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El ejecutivo que industrializa la IA en América Latina

José Orlandini, presidente de Sonda, desmonta los extremos del debate: ni armas nucleares digitales ni el fin del dinero. La IA ya ahorra el 40% en desarrollo de software y opera más de 100 agentes en Codelco, pero la mayoría de las empresas latinoamericanas aún la usa para hacer presentaciones.
Imagen ilustrativa
sábado 15 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. En un data center de Sonda, el 60% de los incidentes técnicos —memoria saturada, comunicaciones caídas— los detecta y resuelve hoy la inteligencia artificial, sin que ningún técnico levante el teléfono. Hace año y medio, eso era impensable. Hoy es la operación cotidiana de la principal empresa tecnológica de Chile y una de las más grandes de América Latina.

José Orlandini lleva la presidencia de Sonda y, desde ese puesto, tiene una vista privilegiada sobre cómo la IA está —o no está— transformando las empresas de la región. Su diagnóstico es preciso y, en parte, incómodo: el uso existe, pero es superficial.

Según la encuesta Tech Trends de Sonda revelada en julio, el 88% de sus clientes empresariales declararon usar inteligencia artificial. Hace un año, esa cifra era del 16%. El salto es espectacular. Pero los detalles cuentan la historia: un 40% está apenas explorando o desarrollando pilotos, un 30% la aplica en algunos procesos, un 13% la tiene como eje estratégico y solo el 5% la ha integrado de forma transversal en toda su operación.

«En general, el uso de inteligencia artificial en América Latina es bien parecido. Es muy difundido, pero en usos básicos: mejorar un documento o hacer un PowerPoint. Son cosas útiles, pero no cambian la forma de hacer negocios», remarca Orlandini.

El contraste con lo que Sonda ya hace para sus propios clientes es revelador. Codelco contrató a la empresa para desarrollar agentes —software de IA dedicado a una tarea específica— que automatizaran procesos administrativos: análisis de contratos, verificación de cumplimiento de contratistas. Hoy operan más de 100 agentes en esa minera estatal. En otro frente, Sonda entrega mensualmente a Fonasa un informe con sospechosos de fraude en licencias médicas, cruzando patrones que antes eran invisibles: ya no solo el médico que emite cien licencias en un día, sino asociaciones entre médicos y laboratorios que la IA detecta sola.

En supermercados, la empresa desplegó reconocimiento automático de alimentos en balanzas: el sistema distingue una palta de una manzana, y también estima si está lista para consumir hoy, mañana o en una semana. El impulso inicial, aclara Orlandini, no fue la comodidad del cliente sino frenar el robo: la gente pesaba un filete como si fuera una palta. «Yo creo que en dos años esa va a ser la forma en que todos vamos a comprar», anticipa.

En su propia operación interna, el impacto ya es medible. La generación de código —uno de los usos más extendidos de la IA en el mundo— le ha permitido a Sonda ahorrar el 40% en costos de programación respecto a hace año y medio. Y, contra el relato del desempleo tecnológico, sus equipos de desarrollo no han disminuido sino aumentado: la eficiencia les permitió ganar más contratos.

Orlandini no esquiva las preguntas incómodas. Sobre las predicciones de Elon Musk —que en diez años el dinero no tendrá sentido porque la IA generará tanta abundancia— responde sin rodeos: «Elon Musk es un referente, es fuerte contradecirlo, pero yo creo que está equivocado». Tampoco comparte la alarma del director de la CIA, John Ratcliffe, quien comparó a la IA con armas nucleares digitales. «Ninguno de los dos extremos es válido», sentencia.

Su visión es más granular: la IA encontrará nichos donde será muy efectiva —el desarrollo de software es el ejemplo más claro— y otros donde su incorporación será mucho más lenta. El programador que pasaba el día entero escribiendo código «efectivamente va a desaparecer o va a disminuir drásticamente». Pero el ingeniero capaz de racionalizar qué debe hacer una aplicación, de traducir una necesidad humana en un problema técnico, seguirá siendo necesario.

Eso lleva al debate sobre educación. En Chile se ha discutido si el gobierno debería priorizar becas en ingeniería y matemática por sobre las humanidades, argumentando el avance de la IA. Orlandini no cierra esa puerta: «Se requiere gente con más criterio. Y eso probablemente incluye a las humanidades. La IA está haciendo que cada vez sean menos útiles las personas autómatas; necesitamos personas más integrales».

La lectura de Hemisferio es directa. El mercado ya está dando la señal que ningún decreto puede forzar: las empresas que industrializan la IA —no las que la usan para pulir presentaciones— ganan contratos, reducen costos y contratan más. El libre mercado premia la adopción real y castiga la cosmética digital. El riesgo no es la IA en sí; es quedarse en el piloto eterno mientras la competencia opera cien agentes en producción. Para los contribuyentes que financian becas y programas públicos de formación tecnológica, la pregunta que plantea Orlandini es la correcta: ¿estamos formando personas con criterio o personas que la IA reemplazará en cinco años?

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