Los números llegaron antes que el debate. Según el informe Agentes, robots y nosotros: cómo la IA redefine el trabajo y las habilidades en América Latina, publicado por el McKinsey Global Institute, la adopción de inteligencia artificial y automatización de procesos tiene el potencial de generar 450.000 millones de dólares en impacto económico para América Latina y el Caribe. Para Panamá, la porción estimada asciende a 4.200 millones de dólares hacia 2030.
La escena lo dice todo: un país de servicios, con un canal que mueve el comercio global y una plaza financiera regional, parado frente a una tecnología que podría rediseñar sus ventajas competitivas desde adentro.
El estudio analizó 15 economías latinoamericanas. Uno de sus hallazgos centrales es que el 57% de las horas de trabajo actuales podrían automatizarse teóricamente con las tecnologías ya existentes: un 39% mediante agentes con IA y un 18% a través de robots. No se trata de ciencia ficción; se trata de herramientas disponibles hoy.
Para entender el presente hay que volver a ese dato. En economías orientadas a los servicios —y McKinsey señala explícitamente a Panamá y Costa Rica en esa categoría— los agentes de inteligencia artificial podrían desempeñar un papel más importante en la automatización de procesos de atención. Es decir, el perfil productivo del país coincide precisamente con el terreno donde la IA rinde más.
Los sectores identificados por el informe como los de mayor potencial en Panamá no son los que el imaginario tecnológico suele evocar. Encabeza la lista agricultura, silvicultura, pesca y caza, seguida por comercio minorista y mayorista, apoyo administrativo y gobierno, y servicios educativos. Construcción y alojamiento también aparecen, aunque con menor peso. La IA, en este caso, no es un fenómeno de Silicon Valley trasplantado: es una palanca para actividades productivas concretas, donde la eficiencia operativa y la toma de decisiones pueden mejorar sin necesidad de reemplazar a las personas.
McKinsey es explícito en ese punto. «La mayoría de las habilidades humanas perdurarán, aunque se apliquen de forma diferente», señala el informe. Aproximadamente el 66% de las habilidades que buscan hoy los empleadores latinoamericanos se utilizan tanto en trabajos automatizables como en los que no lo son. El mensaje no es de sustitución sino de complementariedad, al menos en el corto plazo.
Pero la brecha existe y es medible. La tasa de adopción de agentes habilitados con IA en Latinoamérica se ubica en 14%, frente al 27% en Estados Unidos y el 25% en Europa. McKinsey apunta a una razón económica directa: los salarios más bajos reducen el incentivo para automatizar, porque la tecnología sigue siendo más cara en relación con la mano de obra que reemplazaría. Los países con mayores costos laborales, dice el informe, «suelen tener argumentos económicos más sólidos para la adopción de la tecnología».
Los detalles cuentan la historia. Entre finales de 2023 y finales de 2025, la demanda de habilidades vinculadas a IA creció más que cualquier otra categoría en los mercados laborales latinoamericanos. La llamada AI fluency —la capacidad de utilizar, gestionar y crear con herramientas de inteligencia artificial— registró un aumento de demanda de 11 veces en apenas dos años. Y no solo en puestos tecnológicos: también en perfiles creativos, administrativos, comerciales y de servicios.
«El verdadero impacto de la inteligencia artificial no dependerá únicamente de comprar o instalar nuevas tecnologías, sino de la capacidad de las organizaciones para rediseñar sus procesos de trabajo alrededor de las fortalezas complementarias de las personas, los agentes inteligentes y los robots», concluye el informe.
Hemisferio lee ese párrafo como un aviso para navegantes. Panamá tiene una ventana real: una economía de servicios bien posicionada, infraestructura logística de clase mundial y un sector privado acostumbrado a operar en mercados abiertos. El 4.200 millones de dólares no caerá solo por el paso del tiempo; requiere que empresas y trabajadores adopten herramientas, rediseñen procesos y apuesten por la capacitación. Lo que el informe de McKinsey deja claro es que el principal obstáculo no es tecnológico: es de voluntad y velocidad. En un entorno donde la competencia regional también está mirando los mismos números, quedarse atrás no es una opción neutral. Es una decisión con costo.



