La escena lo dice todo. Un comprador se pone un visor, da tres pasos y ya está en el living de un departamento que, en ese momento, es apenas un pozo en el suelo de Miami. Siente el aroma del lobby del Waldorf Astoria —diseñado especialmente para esa experiencia— y escucha los sonidos del edificio. Cuando se quita el visor, la decisión de compra ya está casi tomada.
Durante décadas, el mercado inmobiliario vendió lo que todavía no existía con tres herramientas: fotos, planos y renders. Funcionó. Pero Patricio Navarro, CEO de YUPIX y fundador en 1991 de una empresa de renders en Sudamérica, sostiene que esas herramientas tienen un techo preciso: aportan información, no conocimiento.
«Los renders, las animaciones y los films aportan información; a través de estos, se puede ver cómo será un lugar, pero desde el vamos el usuario sabe que no es real», explica Navarro. La distinción no es semántica. Para él, las decisiones importantes no se toman sobre el saber sino sobre el conocer, y compara la diferencia con la experiencia de subirse a una montaña rusa: «Por más videos que alguien haya visto, nunca la va a conocer hasta subirse».
Su empresa, ARX, produce hoy —según sus propias cifras— más de la mitad de las imágenes de proyectos inmobiliarios de Miami. Desde esa posición, Navarro advierte que hablar de «tours virtuales» en términos genéricos es un error, porque bajo esa denominación conviven herramientas radicalmente distintas. En un extremo, el recorrido navegable desde un celular. En el otro, una experiencia de presencia completa: el cliente camina libremente por un departamento que no existe, con sonidos, aromas y detalles sensoriales. «La tecnología tiene que ser invisible porque cualquier detalle que falla rompe la ilusión», dice.
El render, aclara, sigue siendo el estándar de la industria para vender un proyecto en pozo. Pero la experiencia inmersiva es la que finalmente empuja la decisión de compra, porque la persona tiene la sensación de haber estado ahí. No una herramienta reemplaza a la otra: se escalonan.
En Buenos Aires, la tendencia toma forma propia. Alan Flexer, gerente de la sucursal San Isidro de Inmobiliaria Narvaez, describe un recorrido virtual e interactivo que permite al usuario desplazarse por los distintos ambientes de un proyecto como si caminara dentro de la propiedad. «Se puede hacer desde una computadora, una tablet o un celular», explica. La herramienta permite comprender dimensiones, distribución y visuales, y en algunos casos fue determinante para cerrar una operación: «Permitió analizar aspectos difíciles de transmitir de otra forma, como la distancia entre medianeras, la orientación o el recorrido del sol», señala Flexer.
La inversión, aclara, depende de la escala de cada proyecto, pero aporta valor especialmente alto en la etapa de preventa. «Creemos que la tecnología no reemplaza el asesoramiento inmobiliario, sino que lo potencia», sostiene, y agrega que estas herramientas generan transparencia y confianza en un mercado cada vez más competitivo.
El caso más ambicioso en Argentina involucra al histórico Hotel Plaza de Buenos Aires, frente a Plaza San Martín, en Retiro. La empresa ERKS, junto a Grupo Alvear, desarrolló lo que Santiago Braña, cofundador de ERKS, describe como «la primera experiencia de tour virtual inmersivo con Spatial Computing en la Argentina», realizada con visores Apple Vision Pro. El recorrido no muestra solo unidades: «Está pensado como una película que se vive desde adentro, donde se narra la historia del edificio, el entorno del barrio y el estilo de vida que propone el proyecto», asegura Braña. Para él, comprar una vivienda no es solo elegir metros cuadrados sino una forma de habitar y, en este caso, de habitar un ícono.
Los detalles cuentan la historia. Lo que está ocurriendo en el sector inmobiliario es un ejemplo nítido de cómo la innovación privada resuelve el problema de la confianza sin necesidad de regulación ni subsidio: el mercado encontró por sí solo la manera de reducir la incertidumbre del comprador y acelerar la decisión. Cuando el Estado no interfiere en el precio ni en la oferta, la competencia empuja a los desarrolladores a invertir en experiencia y transparencia. El resultado es un comprador mejor informado, una operación más segura y un sector que crece desde adentro. Eso, en cualquier idioma, se llama libre empresa funcionando.



