Para entender el presente hay que volver a esa semana en que los fundadores del norte redactaron su declaración. Federico Pinedo, ex presidente provisional del Senado argentino, lo recuerda en un ensayo publicado en La Nación con motivo de los 250 años de la independencia de los Estados Unidos: aquellos hombres —Jefferson, Franklin, Washington— iniciaron, junto a Belgrano, San Martín o Bolívar en el sur, lo que Pinedo llama «el experimento republicano», un ingreso en territorio desconocido.
El noble francés Alexis de Tocqueville viajó al norte para entender qué estaba ocurriendo y volvió a Europa con Democracia en América, donde anunciaba el fin de las monarquías absolutistas y el comienzo de algo inusitado: hombres considerados iguales ante la ley, actuando en libertad. Pinedo juzga el resultado sin rodeos: «Se trató de la revolución más grande de la humanidad, que había mantenido su pobreza por decenas de miles de años y desde fines del siglo XVIII multiplicó sus riquezas de todo tipo por miles».
La escena lo dice todo. La abuela de Pinedo nació antes del automóvil, vio al hombre en la luna y conoció Internet. Ese arco de prosperidad acelerada no es accidente; es el fruto de una idea.
Dos constituciones, una diferencia decisiva
Argentina y Estados Unidos comparten, sobre el papel, los mismos valores constitucionales: igualdad ante la ley, derechos que ningún gobierno puede suprimir y la legitimidad de reemplazar a quienes los violen. Pinedo, sin embargo, señala la grieta que lo cambió todo: los colonos del norte creyeron «religiosamente» en su derecho al autogobierno y en lo que hoy se llama agencia —la responsabilidad individual sobre las propias decisiones y sus consecuencias.
La prosperidad y fortaleza de Estados Unidos, argumenta, se asienta sobre dos pilares: el estado de derecho, que limita cualquier poder y garantiza justicia igual para todos bajo la misma ley, y esa agencia personal. «Cada persona decide y es responsable por su vida», escribe. El gobierno y la solidaridad ciudadana deben ayudar a igualar oportunidades y asistir en los altibajos de la existencia, «para fortalecer y no para reemplazar la agencia personal».
Argentina heredó la tradición opuesta: la agencia estatal. Mientras Washington rechazaba los privilegios, en el virreinato del Río de la Plata el rey vendía los cargos de recaudador de impuestos. El «hacéte amigo del juez» no es un dicho folclórico; es la síntesis de siglos de cultura institucional.
El experimento en marcha
Pinedo observa que los argentinos están «haciendo nuevamente el experimento de la agencia personal y de la libertad para contratar desde la propia propiedad». La palabra nuevamente no es inocente: admite que hubo momentos breves en el pasado en que ese camino generó progreso, prosperidad y poder nacional. El desafío, apunta, es que la libertad personal exige como condición necesaria el respeto de las reglas de convivencia y la seguridad jurídica, entendida como la limitación de la decisión arbitraria del poderoso, del mafioso o del gobernante.
Cita al juez Oliver Wendell Holmes: el derecho consiste en saber qué se va a decidir en una controversia judicial, suponiendo que los jueces sean de la ley y no del poder. Sin esa certeza, la agencia personal es una promesa vacía.
La lectura de Hemisferio
El ensayo de Pinedo llega en un momento en que el gobierno de Javier Milei avanza en la desregulación y el ajuste fiscal más ambicioso de la historia reciente argentina. El paralelo con el bicentenario y medio norteamericano no es decorativo: es un argumento de legitimidad histórica para un modelo que apuesta a que el individuo, y no el aparato estatal, es el motor del progreso.
El principio en juego es tan antiguo como las dos repúblicas y tan urgente como el tipo de cambio de mañana: cuando el estado de derecho protege la propiedad y los contratos, y cuando cada ciudadano carga con las consecuencias de sus propias decisiones, las sociedades prosperan. Cuando el poder arbitrario reemplaza a la ley y el privilegio sustituye al mérito, la pobreza se perpetúa. Argentina lleva décadas eligiendo entre esas dos opciones. Que el debate vuelva a plantearse en estos términos es, en sí mismo, una señal de que algo está cambiando.



