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El costo del talento que no volvió

Novecientos dos mil millones de pesos del erario financiaron estudios de postgrado en el extranjero; 1.666 beneficiarios no cumplieron y deben 92 mil millones. La ministra Lincolao cierra la puerta al perdón, pero el daño ya está contado.
Imagen ilustrativa
jueves 6 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Una ministra de Ciencia sale a la radio a explicarle al país que el dinero de los contribuyentes financió doctorados y magísteres en el extranjero para personas que, según sus propias palabras, «hicieron su vida afuera, les gustó, se quieren quedar». El programa se llama Becas Chile. La cuenta pendiente asciende a 92 mil millones de pesos.

Este miércoles, Ximena Lincolao, titular de la cartera de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, descartó en conversación con Radio Pauta cualquier «perdonazo» a los deudores del programa estatal de financiamiento para estudios de postgrado. La advertencia no fue retórica: «Si hacemos perdones, también tenemos riesgo de seguir perdiendo más dinero», afirmó la secretaria de Estado.

Los números que incomodan

Del total de beneficiarios de Becas Chile, el 33% ya cumplió completamente sus obligaciones y el 46% se encuentra en período de gracia, retribución o cursando estudios. Hasta ahí, el programa funciona dentro de sus parámetros. El problema está en el 14% restante: 1.666 personas con incumplimiento declarado y una deuda que el propio ministerio cifra en 92 mil millones de pesos. De ese grupo, 379 ya enfrentan procesos judiciales.

Lincolao tradujo la cifra a términos concretos: esos 92 mil millones equivalen a 7.500 subsidios habitacionales o 2.500 viviendas. Un ejercicio de comparación que, leído entre líneas, revela la tensión política de fondo: el aparato estatal gastó recursos que habrían podido destinarse a necesidades más urgentes y ahora debe perseguir judicialmente a quienes se beneficiaron.

El segundo número es aún más inquietante. La ministra advirtió que el ministerio tiene 481 mil millones de pesos invertidos en otro grupo de beneficiarios que aún no termina su ciclo de retribución. Si la tendencia de incumplimiento se consolida, esa cifra podría convertirse en la próxima deuda.

La lógica de la retribución y su fractura

Las bases del programa establecen una obligación clara: quien recibe la beca debe regresar al país por un período equivalente al tiempo que estudió en el extranjero. No es una donación; es una inversión con retorno esperado en capital humano para Chile. Lincolao lo resumió sin eufemismos: quienes no regresan «no están obligados a volver, pero sí están obligados a pagar los fondos».

El problema es que cobrar resulta más difícil que financiar. La judicialización de 379 casos ilustra la brecha entre el diseño del programa y su ejecución real. Un contrato con el Estado, cuando el deudor reside en otro país, es un instrumento de cobro endeble.

La reforma que llega tarde

El pasado lunes, el ministerio presentó una reforma al programa que apunta a fortalecer los controles sobre los beneficiarios, recuperar recursos y focalizar las subvenciones en áreas estratégicas. Como medida inmediata, las convocatorias de magíster y postdoctorado en el extranjero permanecerán suspendidas durante 2026.

Lincolao fue explícita sobre el horizonte que busca: «Que el programa continúe y que llegue a más personas. Que no sea un programa que envíe gente al extranjero para el beneficio individual de la persona».

La frase encierra el diagnóstico de una falla estructural. Durante años, Becas Chile operó con controles insuficientes sobre el destino final de sus beneficiarios. El resultado es un programa que, en una fracción significativa de casos, funcionó como subsidio a la emigración calificada, no como inversión en capacidad nacional.

Lo que está en juego

Para Hemisferio, el caso Becas Chile no es solo una historia de deudores incómodos. Es el retrato de lo que ocurre cuando el Estado diseña programas de gasto sin mecanismos de rendición de cuentas proporcionales al riesgo. Los contribuyentes chilenos financiaron formación de élite en universidades extranjeras con la expectativa de un retorno colectivo; lo que obtuvieron, en 1.666 casos documentados, fue el enriquecimiento individual de personas que hoy residen fuera del país.

La ministra tiene razón en cerrar la puerta al perdón: condonar la deuda enviaría la señal de que incumplir un compromiso con el erario no tiene consecuencias. Pero la pregunta que la reforma no responde todavía es más incómoda: ¿quién responde por el diseño que hizo posible este desenlace durante tanto tiempo?

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