La escena lo dice todo. Un candidato republicano a gobernador lanza un anuncio animado que evoca el universo de Gladiator, con el gobernador Gavin Newsom como antagonista. Días después, otro aspirante político hace viral un video al estilo Batman que acumula millones de vistas. Y entonces, casi por reflejo, llega la respuesta legislativa.
El senador federal Adam Schiff y el representante Ro Khanna reintrodujeron el lunes el llamado «AI Ads Act», una propuesta que busca prohibir el uso fraudulento de inteligencia artificial para suplantar la identidad de candidatos o comités políticos en campañas federales. El proyecto enmienda la Ley Federal de Campañas Electorales para incluir explícitamente el contenido generado total o parcialmente por IA como vehículo potencial de fraude electoral.
La iniciativa llega días después de que Steve Hilton, candidato republicano a la gobernación de California, presentara dos anuncios generados con IA dirigidos contra Newsom, la ex vicepresidenta Kamala Harris y el candidato demócrata Xavier Becerra. Los videos, de tono claramente estilizado y animado, no pretendían imitar con realismo a sus objetivos, sino construir una narrativa política con recursos del entretenimiento popular.
Antes de Hilton, el ex participante de telerrealidad Spencer Pratt —convertido en candidato a la alcaldía de Los Ángeles— ya había marcado el camino. Su equipo, con el director angelino Charles Curran al frente, produjo el video «Pratt Man», una parodia del universo Batman que generó millones de reproducciones y puso el nombre del candidato en la conversación pública.
Schiff, quien originalmente presentó la legislación cuando era representante en la Cámara Baja, insistió en que el asunto trasciende las líneas partidistas. «La publicidad fraudulenta generada por IA que usa la imagen o la voz de candidatos para tergiversar sus posiciones no solo está mal: representa una amenaza seria para nuestra democracia», dijo, según la fuente. Sin embargo, el propio Schiff reconoció que, hasta ahora, han sido los republicanos quienes han sacado mayor provecho del formato.
El proyecto va más allá de los llamados deepfakes —grabaciones falsas diseñadas para parecer auténticas— y apunta a cualquier contenido de IA utilizado para engañar a votantes o solicitar donaciones bajo pretensas falsas. También elimina el requisito vigente de que una tergiversación deba probarse como «dañina» antes de activar mecanismos de cumplimiento, lo que amplía el alcance de la ley.
La propuesta cuenta con el respaldo de organizaciones como Common Cause, Campaign Legal Center y Public Citizen, y se alinea con recomendaciones bipartidistas emitidas por la Comisión Federal Electoral en 2022. Más de 30 estados ya cuentan con legislación propia sobre contenido electoral engañoso generado por IA, pero el Congreso federal no ha establecido estándares comparables.
Ahí está el nudo. Khanna, señalado como probable candidato presidencial en 2028, declaró que la IA no debe «usarse para engañar a los votantes ni para socavar nuestra democracia». La frase suena razonable. El problema es el trazo de la línea.
Los detalles cuentan la historia. Ni el video de Hilton ni el de Pratt intentaban hacer pasar animaciones por imágenes reales. Eran sátira política con estética de Hollywood, un género con siglos de historia en la democracia occidental. La pregunta que el «AI Ads Act» no responde con claridad es dónde termina la suplantación fraudulenta y dónde empieza la caricatura legítima.
Desde la perspectiva de Hemisferio, el patrón es conocido: una tecnología nueva que favorece al adversario político dispara el instinto regulatorio. El aparato legislativo se moviliza no cuando la herramienta amenaza al ciudadano, sino cuando amenaza al incumbente. Que el proyecto tenga perspectivas inciertas en un Congreso dividido —donde los acuerdos sobre regulación de IA han sido esquivos— sugiere que la iniciativa cumple, por ahora, más una función de posicionamiento que de gobernanza real. La libre expresión política, incluida su versión satírica más aguda, merece una defensa más firme que la que ofrece la ambigüedad de este texto.



