La escena lo dice todo. El lunes 13 de julio de 2026, mientras los mercados asiáticos y europeos abrían a la baja y el crudo Brent se acercaba a los 80 dólares por barril, Donald Trump tomó el teléfono y llamó a Fox & Friends. Lo que dijo en esa entrevista reconfiguró, al menos en el papel, la arquitectura del comercio energético global.
«Vamos a quedarnos con el Estrecho. Probablemente lo administraremos», declaró Trump. «Nos convertiremos en el guardián del Estrecho. Quizás lo llamemos el 'ángel guardián' del Estrecho.» Añadió que lo ideal sería que otras naciones «reembolsaran» a Washington por esa tutela.
Poco después, Trump formalizó la postura: Estados Unidos restablece su bloqueo naval contra Irán y aplicará un arancel del 20% sobre toda la carga que transite el Estrecho para cubrir «todos y cada uno de los costos necesarios para hacer el trabajo de proveer seguridad a esta sección del mundo tan volátil».
El anuncio llegó en un momento de escalada sostenida. El sábado por la noche, el Ejército estadounidense informó de que había iniciado «la tercera ronda de ataques de la semana contra Irán» tras el ataque de fuerzas iraníes a un buque con bandera de Chipre que transitaba el Estrecho. El domingo por la tarde, fuerzas estadounidenses lanzaron ataques adicionales para «continuar degradando su capacidad de atacar a marineros civiles y barcos comerciales que transitan libremente el Estrecho», después de que Teherán dijera haber inutilizado un segundo buque, esta vez frente a las costas de Omán.
Irán respondió atacando de nuevo activos estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Jordania y Omán. El lunes por la mañana, Bahréin —sede de la Quinta Flota de la Marina estadounidense— reportó haber interceptado múltiples misiles iraníes. Jordania también informó de que interceptó misiles que entraron en su espacio aéreo desde territorio iraní.
El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmail Baghaei, argumentó que Irán no había sido el primero en violar el acuerdo de paz e insistió en que el país había «entrado en las negociaciones con meticulosidad y seriedad». Por su parte, Teherán reportó durante el fin de semana haber cerrado el Estrecho de Hormuz, y el IRGC iraní declaró posteriormente que la única forma de reabrir completamente la vía marítima era «poner fin a las intervenciones del agresivo ejército estadounidense».
Trump ha insistido en que el Estrecho está abierto, pero los datos de seguimiento de embarcaciones de Kpler, citados por Reuters, cuentan otra historia: solo seis buques transitaron el Estrecho el domingo, frente a los 138 que lo hacían habitualmente cada día antes de la guerra.
Desde que funcionarios estadounidenses e iraníes firmaron el Memorándum de Entendimiento el 17 de junio, se ha intentado reducir el control iraní sobre el Estrecho redirigiendo los buques comerciales por un corredor sur que bordea la costa de Omán. Pero Irán ha advertido repetidamente a los buques que no utilicen rutas alternativas.
El alto el fuego provisional, mientras tanto, parece haberse roto por completo. El MoU establecía los términos de un cese al fuego provisional de 60 días, con tiempo para conversaciones técnicas adicionales. Su plazo vence a mediados de agosto, pero la semana pasada Trump le dijo a los asistentes a la cumbre de la OTAN que el acuerdo provisional estaba «terminado». Las acusaciones de violaciones por ambas partes sugieren que poco o ningún progreso se ha logrado en las negociaciones.
El precio del crudo Brent, que el lunes se acercaba a los 80 dólares por barril, aún se mantiene muy por debajo del pico de 126 dólares alcanzado en abril, en el punto álgido de la guerra. Pero la subida de más del 3% registrada ese lunes refleja con precisión lo que el mercado teme: que el Estrecho de Hormuz, por donde transita aproximadamente una quinta parte de la producción mundial de petróleo, permanezca inestable de forma indefinida.
Para Hemisferio, la propuesta de Trump tiene una lógica que merece ser leída sin prejuicios: si Washington asume el costo humano y material de garantizar el tráfico energético global, es razonable que el mundo pague por ese servicio. El problema no es el principio —la libre navegación tiene un precio real— sino la ejecución en medio de una escalada activa. Un peaje cobrado a cañonazos no es una política comercial; es una señal de que el orden en el Estrecho se sostiene, por ahora, a fuerza de voluntad y no de acuerdo. Y los acuerdos, como demostró el MoU del 17 de junio, pueden deshacerse en un fin de semana.


