La escena lo dice todo. Un actor frente a las cámaras, respondiendo críticas de una colega que lo atacó por cobrar una pensión gubernamental, y eligiendo la nostalgia en lugar del rencor: «Laura Zapata es mi hermana. Me puede decir como sea, yo la conozco, la quiero y la adoro. Convivimos juntos en el multifamiliar Miguel Alemán. Yo ya sé su carácter».
Las palabras de Carlos Bonavides abrieron, casi sin quererlo, la puerta de un lugar que pocos conocen fuera de la colonia Del Valle: el Centro Urbano Presidente Alemán, el CUPA, uno de los primeros proyectos de vivienda de interés social de México y escenario de infancias que terminaron en los créditos de la televisión nacional.
Una pequeña ciudad en cuarenta mil metros cuadrados
El CUPA fue construido entre 1947 y 1949 por la entonces Dirección General de Pensiones Civiles. El encargo recayó en el arquitecto Mario Pani, junto con Salvador Ortega y el ingeniero Bernardo Quintana, quienes tomaron las ideas funcionalistas de Le Corbusier como punto de partida: iluminación natural, ventilación cruzada, áreas verdes generosas. El proyecto ocupa cerca de 40 mil metros cuadrados y requirió una inversión de aproximadamente 20 millones de pesos de la época.
Originalmente se planeaban 800 viviendas; el diseño final permitió construir 1,080 departamentos. El complejo fue concebido como una pequeña ciudad autónoma: alberca, canchas deportivas, auditorio, lavandería, dispensario médico, guardería, locales comerciales —farmacias, pollerías, tiendas de abarrotes, torterías— y, como detalle que lo separa de cualquier fraccionamiento ordinario, un mural de José Clemente Orozco.
El conjunto también ha servido como escenario cinematográfico. La película Y tu mamá también rodó algunas de sus secuencias entre sus pasillos y jardines.
El veracruzano que llegó sin casa
Carlos Bonavides llegó al CUPA durante su adolescencia, cuando dejó Veracruz para buscar oportunidades en la Ciudad de México. Su hermana y su cuñado lo recibieron en un departamento del complejo. «No teníamos casa, pero mi mamá era muy amiga de una señora que se llama Socorrito», recordó el actor en el programa El minuto que cambió mi destino. «Los apartamentos son de dos pisos, pero son chiquitos, entonces así conocía a todos los hijos de Socorrito, los considero mis hermanos».
Bonavides no endulza el recuerdo: «Del edificio éramos los más pobres, pero fue maravillosa la estancia, porque jugábamos en el multifamiliar con libertad, la cancha, las posadas. Me salvó la vida, yo era un vago cuando llegué, venía de la calle, conocí muchachos sanos».
Los detalles cuentan la historia. Un joven sin techo, recibido por una red de vecinos, convertido décadas después en uno de los personajes más reconocibles de la televisión mexicana.
La niña cuya abuela trabajó para tenerlo
Laura Zapata llegó al CUPA por otra vía, igualmente reveladora. La actriz compartió en su cuenta de X un mensaje tras recibir un video del conjunto habitacional: «Mi abuela trabajaba en Palacio Nacional y, gracias al fruto de su esfuerzo, recibió un departamento en el CUPA. Yo no viví el momento en que le entregaron aquel hogar, porque nací después, pero siempre he imaginado la inmensa felicidad que debió sentir al saber que, por fin, tenía un lugar digno, hermoso y moderno para formar una familia. Y fue ahí donde nací yo».
Zapata hizo sus primeras amistades en el CUPA, asistió a la guardería del complejo y descubrió su gusto por la natación y el ballet acuático. «Crecí rodeada de arte y de historia, y con el paso de los años comprendí el privilegio de haber nacido en un lugar donde convivían la arquitectura, la cultura y la vida cotidiana», escribió. «No sólo recordé un edificio. Recordé a mi abuela, a mi madre, a la niña que fui, los juegos, las risas, los sueños y esa felicidad sencilla que sólo se vive una vez».
Para entender el presente hay que volver a esa semana: la disputa pública entre dos figuras del espectáculo terminó siendo, involuntariamente, el mejor testimonio de lo que el CUPA fue en sus primeras décadas.
Lo que el mural no dice en voz alta
El CUPA lleva casi ocho décadas en pie. Su historia es también la historia de una promesa específica: que el esfuerzo de una empleada de Palacio Nacional debía alcanzar para un hogar digno; que un adolescente llegado de Veracruz sin dinero podía encontrar, en una cancha y unos vecinos, algo que lo alejara de la calle.
Esa promesa —vivienda como fruto del trabajo, no como dádiva perpetua— es la que vale la pena rescatar del episodio. No la pensión que desató la polémica, sino el conjunto que la antecede: el arquitecto que tomó en serio su encargo, la abuela que trabajó hasta merecer sus llaves, el joven que llegó sin nada y encontró una comunidad. El CUPA es, entre otras cosas, el argumento más concreto de que el mérito y la buena arquitectura pueden hacer lo que ningún programa asistencial termina de lograr solo.



