Para entender el presente hay que volver a esa ecuación que durante un cuarto de siglo pareció infalible: Chile vendía cobre a China, firmaba tratados con Estados Unidos y crecía sin tener que inclinarse ante ninguno. El escenario perfecto, como lo llama Francisco Urdinez, académico del Instituto de Ciencia Política de la Universidad Católica y director del Núcleo Milenio ICLAC. Esta semana, con el lanzamiento en español de su libro Desplazamiento económico: China y el fin de la primacía estadounidense en América Latina —editorial Planeta—, ese diagnóstico llegó al debate público con cifras, no solo con intuición.
El argumento central es tan incómodo como preciso: China no desplazó a Estados Unidos en América Latina por agresión, sino por omisión estadounidense. «Hubo una falta de estrategias proactivas para alentar a las empresas a mantener o mejorar el peso económico de EE.UU. en América Latina», escribe Urdinez. Las empresas privadas norteamericanas, agrega el texto, priorizaron sus márgenes y en varios casos concluyeron que no podían ganar licitaciones frente a sus pares chinos. El vacío lo llenó Pekín: primero como comprador de materias primas, luego como financista de obras públicas y finalmente como inversor estratégico.
El caso chileno ocupa un lugar particular en el análisis. Urdinez describe que el avance chino dejó en Chile un equilibrio casi perfecto con Estados Unidos: el gigante asiático es el principal socio comercial del país, pero la hegemonía política, el idioma, la formación de las élites y la admiración ciudadana siguen inclinados hacia Washington. «China aún no ha logrado traducir su peso económico en político», sostiene el académico, y calcula que para que eso ocurra las tendencias de desplazamiento deberían mantenerse unos veinte años más.
Pero ese equilibrio, advierte, ya es historia. «El escenario perfecto que tuvo Chile por 25 años se acabó», dice sin rodeos. La razón no es ideológica sino estructural: Estados Unidos ha adoptado lo que Urdinez llama un «enfoque de castigo», presionando a los países que se acercan a China en áreas que considera estratégicas —infraestructura para el comercio, telecomunicaciones, minerales críticos y transición energética—. El resultado es una disyuntiva sin término intermedio: Washington exige posicionamiento pero no ofrece compensar la pérdida económica que implicaría alejarse de Pekín.
La escena lo dice todo: Chile firmó acuerdos de libre comercio con decenas de países y construyó su prosperidad sobre un mundo de comercio abierto que, según Urdinez, ya no existe. El país que más se desarrolló económicamente en América Latina en los últimos treinta años lo hizo con un modelo que hoy está agotado, no porque haya dejado de ser conveniente en teoría, sino porque las circunstancias externas lo hacen imposible en la práctica.
La receta que propone el académico tiene tres ejes. Primero, diversificación: India, Indonesia, Australia y Vietnam como destinos que compensen una eventual pérdida de relevancia china. Segundo, diálogo explícito con ambas potencias para conocer sus líneas rojas y ofrecer previsibilidad a los inversores —especialmente a los chinos, que en años recientes han percibido un trato adverso en proyectos de litio, salmones y acero—. Tercero, formación de expertos en China, su política e idioma, una deuda que Chile arrastra desde que Pekín se volvió indispensable.
El libro también señala que continuar como mero exportador de materias primas será cada vez más difícil. El modelo primario-exportador funcionó; seguir creciendo con él, no.
Los próximos diez años, concluye Urdinez, son el plazo real. Si Chile no consigue posicionarse entre los países que no son ni Washington ni Pekín, la situación será, en sus propias palabras, «muy precaria y muy delicada».
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La lección que se desprende del análisis de Urdinez no es nueva para quienes defienden el libre mercado y la soberanía nacional: la dependencia excesiva del Estado en un solo socio comercial —o en dos— es una vulnerabilidad, no una estrategia. Chile prosperó gracias a su apertura comercial y a su pragmatismo, virtudes de la libre empresa y no del aparato burocrático. El riesgo ahora no es solo geopolítico; es que la presión de elegir bando derive en más intervención estatal, más condicionamientos políticos a la inversión privada y menos espacio para que sean los mercados quienes asignen recursos. La diversificación que propone el académico tiene sentido precisamente porque amplía opciones para el sector privado, en lugar de sustituirlas por decisiones de gobierno. Esa es la apuesta que Chile debería hacer en la próxima década.



