La escena lo dice todo. Mientras el Congreso de Lima se preparaba para la ceremonia del 28 de julio, un dato circulaba entre los allegados de la presidenta electa Keiko Fujimori: el discurso duraría menos de una hora. La señal era política antes de ser logística.
Carlos Díaz-Rosillo, director del Adam Smith Center for Economic Forum y amigo cercano de la mandataria electa, lo explicó sin rodeos en una entrevista con radio Exitosa. «Nadie quiere oír un discurso de cuatro o cinco horas», dijo, en referencia directa al recordado mensaje de Dina Boluarte en 2024, el más extenso de un mandatario peruano en el siglo XXI, pronunciado ante un Congreso con la mayoría de escaños vacíos.
La diferencia no es solo de minutos. Es de estilo de gobierno.
Según Díaz-Rosillo, el eje central del mensaje será la unidad nacional. Fujimori asumirá «con un gran sentido de responsabilidad» y con la premisa de que fue elegida para gobernar a «todos los peruanos, incluidos quienes no votaron por ella». «Es presidenta de todos, no solamente de la mitad que votó por ella», afirmó el allegado.
Las prioridades que marcará el discurso coinciden, en buena medida, con lo que la ciudadanía espera. Una encuesta de Ipsos, difundida por el diario Perú21 el domingo previo a la investidura, revela que el 68% de los peruanos considera que la lucha contra la delincuencia debe ser el eje central del mensaje presidencial. Le siguen la lucha contra la corrupción, con 45%, el fortalecimiento de la salud pública, con 39%, la mejora de la educación, con 33%, y la reducción de la pobreza, con 32%.
La inversión privada, dato que en otra coyuntura encabezaría cualquier agenda de libre mercado, aparece apenas con 7% en las prioridades ciudadanas. El diagnóstico popular es claro: primero el orden, luego el crecimiento.
Díaz-Rosillo fue preciso sobre el diagnóstico económico que manejará la nueva gestión. El problema del país, sostuvo, no es la falta de recursos sino su administración. «Dinero hay, pero hay una mala administración», afirmó. En esa línea, anunció que el gobierno impulsará medidas para reducir trámites, mejorar la eficiencia estatal y fortalecer la meritocracia dentro de la administración pública.
Los detalles cuentan la historia. Fujimori no presentará formalmente en su discurso las facultades legislativas que solicitará al Parlamento bicameral, ya que ese pedido deberá tramitarse por los canales correspondientes. El mensaje inaugural no será un catálogo de decretos: será una declaración de intenciones.
La ceremonia de investidura contó con la presencia de jefes de Estado de la región, entre ellos Daniel Noboa y José Raúl Mulino, así como el rey Felipe VI de España. Estados Unidos envió una delegación encabezada por el vicesecretario de Estado Christopher Landau.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Fujimori recibe un país con una situación económica complicada, desorden institucional y la amenaza del fenómeno de El Niño, según describió su propio entorno. El reto no es menor: gobernar desde la legitimidad electoral en un sistema que ha desgastado a sus últimos ocupantes antes de cumplir el mandato.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el contraste es elocuente. Una presidenta que llega prometiendo brevedad y eficiencia frente a una antecesora recordada por discursos de cinco horas ante bancas vacías no es un detalle de protocolo: es una declaración sobre qué tipo de Estado se quiere construir. El énfasis en meritocracia, reducción de trámites y mejor administración de los recursos existentes apunta en la dirección correcta. El aparato estatal peruano no necesita más dinero; necesita menos burocracia y más rendición de cuentas. Si Fujimori traduce ese diagnóstico en política concreta, habrá dado el primer paso que sus predecesores no supieron o no quisieron dar.



