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El estrógeno y el cerebro: una segunda oportunidad para la terapia hormonal

Un estudio con más de 5,000 autopsias encuentra que las mujeres que recibieron estrógeno solo en la menopausia tuvieron 35% menos probabilidades de presentar las marcas patológicas del Alzheimer. Los investigadores piden reabrir el debate científico que un ensayo de 2002 cerró prematuramente.
Imagen ilustrativa
jueves 13 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Miles de historiales clínicos, miles de autopsias cerebrales, y un número que de pronto obliga a reconsiderar décadas de práctica médica: 35%. Esa es la reducción en las probabilidades de encontrar las marcas características del Alzheimer —incluidas las placas de amiloide— en los cerebros de mujeres que recibieron terapia de estrógeno solo durante la menopausia, frente a quienes no la recibieron.

El estudio, publicado en la revista Neurology, analizó los registros de salud de más de 5,000 mujeres mayores con histerectomía que habían fallecido y a quienes se les practicó autopsia cerebral. La muestra no es trivial: al incluir hallazgos de autopsia, los resultados «aportan objetividad a las medidas de resultado», según Jennifer Bruno, instructora de psiquiatría en Stanford y coautora del trabajo. Las investigaciones anteriores se apoyaban en la declinación cognitiva o en valoraciones clínicas de demencia, que son relevantes para seguir la evolución de las pacientes, pero no constituyen diagnósticos definitivos de Alzheimer.

El contexto importa. Las mujeres del estudio recibieron estrógeno solo, no la combinación de estrógeno y progesterona que se prescribe con mayor frecuencia para tratar los síntomas menopáusicos. La progesterona se indica para proteger el útero; las mujeres con histerectomía pueden recibir estrógeno de forma segura sin ese complemento. Esa particularidad convierte a esta población en un laboratorio natural para estudiar los efectos del estrógeno por sí solo, la hormona que los investigadores consideran con efectos más amplios sobre el organismo, incluido el cerebro.

Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2002. Ese año, el ensayo Women's Health Initiative publicó sus resultados iniciales y encendió todas las alarmas: la terapia hormonal aumentaba el riesgo de cáncer de mama y de demencia en las participantes, sin mostrar beneficio para reducir el riesgo de Alzheimer. El impacto fue inmediato y duradero. Las prescripciones cayeron, el debate se cerró y una nube se instaló sobre la terapia hormonal que no se ha disipado del todo.

El problema, señalan los autores del nuevo estudio, es que aquel ensayo incluyó a mujeres posmenopáusicas y utilizó una formulación diferente de terapia de reemplazo hormonal, lo que dificulta extrapolar sus conclusiones a mujeres que inician el tratamiento durante la menopausia. Hadi Hosseini, profesor asociado de psiquiatría en Stanford y coautor del estudio, lo pone en términos directos: «Los estudios anteriores mostraron que la terapia hormonal —estrógeno más progesterona— tenía un efecto negativo sobre el riesgo de Alzheimer y los resultados de memoria. Estos datos generan conciencia de que quizás necesitamos reconsiderar algunos hallazgos previos».

Los detalles cuentan la historia, y también sus ausencias. El estudio actual no detalla cuándo comenzaron las mujeres a usar estrógeno, qué formulación tomaron ni cuánto tiempo permanecieron en tratamiento. Bruno reconoce que los estudios futuros deberán incorporar esas variables. La investigación actual podría servir de base para dos tipos de trabajo adicional: ensayos que sigan a mujeres desde la perimenopausia —el período previo— y a través de la menopausia, monitoreando biomarcadores de Alzheimer en sangre, líquido cefalorraquídeo e imágenes cerebrales; y estudios que crucen tipo de hormona, momento de inicio y duración del tratamiento con el riesgo posterior de la enfermedad.

Hosseini es explícito en los límites del hallazgo: los resultados no establecen una relación de causa y efecto entre el estrógeno y el Alzheimer, pero sí ofrecen razones para profundizar en el papel de la hormona en la enfermedad neurodegenerativa. Bruno va más lejos en el diagnóstico institucional: «El Women's Health Initiative fue un gran estudio que no abordó las cosas correctamente y puso una nube sobre la prescripción de terapias hormonales. Queremos eliminar esa nube y reabrir el diálogo».

El Alzheimer afecta de forma desproporcionada a las mujeres, y los médicos atribuyen parte de esa brecha a la caída brusca de estrógeno tras la menopausia. Si la ciencia confirma que una intervención segura y relativamente accesible puede reducir ese riesgo, la pregunta que sigue no es solo médica: es también una pregunta sobre cuánto tiempo y cuántos recursos se perdieron bajo la sombra de un estudio que, según sus propios críticos académicos, no estaba diseñado para responder lo que se le preguntaba. La medicina basada en evidencia exige exactamente eso: volver a la evidencia cuando la evidencia mejora, sin que el peso burocrático de un consenso anterior bloquee el camino. Esa es la lección que este estudio, con sus 5,000 autopsias, pone sobre la mesa.

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