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El creador del movimiento Passport Bros, inadmitido en Medellín

Migración Colombia bloqueó el ingreso de un influencer estadounidense vinculado, según las autoridades, a la promoción del turismo sexual. Es el tercer caso público en menos de dos meses.
Imagen ilustrativa
sábado 1 de agosto de 2026

El avión ya había aterrizado en el Aeropuerto José María Córdova cuando los agentes de Migración Colombia identificaron al pasajero. El ciudadano estadounidense —creador del movimiento conocido como Passport Bros— no pudo cruzar el control migratorio. La orden fue clara: regreso al país de origen.

El movimiento Passport Bros agrupa, según la fuente oficial, a hombres principalmente de Estados Unidos que viajan a Medellín y otras ciudades del mundo en busca de relaciones románticas o matrimonio con mujeres de otros países. La información recopilada por las autoridades colombianas vinculaba a este individuo con la promoción de turismo con fines de explotación sexual a través de plataformas digitales y redes sociales.

«Nuestro mensaje es claro: quienes promuevan o faciliten cualquier forma de explotación sexual no son bienvenidos en el país», afirmó Gloria Esperanza Arriero, directora general de Migración Colombia, en el comunicado oficial. Arriero añadió que la entidad ha «fortalecido los mecanismos de análisis y control para identificar oportunamente a quienes intenten ingresar con ese propósito».

No es un caso aislado. El 11 de abril, la entidad deportó al influencer conocido como Chill Capo, quien promovía a través de sus redes encuentros y fiestas dirigidas a turistas internacionales con aparentes fines de explotación sexual. La investigación estableció, según el reporte oficial, que ofrecía paquetes turísticos con «supuestos consejos para evadir los controles de las autoridades» y permanecía de manera irregular en territorio nacional. Se le impuso deportación y prohibición de ingreso a Colombia por un término mínimo de cinco años.

El 25 de mayo, un tercer caso: Migración Colombia inadmitió en el Aeropuerto Internacional El Dorado a otro influencer estadounidense identificado en redes como Casey Red Beard, quien llegaba procedente de Miami. Según el reporte, tenía denuncias públicas que lo vinculaban con la presunta promoción de encuentros y fiestas privadas en Medellín dirigidas a extranjeros, actividades que podrían estar asociadas con conductas de trata de personas y explotación sexual.

Las cifras que maneja Migración Colombia merecen una nota de precisión. La fuente oficial consigna que «en lo corrido de 2026» la entidad ha inadmitido a cerca de 150 ciudadanos extranjeros por turismo con fines de explotación sexual —107 de ellos en Antioquia— y que «durante 2025» la cifra total fue de 110 inadmitidos en todo el país, aproximadamente 80 de ellos detectados en el José María Córdova. Hemisferio reproduce los datos tal como aparecen en el comunicado oficial, aunque los años citados presentan una discrepancia que la propia fuente no aclara. Lo que sí queda fuera de duda es la tendencia: el número de casos registrados va en aumento y la concentración geográfica apunta de manera sistemática a Antioquia.

El patrón que emerge de los tres casos es el mismo: influencers que operan en redes sociales, audiencias internacionales y Medellín como escenario. La ciudad, que lleva años intentando sacudirse la imagen de destino del turismo sexual, se ha convertido en el epicentro de esta política migratoria de inadmisiones.

Desde la línea editorial de Hemisferio, la medida merece ser leída en sus dos dimensiones. La primera es legítima e incuestionable: el Estado colombiano tiene no solo el derecho sino la obligación de impedir el ingreso de quienes utilicen su territorio para explotar a mujeres, niñas y adolescentes. Ningún principio de libre circulación ampara la trata ni el abuso. La segunda dimensión exige vigilancia: la figura de la inadmisión migratoria, aplicada con base en actividad en redes sociales y «información recopilada», otorga al aparato estatal un poder discrecional amplio que, mal calibrado, puede convertirse en un instrumento de censura o de arbitrariedad. El equilibrio entre protección efectiva y garantías del debido proceso es, precisamente, donde se mide la calidad institucional de un país.

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