La escena lo dice todo.
Eran las primeras horas del lunes cuando la tierra se movió y un edificio residencial de entre cinco y siete pisos en el barrio Cuarto de Legua, en Cali, dejó de existir. En cuestión de segundos, toneladas de concreto, hierros retorcidos y polvo reemplazaron lo que hasta ese momento eran apartamentos, cocinas y familias haciendo su vida cotidiana.
El sismo registró una magnitud de 7,4. El epicentro fue ubicado en San José del Palmar, Chocó, pero el movimiento sacudió con fuerza a Cali y a otros municipios del Valle del Cauca. Gritos, carreras, llamadas telefónicas fallidas: el miedo se apoderó de las calles en minutos.
Según cálculos preliminares de familiares y habitantes del sector, entre 10 y 15 personas podrían estar atrapadas bajo los escombros del edificio colapsado en la calle 4 con carrera 58. También hay preocupación por dos mascotas que permanecían en el inmueble. Cincuenta voluntarios trabajaban para remover los escombros en busca de sobrevivientes.
Carlos Saavedra, uno de los evacuados, relató a EL COLOMBIANO los momentos que vive ante la incertidumbre de no saber sobre la suerte de sus trillizas sobrinas, dos familiares más y un perro atrapados entre los escombros. «Ellos eran cinco, y el perro. Pero rescataron a una de las trillizas, que está en la clínica. La que avisó fue precisamente la trilliza que está en la clínica», afirmó Saavedra. Y agregó: «Estábamos en el comedor y se cayó eso, y a mí me rescataron de primero. ¿Qué esperanzas puede haber? ¡Ayudaaa, alcaldee! Necesitamos cuerpos de socorro aquí».
Freedy Otálora tampoco se alejó de los escombros. Su esposa estaba en el cuarto piso cuando ocurrió el colapso. «Mi esposa estaba en el cuarto piso y no sabemos nada de ella. Estaba hablando con el hijo en ese momento porque iba a sacar a pasear el perro y creemos que está en alguna parte de las gradas», contó el hombre, con varios bidones de agua en los brazos, sin moverse del lugar.
Los detalles cuentan la historia. Alrededor del edificio derrumbado, la angustia se multiplicaba: algunos vecinos removían piedras y fragmentos de concreto con sus propias manos; otros permanecían inmóviles, teléfono en mano, esperando una llamada.
El alcalde de Cali, Alejandro Eder, informó que 19 estructuras han colapsado en la ciudad. La gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, confirmó 27 muertos en el departamento y señaló que el 80 % del municipio de El Cairo, en el norte del Valle, quedó completamente destruido. Una nota de EL COLOMBIANO citada en las fuentes reportaba al menos 80 muertos en Risaralda, Valle, Chocó y Manizales.
El sistema de salud de Cali también acusó el golpe. La Secretaría de Salud informó, de manera preliminar, que siete sedes de Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud se encuentran cerradas y evacuadas, mientras que otras 25 IPS presentan posibles daños estructurales en evaluación. Ante la situación, se declaró Alerta Naranja en toda la red de salud de la ciudad.
Las zonas afectadas se extienden por múltiples sectores de Cali: la calle 42 con carrera 38, el sector La Luna, la calle 44, la calle 3D con carrera 67, la calle 10 con carrera 71, la carrera 28D con calle 72 —donde se ubica la Notaría 20—, la Calle 9 con carrera 24, la carrera 41 con calle 7, el Edificio Marisol y varios puntos más a lo largo de la ciudad.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Colombia enfrenta uno de sus peores terremotos en años recientes, y la magnitud del daño en infraestructura urbana plantea preguntas que van más allá del duelo inmediato: ¿cuántos de esos edificios contaban con las normas de sismo-resistencia exigidas? ¿Cuántos pasaron por los controles que el Estado colombiano tiene la obligación de garantizar? La tragedia de Cali no es solo natural. Es también el resultado de décadas de construcción informal, supervisión laxa y un aparato estatal que con frecuencia llega tarde —cuando llega— a las zonas más vulnerables. El costo lo pagan, como siempre, los ciudadanos de a pie atrapados entre los escombros.



