La escena lo dice todo. Mientras el resto del país miraba hacia Bogotá, Abelardo de la Espriella recibía mandatarios locales, grababa transmisiones para redes y celebraba su primer consejo de ministros en Barranquilla. No fue un gesto improvisado: fue la primera señal de que el nuevo presidente de Colombia tiene intención de romper con el bogocentrismo que ha definido la administración pública colombiana durante generaciones.
El alcalde de Barranquilla, Alejandro Char, aliado político del presidente electo, confirmó en diálogo con Blu Radio que el Edificio de la Aduana está siendo evaluado como sede del despacho presidencial en la capital del Atlántico. «Es en serio y lo va a firmar el 7 de agosto. Nos lo prometió», dijo Char. El mismo alcalde señaló que «han subido los precios de los tiquetes» a Barranquilla en estos días, termómetro informal pero elocuente del peso simbólico que ya tiene la decisión.
La Casa de Nariño seguiría funcionando, aunque De la Espriella ha dicho que no vivirá allí. El plan no es exclusivamente barranquillero: el presidente electo ha prometido permanecer varios días en distintas regiones, liderando puestos de mando unificados. La primera semana de gobierno, según reveló El Colombiano, transcurrirá en La Guajira. Durante el empalme regional ya visitó departamentos como Norte de Santander y Casanare.
La idea tiene precedente histórico. Rafael Núñez, también costeño, gobernó desde Cartagena a finales del siglo XIX. Hoy existen facilidades tecnológicas y de comunicaciones que no había entonces, hace más de cien años. Pero la tecnología no resuelve todo.
Felipe Murillo, politólogo y profesor de la Universidad EAFIT, advierte que establecer el despacho en Barranquilla «no implica una acción concreta de descentralización ni desconcentración, porque no se transfiere poder de manera formal a la alcaldía de Barranquilla, ni se están creando dependencias subordinadas del Ejecutivo en las regiones». Para Murillo, se trata de «una decisión logística y simbólica que trata de que el poder ejecutivo debe mirar más allá de Bogotá»; en apariencia, agrega, «suena deseable, pero no necesariamente lo es por los retos que implica». Mover la estructura institucional asentada en Bogotá es, según su diagnóstico, «como buscar mover una ballena encallada».
Diógenes Rosero, experto en dinámicas políticas de la región Caribe y profesor de la Universidad del Atlántico, identifica tres retos principales. Primero, si el foco real será Barranquilla o las regiones en general. Segundo, cuál será el rol de la casa Char, que no solo tendría un presidente aliado, sino que lo tendría en casa, algo no visto en gobiernos anteriores. Tercero, si habrá interlocución con fuerzas políticas más allá de los aliados del presidente electo. Rosero también señala que despachar desde la capital del Atlántico implicaría «trasladar algún tipo de infraestructura estatal que le puede quedar a la ciudad», además de los retos de seguridad presidencial.
En el nuevo gabinete ya se percibe el peso del Caribe: la exgobernadora del Atlántico Elsa Noguera ocupará el Ministerio de Transporte y el exsenador liberal Mauricio Gómez Amín el Ministerio de Comercio, por solo nombrar dos figuras cercanas al entorno Char.
Los detalles cuentan la historia. Lo que De la Espriella propone no es solo un cambio de dirección postal para el Ejecutivo: es una apuesta por desafiar la lógica centralista que ha concentrado poder, presupuesto y burocracia en la capital durante décadas. Desde la línea editorial de Hemisferio, esa aspiración merece respaldo de principio: un Estado que se acerca al territorio es, en teoría, un Estado más accountable y menos capturado por las élites bogotanas.
Pero el riesgo es simétrico. Si la descentralización simbólica termina siendo, en la práctica, una transferencia de influencia desde la burocracia capitalina hacia una red regional igualmente concentrada —en este caso, la familia Char y sus aliados en el Caribe—, el contribuyente colombiano habrá pagado el costo logístico de un cambio de escenario sin ganancia real en libertad ni en transparencia. El principio que está en juego es claro: descentralizar el poder es virtuoso; descentralizar el clientelismo, no.



