Para entender el presente hay que volver a ese fin de semana.
El 4 de julio de 2026, mientras Estados Unidos cumplía 250 años, dos eventos acapararon la atención del país. Uno fue la boda sorpresiva de la cantante Taylor Swift y el jugador de la NFL Travis Kelce, descrita por expertos en gestión de eventos como una celebración de unos 50 millones de dólares costeados íntegramente por la propia Swift. El otro fue la conmemoración oficial del aniversario nacional, organizada bajo la conducción del presidente Donald Trump, con un costo estimado de aproximadamente 70 millones de dólares del erario público.
Los detalles cuentan la historia.
La celebración gubernamental, según la columna del académico Jeffrey Sonnenfeld publicada en Time, se desarrolló bajo la lluvia, ante lo que el autor describe como una concurrencia notablemente escasa y con sillas vacías. Sonnenfeld —quien firma el texto en primera persona y aclara haber estudiado a Trump durante 30 años— reporta además escenarios colapsados, calor extremo y la cancelación de apariciones de celebridades. Trump, según la misma fuente, atribuyó el deterioro del Estanque Reflectante del Lincoln Memorial a actos de vandalismo, luego de que una limpieza de 16 millones de dólares contratada con un allegado no lograra resolver el problema de algas.
En paralelo, el evento privado de Swift transformó el Madison Square Garden en lo que Sonnenfeld llama «un mundo romántico mágico», con músicos, actores y líderes empresariales que reorganizaron sus planes de vacaciones para asistir. La pareja destinó, según la misma fuente, 26 millones de dólares a 20 organizaciones benéficas vinculadas a bancos de alimentos, hospitales infantiles, programas educativos y causas de bienestar animal.
La escena lo dice todo: el dinero privado construyó el espectáculo más comentado del fin de semana; el dinero del contribuyente financió el que más críticas cosechó.
Sonnenfeld también reporta que soldados estadounidenses en Wiesbaden, Alemania, rindieron homenaje al general de cuatro estrellas Christopher Donahue —descrito como «no partidista» y «heroico»—, quien fue apartado de su cargo de comandante del Ejército de EE.UU. en Europa y África por la administración Trump. El episodio pasó sin mayor cobertura frente al ruido de los fuegos artificiales.
El columnista cita además el libro Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump, de los periodistas del New York Times Maggie Haberman y Jonathan Swan, según el cual Trump se concibe a sí mismo como «un gran hombre de la historia» cuyo poder trasciende al de conquistadores históricos. En su propio libro, titulado Trump's Ten Commandments, Sonnenfeld sostiene que Trump usa el dinero como «métrica de aceptación» más que como fin en sí mismo, y señala que su índice de aprobación ha caído a entre 17 y 24% en decenas de encuestas nacionales recientes.
Trump, según la misma fuente, acumuló más de 2.000 millones de dólares en su primer año de regreso a la Casa Blanca. Sonnenfeld atribuye esa cifra a lo que describe como posible manipulación bursátil, uso de información privilegiada y posibles violaciones graves de la cláusula de emolumentos —señalamientos que el columnista formula como acusaciones, no como hechos judicialmente establecidos.
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La lectura de Hemisferio no es la de Sonnenfeld, cuya columna es abiertamente militante contra el presidente. Pero los números merecen atención independientemente del ángulo: 70 millones de dólares del contribuyente para una celebración que, según los reportes disponibles, no estuvo a la altura de la ocasión es un argumento que cualquier defensor del gasto público responsable debería tomar en serio, venga de donde venga.
El principio en juego es simple: cuando el Estado gasta, rinde cuentas; cuando un privado gasta, asume el riesgo. Swift pagó su fiesta. El contribuyente estadounidense pagó la otra. Esa diferencia —no el duelo de popularidad entre dos figuras mediáticas— es la que merece el debate.



