genetista de Harvard Gladyshev y otros veinte coautores, se presentó en la conferencia Nature AI Healthcare, en París. Sus hallazgos son llamativos, aunque sus propios autores se encargan de fijar los límites.
El mecanismo y los números
El equipo tomó muestras de sangre de esos 42 pacientes que ya habían participado en un ensayo de fase 2a de rentosertib —conocido antes como ISM001-055— y les aplicó seis modelos distintos llamados relojes proteómicos, que estiman la edad biológica a partir de la concentración de ciertas proteínas en sangre. Los seis coincidieron en el mismo patrón: quienes recibieron rentosertib mostraron una reducción de la edad biológica calculada, mientras que el grupo con placebo se mantuvo igual o empeoró levemente durante las doce semanas del ensayo.
El efecto fue más consistente en la semana cuatro y con la dosis de 30 miligramos administrada dos veces al día, aunque se estabilizó después sin seguir creciendo.
Para reforzar la señal, los investigadores compararon los cambios de proteínas inducidos por el fármaco con los patrones normales del envejecimiento en más de 55.000 personas del Biobanco del Reino Unido. Encontraron que el tratamiento revertía parcialmente esas trayectorias asociadas a la edad, un hallazgo que los autores califican como señal adicional —aunque indirecta— de que el efecto no se limitaría a la enfermedad pulmonar.
La velocidad de la empresa privada
Rentosertib no llegó a este punto por los caminos habituales. Según Insilico Medicine, tanto el blanco biológico del fármaco —una proteína llamada TNIK— como la molécula que lo inhibe fueron identificados con dos plataformas de inteligencia artificial propias: PandaOmics, que analizó datos genómicos y clínicos para proponer el blanco, y Chemistry42, que generó y optimizó los compuestos candidatos.
La compañía sostiene que el proceso, que tradicionalmente tomaría entre cuatro y cinco años, se habría completado en menos de dos, tras examinar solo 78 moléculas. «Este es un momento importante para la industria farmacéutica y la IA», declaró Zhavoronkov en marzo de 2025, al anunciarse el nombre genérico oficial del compuesto.
El ensayo de fase 2a que sirvió de base para este nuevo estudio se realizó en 22 centros de China, con 71 pacientes divididos en tres dosis distintas de rentosertib y un grupo de placebo. Sus resultados clínicos —una mejora en la función pulmonar medida por la capacidad vital forzada— ya habían sido publicados en Nature Medicine en 2025. Rentosertib avanzaría ahora hacia una fase 3, la última etapa antes de solicitar una eventual aprobación regulatoria.
Las limitaciones que los propios autores señalan
El estudio reconoce sus fronteras con claridad. Con solo 42 participantes y doce semanas de seguimiento, la muestra sería demasiado pequeña y el tiempo demasiado corto para sacar conclusiones firmes. Todos los pacientes tenían fibrosis pulmonar, lo que dificulta distinguir si la menor edad biológica calculada refleja un efecto real sobre el envejecimiento o es simplemente consecuencia de que el fármaco combate la enfermedad de fondo. Los propios investigadores admiten que esa separación no se logró de forma completa y que haría falta probar el fármaco, o el mecanismo que lo sustenta, en voluntarios sanos para despejar la duda.
También cabe anotar que buena parte de los autores, empezando por Zhavoronkov, están vinculados directamente a Insilico Medicine, la empresa que desarrolla y comercializaría eventualmente el fármaco evaluado. Esa condición no invalida los resultados, pero exige leerlos con el filtro habitual que se aplica a cualquier investigación financiada por quien tiene interés comercial en sus conclusiones.
El contexto más amplio tampoco es menor: desde hace más de una década, la comunidad científica busca formas de comprobar si un medicamento retrasa el envejecimiento en sí mismo. El caso más conocido es el ensayo TAME, que desde hace varios años busca financiación para probar en 3.000 personas de entre 65 y 79 años si la metformina puede retrasar enfermedades asociadas a la edad. Lo que distingue al trabajo de Insilico, según sus autores, es proponer esa medición desde el diseño mismo del ensayo clínico, sin alterar su objetivo original.
Lo que está en juego
Para Hemisferio, el caso rentosertib ilustra algo más que un avance científico puntual. Ilustra una dinámica: la innovación privada, financiada con capital de riesgo y armada con herramientas computacionales propias, comprimió en menos de dos años un proceso que la industria convencional mide en lustros. Mientras el ensayo TAME —de corte académico y público— lleva años buscando financiación, una empresa con incentivos de mercado ya tiene un compuesto en fase 3.
La fibrosis pulmonar idiopática causa cerca de 40.000 muertes al año solo en Estados Unidos, según la fuente. Si rentosertib supera la fase 3 y obtiene aprobación regulatoria, el beneficio para los pacientes será concreto. Si además la hipótesis antienvejecimiento resiste ensayos más amplios, el alcance podría ser de otra magnitud. Por ahora, es exactamente eso: una hipótesis. Pero es la hipótesis más interesante que la biología molecular ha producido en mucho tiempo, y nació en un laboratorio que apostó por el mercado antes que por el subsidio.


