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El costo de seguir hablando del clima como si fuera una guerra partidista

Katharine Hayhoe y Dana Fisher sostienen que los impactos climáticos no son políticos y que el debate polarizado está debilitando la conversación pública. El fondo, dicen, es que los daños ya se sienten en hogares, seguros, salud y cuentas de servicios.
Imagen generada con IA
lunes 21 de septiembre de 2026

Katharine Hayhoe y Dana Fisher abren su argumento con una frase que busca cortar de raíz la costumbre política de encerrar el clima en una esquina ideológica: los impactos climáticos no son políticos. Lo que sí es político, sugieren, es la manera en que se habla de ellos, y el daño que hace tratarlos como una bandera partidista en lugar de un riesgo material que ya está encima de millones de hogares.

Su punto de partida es concreto. Unas inundaciones no preguntan por el voto antes de arrasar una casa, y el humo de los incendios no distingue entre republicanos y demócratas antes de llenar el aire. Para Hayhoe y Fisher, esa obviedad es precisamente lo que se pierde cuando el debate se vuelve tribal. La escena lo dice todo: en la trastienda de la conversación pública, el clima se ha convertido en un tema que muchos evitan o reducen a consignas, aunque sus efectos se filtren en la vida diaria.

Las autoras afirman que hicieron una encuesta entre las principales organizaciones y personas que comunican sobre clima en Estados Unidos y Canadá. Casi ninguna dijo que su objetivo fuera hacer campaña por candidatos o políticas. Su prioridad, explican, era ayudar a la gente a entender qué está pasando y por qué importa. En su relato, la crisis climática no compite con otras preocupaciones: ya está dentro de ellas. Hablan de olas de calor, sequías, tormentas e inundaciones, y sostienen que cuanto más rápido se calienta el planeta, peores son esos eventos.

El diagnóstico económico también ocupa un lugar central. Hayhoe y Fisher señalan que el costo financiero del cambio climático va en aumento y citan gastos relacionados con el clima, incluidas las alzas en las facturas de servicios públicos y en las primas de seguros, que ya añaden al menos entre 400 y 900 dólares al presupuesto anual de los hogares. Ese dato importa porque traslada el debate del terreno simbólico al bolsillo. No es una discusión abstracta sobre narrativa pública, sino sobre dinero de los contribuyentes, familias bajo presión y sistemas de seguro que ajustan precios ante el riesgo.

Las autoras también citan una serie de estudios y cifras para mostrar que el problema avanza en salud y mortalidad. Mencionan que una investigación reciente estimó que las muertes causadas por el calor extremo están muy subregistradas. Añaden que la contaminación del aire, ya sea por combustibles fósiles o humo de incendios forestales, está detrás de una lista creciente de impactos, desde un mayor riesgo de asma y demencia hasta la muerte prematura. En su marco, el clima no es una preocupación lejana: es una fuerza que ya altera la salud pública y la seguridad del hogar.

Pero el punto más político de su texto no es una consigna ambientalista, sino una crítica a la forma en que se administra la conversación. Dicen que la polarización ha hecho más difícil hablar del tema y que incluso los esfuerzos bienintencionados por «subir» el cambio climático en la lista de prioridades de la gente terminan por presentar mal el riesgo. Para ellas, el problema no es que el clima compita por atención; es que ya afecta las principales preocupaciones de cualquier propietario, agricultor, maestro o padre de familia.

Las autoras apoyan esa idea con datos de frecuencia de conversación. Señalan que poco menos de la mitad de los canadienses y el 41% de los estadounidenses leen o escuchan sobre cambio climático una vez por semana. Apenas el 20% de los estadounidenses habla sobre calentamiento global con familiares y amigos unas cuantas veces al mes o más, y casi la mitad, el 44%, dice que nunca lo conversa. Esa cifra, en su lectura, describe un problema de percepción social: si nadie habla, nadie sabe cuántos otros comparten la inquietud.

También citan otro dato: hace tres años, el 71% de los canadienses y el 63% de los estadounidenses decían estar preocupados por el cambio climático. Sin embargo, sostienen que la mayoría guarda ese miedo para sí misma y subestima cuántas personas a su alrededor piensan igual. En su argumento, esa sensación de aislamiento frena la acción; si la preocupación parece solitaria, la respuesta también se vuelve solitaria.

El desenlace de su tesis es claro: hablar de clima significa hablar de la vida cotidiana. Por eso, dicen, los comunicadores más eficaces conectan la crisis con los trabajos, la salud y los lugares que la gente ama. No plantean el clima como rival de esas prioridades, sino como una fuerza que ya las está moldeando. La conclusión práctica es que la conversación debe volver a la realidad y salir del teatro partidista.

Y ahí está la lectura de fondo. Cuando una discusión pública se vuelve una consigna más de la guerra cultural, el ciudadano paga dos veces: primero con confusión, después con inacción. Si el clima ya encarece seguros, servicios y salud, la burocracia y la política no deberían seguir tratándolo como un accesorio ideológico. La evidencia que presentan Hayhoe y Fisher apunta en otra dirección: los riesgos son reales, los costos ya existen y la conversación honesta llegó tarde.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el tema dejó de ser un anuncio futuro y pasó a ser una factura actual. La pregunta ya no es si el clima divide, sino si la política va a seguir usando esa división como excusa para no enfrentar lo que está frente a todos.

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