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El disco que cambió todo

Miguel Tapia revive «Pateando piedras» cuarenta años después y recuerda cómo un grupo de San Miguel reinventó la música popular chilena peleando contra la precariedad, la dictadura y hasta sus propias vergüenzas musicales.
Imagen ilustrativa
domingo 9 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un joven baterista se encierra en su pieza, se coloca unos audífonos ochenteros —arco de plástico, esponjas desgastadas— y sube el volumen de Yazoo. Bombos comprimidos, bajos sintéticos, texturas que en 1984 sonaban a otro planeta. Miguel Tapia lo disfrutaba en secreto porque afuera, en el mundo compartido con sus camaradas de Los Prisioneros, ese gusto era inconfesable. Estaban grabando «La voz de los 80», un debut de guitarras frontales y baterías urgentes, y escuchar música hecha con máquinas programadas era casi una traición.

Cuarenta años después, Tapia puede reírse de aquel pudor. El 15 de septiembre, a las 20.30 horas, el músico subirá al escenario del Teatro Caupolicán de Santiago para celebrar el aniversario de «Pateando piedras» (1986), el disco que enterró esos secretos y los convirtió en canciones.

El giro que nadie esperaba

Para el segundo álbum, el trío de San Miguel giró hacia las texturas sintéticas que Tapia y Jorge González consumían en privado: Depeche Mode, New Order, Bronski Beat, Soft Cell. «Canciones como ‹Muevan las industrias› tienen mucho de ese sonido más Depeche Mode», recuerda Tapia. «Nosotros sampleamos los balones de gas y le bajamos la afinación, y quedaron sonando como fierro. Empezamos a descubrir los samplers, los teclados, las secuencias y fue otro mundo, muy jugado».

El tercer integrante, Claudio Narea, nunca se sintió cómodo en ese territorio. «Él siempre ha sido mucho más de guitarra, más rocanrolero, más rockabilly. A él no le agradaba tanto el disco y mucho menos tocarlo en vivo», dice Tapia. Los teclados generaban, en sus propias palabras, «una pequeña lucha» cada vez que la banda salía a presentar el material.

La herramienta central de esa incomodidad tenía nombre: la Simmons, una batería electrónica que el grupo compró para optimizar el sonido en vivo. «Era muy incómoda de tocar. Nunca fue un placer tocarla, porque era casi como tocar esta mesa», admite Tapia. «Yo sacrifiqué ese placer de tocar la batería durante muchos años por tratar de optimizar el sonido en vivo. No era como Phil Collins tocando en Londres».

Cinco mil copias en diez días

La incomodidad interna no impidió el resultado. «Pateando piedras» despachó cinco mil copias en sus primeros diez días en tiendas, llenó dos fechas en el entonces Estadio Chile con cerca de diez mil personas cada una y obligó a la prensa a reconocer que el grupo era una competencia real para las bandas argentinas que por esos días dominaban los medios.

Pero la consolidación llegó con resistencia. Aunque en 1987 parecía lógico que Los Prisioneros estuvieran en el Festival de Viña del Mar, la dictadura militar les cerró esa puerta. «Siempre hubo una energía mala onda con Los Prisioneros. Siempre fue cuesta arriba. Siempre fue antagónico. Y principalmente por los medios, no por el público», dice Tapia.

El contraste era elocuente: cuando el grupo regresaba a Santiago tras presentaciones multitudinarias en Perú, Ecuador o el Caribe, nadie del sello EMI aparecía en el aeropuerto de Pudahuel para recibirlos, pese a ser uno de los actos más vendedores del país.

La trastienda del concierto

Para preparar el show de septiembre, Tapia ha vuelto a las pistas originales. El ejercicio le ha deparado sorpresas agradables: «He estado chequeando las pistas que grabamos en su oportunidad y se me ha hecho bien agradable encontrarme con nuestra interpretación e incluso con el sonido de la guitarra de Claudio en temas como ‹Estar solo›, que tiene mucha influencia de The Cure, exactamente del disco ‹Pornography›». El repertorio incluirá canciones que han permanecido fuera de los setlists habituales, como «Estar solo» o «Por favor».

«Yo no soy muy romántico ni tampoco nostálgico», aclara el músico. Pero volver a esas grabaciones, dice, «ha sido muy entretenido».

Sobre la posibilidad de escribir un libro de memorias —una idea que le han planteado—, Tapia es directo: «No tendría éxito: mi libro no tiraría mala onda».

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Los detalles cuentan la historia. Lo que «Pateando piedras» representa no es solo un catálogo de canciones exitosas, sino el retrato de una creatividad que prosperó a pesar de la precariedad técnica, la tensión interna y el peso de un aparato cultural que prefería ignorarlos. Que ese disco haya vendido cinco mil copias en diez días sin respaldo mediático significativo dice más sobre el mérito del trabajo que sobre la generosidad del sistema. Cuarenta años después, el mercado sigue siendo el juez más honesto.

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