La escena lo dice todo. Mientras Viena cumple un siglo construyendo vivienda social donde el 60% de sus residentes habita unidades subsidiadas sin estigma, México sigue debatiendo el tema de manera «maniquea», según la descripción del exembajador Arturo Sarukhan. Mientras Estonia puso el 97.6% de sus servicios estatales en línea y redujo corrupción de manera medible, el aparato administrativo mexicano, señala Sarukhan, sigue caracterizándose por «opacidad y corrupción». El contraste no es retórico: es de gestión.
Sarukhan, diplomático y analista, regresa de vacaciones con una lectura bajo el brazo que convierte en columna de opinión: Braver New World: The Countries Daring to Do Things Others Won't, del periodista británico John Kampfner. El libro, publicado recientemente, recorre nueve países no autocráticos que enfrentaron retos estructurales y decidieron resolverlos en lugar de declararlos insolubles. Tres años de visitas y análisis de políticas públicas dan forma a una tesis que Sarukhan resume como «sencilla pero diáfana»: la innovación en la gestión pública no nace en naciones satisfechas de sí mismas, sino en las que tienen la espalda a la pared.
Los detalles cuentan la historia. Finlandia diseñó un sistema educativo orientado a la flexibilidad ante un futuro laboral incierto, no a pasar exámenes. Taiwán logró un sistema de salud con 90% de satisfacción ciudadana a una fracción del costo de sistemas comparables. Japón desarrolló residencias intergeneracionales que devuelven dignidad a los adultos mayores sin aislarlos. India emancipó económicamente a millones de pequeños comerciantes y agricultores mediante aplicaciones móviles y pagos electrónicos. Marruecos construyó en el Sahara infraestructura solar capaz de abastecer a dos millones de hogares. Costa Rica triplicó su economía mientras duplicaba su cobertura forestal. Canadá edificó un sistema migratorio basado en puntos, con política de asilo real y planeación demográfica de largo plazo.
Ninguno de esos países, apunta Sarukhan, apeló al victimismo histórico ni a la «soberanía ramplona» como sustituto de la acción. Ninguno presumió que bastaba con «tener otros datos» o regresar al pasado para resolver problemas del presente. Todos partieron de un diagnóstico honesto de sus limitaciones.
Para entender el presente hay que volver a esa comparación. México acumula un déficit habitacional crónico y una dependencia de desarrolladores privados «poco regulados», según Sarukhan. Mantiene a Pemex como símbolo identitario de un paradigma de energía fósil en lugar de apostar por generación distribuida, limpia y exportable. Usa la política migratoria como «válvula de escape» o «moneda de cambio diplomática» en lugar de diseñarla como política de Estado con metas y criterios de absorción. Y ha convertido la política exterior, según el análisis del exembajador, en un «parapeto de narrativa defensiva» —«respeto a la soberanía», «no intervencionismo»— mientras los problemas estructurales se acumulan sin respuesta.
Sarukhan describe al gobierno mexicano actual como un régimen que «orondo se proclama progresista pero actúa como todo menos eso», con «un nacionalismo rancio y defensivo y una miopía cada vez más aguda». Son palabras del columnista, no del medio, pero la evidencia comparativa que aporta Kampfner les da peso específico.
La lección que Hemisferio extrae de este recuento es incómoda para cualquier gobierno, pero en particular para uno que ha hecho del Estado su argumento central. Los casos de Viena, Estonia o Taiwán no son victorias de la burocracia expansiva: son victorias del diseño institucional inteligente, la rendición de cuentas y la medición de resultados. La diferencia entre vivienda pública como «infraestructura urbana de largo plazo» y vivienda pública como asistencialismo clientelar no es ideológica; es de incentivos, transparencia y evaluación. Lo mismo vale para la salud, la educación o la transición energética.
El principio en juego es simple: los recursos del contribuyente rinden más cuando las instituciones son transparentes, los resultados son medibles y la retórica no sustituye a la política. México tiene los problemas que Kampfner identifica como urgentes en otras latitudes. Lo que le falta, según este diagnóstico, no es presupuesto ni soberanía proclamada en discursos: es la voluntad de sacar la cabeza de la arena.



