La escena lo dice todo: setenta y cinco personas tendidas en el pavimento de una plazoleta, brazos y piernas convertidos en trazos, mientras un dron sobrevuela y congela el mensaje en una fotografía aérea. Así funciona una Geocoreografía, el formato que la artista multidisciplinar colombiana Carolina Caycedo ha perfeccionado a lo largo de años de práctica entre murales, performances, películas y esculturas colgantes.
Este martes, a las 4:30 de la tarde, Caycedo facilita una de esas acciones colectivas en la plazoleta exterior del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM). La convocatoria es abierta y de libre asistencia. El mensaje que los cuerpos escribirán sobre el suelo es «Tororoí resiste», una declaración a favor del tororoí de Urrao (Grallaria urraoensis), especie endémica de Antioquia que habita los bosques nublados y bambuzales de alta montaña del Páramo del Sol y que enfrenta amenazas derivadas de la transformación de su hábitat.
La acción no surge en el vacío. Caycedo participa con obras en las dos exposiciones que el MAMM tiene abiertas en este momento: Nos habitan pájaros y montañas y La luz el fuego y la ceniza. Según la nota del museo, sus piezas funcionan como una «bisagra» entre ambas muestras. La Geocoreografía extiende ese vínculo hacia la calle, hacia quienes nunca entrarían a una sala de exposiciones.
«Yo siempre digo que esto es una forma de reclamo poético, de entender que el espacio público es nuestro y que hay diferentes formas de habitarlo, de exigir derechos y de llamar la atención sobre ciertas cosas, en este caso sobre el tororoí y la importancia de las aves», dice la propia Caycedo.
La logística es sencilla y precisa: se necesitan exactamente 75 participantes, las letras medirán aproximadamente tres metros cada una y el dron registrará la imagen aérea del conjunto. El único requisito práctico que el museo sugiere es ropa de colores vivos que contraste con el suelo.
La acción cuenta con la colaboración de la Sociedad Antioqueña de Ornitología (SAO), lo que ancla la propuesta estética a una preocupación de conservación concreta: el tororoí de Urrao es endémico de Antioquia, su rango de distribución es reducido y su hábitat en los bosques de alta montaña enfrenta presión por la transformación del territorio.
Después de la Geocoreografía, el programa continúa dentro del museo. Las curadoras Ana Ruíz Valencia y Marielsa Castro Vizcarra se sumarán a Caycedo en un conversatorio en la nave central. El cierre de la tarde será el lanzamiento del catálogo del ciclo expositivo.
La trayectoria de Caycedo abarca murales, libros, performances, películas, fotomontajes y esculturas colgantes. Su página web describe su práctica como un ejercicio que «confronta la mirada colonial y contribuye a la reconstrucción de la memoria ambiental e histórica como espacio esencial para la justicia climática y social», y sitúa las geocoreografías en la intersección entre el impacto ambiental, económico, social y espiritual de las industrias extractivistas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: Medellín, una plazoleta, setenta y cinco cuerpos y una especie de pájaro que muy poca gente conoce por su nombre.
Lo que la acción ilustra, más allá de su mensaje explícito, es el valor del espacio público como bien común al que el arte puede devolver significado sin necesidad de aparato institucional ni gasto extraordinario. Una plazoleta, voluntarios y un dron bastan para producir una imagen que circulará y generará conversación. El museo actúa aquí como catalizador, no como recinto cerrado, y eso —la apropiación directa del espacio compartido por ciudadanos que se reúnen libremente— es precisamente lo que hace de la iniciativa algo difícilmente replicable desde un escritorio burocrático.



