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El Estrecho que nadie puede cerrar ni abrir

Washington y Teherán firmaron un memorando sin acordar jamás qué significaba. El colapso era previsible; la pregunta ahora es hasta dónde llega la escalada.
Imagen ilustrativa
jueves 16 de julio de 2026

La escena lo dice todo. El 5 de julio de 2026, en Teherán, una mujer sostenía el retrato del Ayatollah Ali Khamenei frente a una pancarta que mostraba al presidente Donald Trump con una diana sobre la cabeza. El funeral del Líder Supremo asesinado era, al mismo tiempo, un acto de duelo y una declaración de intenciones.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El memorando de entendimiento que Estados Unidos e Irán firmaron tras cuarenta días de bombardeos americanos e israelíes sobre Irán —y de ataques iraníes contra países del Golfo e Israel— duró apenas un mes antes de desmoronarse. Lo que parecía un alto al fuego resultó ser, según la analista Sanam Vakil, dos acuerdos distintos escritos en el mismo papel.

Washington interpretó el pacto como el primer paso hacia la libertad de navegación por el Estrecho de Ormuz, el alivio económico que exige una vía marítima abierta y la reducción gradual de la capacidad coercitiva de Teherán. Teherán lo leyó como una pausa táctica que preservaba su palanca de negociación mientras medía el apetito de la Administración Trump para un acuerdo más amplio. Irán nunca aceptó que el memorando le obligara a ceder el control del Estrecho ni a garantizar el paso irrestricto de buques.

La brecha de interpretación se endureció en desconfianza. Los funcionarios iraníes concluyeron que Washington usaba la tregua para debilitarlos: abría un corredor fuera del Estrecho en coordinación con Omán y trabajaba para desconectar al Líbano y a Hezbolá de la órbita iraní. La respuesta de Teherán fue atacar barcos y reafirmar su capacidad de interrumpir el tráfico marítimo. Washington leyó esos ataques como una ruptura total y reanudó las operaciones militares.

Desde entonces, la Administración Trump ha revocado las exenciones de sanciones que había ofrecido a Irán, reimplantado el bloqueo naval de los puertos iraníes y ejecutado bombardeos aéreos intensos sobre más de cien objetivos militares en el país. Irán ha respondido atacando a aliados estadounidenses en el Golfo: Kuwait, Baréin y Jordania.

Los detalles cuentan la historia. El regreso de Irán al conflicto, según Vakil, debe leerse como una apuesta calculada: sus líderes juzgan que la erosión estratégica gradual es más peligrosa que una nueva confrontación con Estados Unidos —y potencialmente con Israel, cuya disposición a atacar territorio iraní de forma independiente sigue siendo una variable viva en la ecuación de escalada—. La lógica es elevar el costo del enfrentamiento lo suficiente para forzar a Washington de vuelta a la mesa en términos más amplios.

Esa apuesta descansa en una lectura de Trump: Teherán espera que el presidente quiera evitar el alza de los precios energéticos, bajas americanas y otra guerra abierta en Oriente Medio, especialmente con las elecciones de mitad de mandato en el horizonte. Los estrategas iraníes parecen decididos a presionar antes de esas elecciones.

Pero Teherán puede estar malinterpretando la naturaleza de la cautela de Trump. Según Vakil, el presidente se aproximó a Irán con el mismo supuesto que aplicó a Venezuela: que la fuerza abrumadora podría obligar rápidamente a un país supuestamente más débil a ceder. Al hacerlo, subestimó la resiliencia del Estado iraní. La aversión de Trump a una guerra sin fin coexiste con una profunda aversión a la humillación, lo que crea el riesgo de que la coerción fallida conduzca no a la moderación sino a una escalada mayor.

La política interna iraní complica aún más cualquier salida. El funeral de Khamenei permitió al Estado proyectar continuidad, pero también expuso incertidumbre real y avivar los llamamientos a la venganza. La ausencia del nuevo Líder Supremo, Mojtaba Khamenei, de la vista pública —atribuida a una lesión o a precauciones de seguridad— subraya cuán inestable sigue siendo la distribución del poder en un sistema que depende del consenso interno para funcionar. Ninguna facción está dispuesta a moverse primero en algo que pueda ser retratado como rendición, legitimación de los bombardeos o una victoria clara para Trump. El 29 de junio, el gran ayatollah Makarem Shirazi emitió una fatwa contra Trump, reencuadrándolo no solo como líder de un Estado hostil sino como adversario personal y religioso de la República Islámica, lo que encarece políticamente cualquier acomodo futuro.

El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica también tiene incentivos para prolongar el conflicto: mientras la negociación pueda enmarcarse como capitulación, la palanca coercitiva permanece en manos del aparato de seguridad.

Para Hemisferio, el cuadro es nítido aunque incómodo. El libre tránsito por el Estrecho de Ormuz no es un tecnicismo geopolítico: es la arteria por la que circula una porción sustancial del petróleo mundial, y su cierre o perturbación se traduce directamente en facturas de energía más altas para consumidores y empresas en ambos lados del Atlántico. El giro hacia la confrontación armada, lejos de resolver esa ecuación, la agrava.

El problema de fondo es que ninguno de los dos gobiernos firmó el mismo acuerdo. Washington apostó por la diplomacia coercitiva; Teherán, por la resistencia táctica. El resultado es un callejón en el que la salida honrosa es el bien más escaso. Mientras ambos lados calculan el costo de ceder, el Estrecho sigue siendo el rehén de una guerra que, según la propia fuente, ninguno puede ganar.

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