La sala 3 de Cinemas Cineprox Las Américas tendrá esta tarde, 23 de julio de 2026, un público que no va a ver una película de estreno. Va a ver a un hombre que murió hace treinta años —el 23 de mayo de 1996— y que, sin embargo, sigue siendo la referencia inevitable cuando alguien en Colombia quiere hablar en serio de cine.
El encuentro, programado entre las 4:30 p. m. y las 7:00 p. m., incluye la proyección del documental Luis Alberto Álvarez. Un espectador intensivo, dirigido por Ronal Castañeda y estrenado originalmente en 2012. Después vendrá una charla sobre su legado. El formato es sencillo. El motivo, menos.
Luis Alberto Álvarez Córdoba fue sacerdote claretiano, crítico de cine, investigador y promotor cultural. Durante casi dos décadas publicó sus textos en EL COLOMBIANO, reunidos bajo el título Páginas de cine. En 1990 cofundó, junto con Paul Bardwell —entonces director del Centro Colombo Americano de Medellín—, la revista Kinetoscopio, que al momento de su fallecimiento alcanzaba su edición número 36 y era ya un referente para la cinefilia nacional.
Los detalles cuentan la historia. Semanas antes de morir, el 12 de marzo de 1996, la Universidad de Antioquia le otorgó el título Honoris Causa de Comunicador Social–Periodista. Su muerte dejó pendientes participaciones en festivales de cine y un ciclo de conferencias en Berlín. También se interrumpieron sus espacios radiales sobre crítica cinematográfica, música, historia de la ópera y audiciones comentadas de Mozart, además de las tertulias sobre cine, ópera y gastronomía italiana que animaba en Medellín.
El rastro institucional que dejó es considerable. La Universidad de Antioquia bautizó con su nombre uno de sus auditorios y conserva en las colecciones especiales de su Biblioteca Central la biblioteca personal de Álvarez: libros, revistas, videos y material sonoro. La emisora de la misma institución mantiene parte de su archivo musical.
En el barrio Calasanz funciona la Casa Museo LAAC, donde se preservan muebles, fotografías, afiches, vestuario, libros y equipos de imagen y sonido. El espacio sostiene actividades de cineclubismo, promoción de lectura y gestión cultural. Según la página de ProImágenes, Álvarez fue docente de cine en la Universidad Nacional de Medellín, la Universidad de Antioquia, la Universidad de Medellín, el Instituto Goethe de Bogotá y Medellín, el Centro Colombo Americano, el Instituto de Integración Cultural Recinto Quirama, la Academia Cultural Yuruparí y el Banco de la República.
Su influencia también aparece en la literatura: la novela Salvo mi corazón, todo está bien, de Héctor Abad Faciolince, recoge su figura. La Universidad Nacional sostiene la Cátedra de Cine Luis Alberto Álvarez.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de mayo de 1996. Medellín era entonces una ciudad que intentaba salir de la peor violencia de su historia reciente, y Álvarez había construido, casi en paralelo al caos, un espacio donde el cine era una forma de pensar el mundo y de formarse como ciudadano. Eso no es un dato menor: la cultura como bien público no necesita del aparato estatal para prosperar cuando hay individuos con vocación y criterio que la sostienen con su propio trabajo.
La escena lo dice todo. Un sacerdote sin recursos institucionales extraordinarios, con una máquina de escribir, un micrófono y una pantalla prestada, construyó algo que treinta años después sigue convocando a una sala de cine en una tarde de julio. Esa es la clase de legado que ninguna política cultural puede fabricar por decreto.



