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El fantasma de la intervención

Brasil advierte que la designación terrorista del PCC y el Comando Vermelho por parte de Washington abre la puerta legal a una operación militar estadounidense en su territorio. Lula pide al Congreso que tome nota.
Imagen ilustrativa
martes 7 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un documento formal del canciller brasileño Mauro Vieira aterriza en el Congreso de Brasilia con una advertencia que pocos gobiernos latinoamericanos se atreven a poner por escrito: Estados Unidos podría, en teoría, usar la fuerza militar dentro de Brasil para neutralizar organizaciones que acaba de clasificar como terroristas.

El detonante fue la decisión del Departamento de Estado de designar, en junio, al Primeiro Comando da Capital (PCC) y al Comando Vermelho (CV) como Organizaciones Terroristas Extranjeras, alegando que sus actividades criminales se extienden más allá de las fronteras brasileñas y llegan a territorio estadounidense. La medida fue unilateral: según el propio Vieira, «no hubo comunicación formal de Estados Unidos a Brasil respecto a su intención» de aplicar esa clasificación.

Vieira advirtió ante el Congreso que la designación crea «riesgos concretos para la soberanía nacional», porque la legislación antiterrorista estadounidense autoriza el uso de la fuerza militar en el exterior para neutralizar amenazas terroristas. «Tal autoridad puede ejercerse con amplia discrecionalidad», escribió el canciller, y enumeró las consecuencias potenciales: financieras, migratorias y penales para ciudadanos brasileños.

El gobierno de Lula también sostuvo que la medida «no aportará beneficios concretos para la cooperación internacional entre Estados Unidos y Brasil en la lucha contra el crimen organizado», y alertó sobre sus repercusiones diplomáticas, económicas y reputacionales.

Mientras Brasilia elevaba la queja formal, el Departamento del Tesoro añadía presión desde otro flanco. La semana pasada anunció sanciones contra dos ciudadanos brasileños y tres empresas del mismo país por sus presuntos vínculos con el PCC. Según las autoridades estadounidenses, los señalados habrían lavado millones de dólares generados en ciudades de Estados Unidos y transferido los fondos a Brasil mediante criptomonedas en nombre de la organización criminal.

El contraste jurídico es relevante: bajo la ley brasileña, el PCC y el CV siguen clasificados como organizaciones de crimen organizado, no como grupos terroristas. Esa brecha de definición es, precisamente, el nudo del conflicto. Washington ve redes transnacionales con alcance en su propio suelo; Brasilia ve una intromisión en su soberanía y en su marco legal interno.

Los detalles cuentan la historia. El PCC nació en las cárceles de São Paulo en los años noventa y se convirtió en la organización criminal más poderosa de Brasil y una de las más influyentes de América del Sur, con tentáculos documentados en el narcotráfico internacional. El Comando Vermelho surgió en Río de Janeiro con raíces similares. Que ambas redes hayan cruzado el umbral de la designación terrorista en Washington no es un accidente burocrático: es una señal de que la administración Trump considera que su presencia en suelo estadounidense ya no es un problema de policía local.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de junio en que el Estado Department firmó la designación sin avisar a Brasilia. Ese silencio diplomático previo es, quizás, el dato más revelador de la tensión real entre ambos gobiernos. Lula, que ha cultivado una retórica de autonomía estratégica y distancia respecto a Washington, se encuentra ahora en una posición incómoda: defender la soberanía frente a una potencia aliada, mientras sus propias organizaciones criminales exportan violencia y dinero sucio a ciudades norteamericanas.

Desde la línea editorial de Hemisferio, el cuadro merece leerse en dos planos. En el primero, la administración Trump aplica una lógica coherente con su doctrina de presión máxima: si el crimen organizado brasileño opera en suelo estadounidense, la designación terrorista es un instrumento legal legítimo y las sanciones del Tesoro son su brazo financiero. Que Brasilia no haya sido consultada es un reproche válido en el protocolo diplomático, pero no invalida la sustancia del problema.

En el segundo plano, la indignación de Lula revela una paradoja que su gobierno prefiere no nombrar: el Estado brasileño ha sido incapaz —o insuficientemente decidido— de contener al PCC y al CV dentro de sus propias fronteras. Cuando el crimen desborda el territorio nacional y llega a otro país, ese otro país adquiere intereses propios en el asunto. La soberanía no es un escudo que protege la inacción. El verdadero riesgo para Brasil no es una operación militar que nadie ha anunciado; es seguir sin resolver el problema que le dio a Washington el argumento.

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