La escena lo dice todo. Un padre militar coloca una manzana sobre la cabeza de su hijo, apunta con el arma y pregunta: «¿Tienes miedo?». El niño dice que no. Esa imagen, en los primeros minutos de Lanterns, la nueva apuesta dramática de HBO dentro del universo DC reimaginado por James Gunn, resume la ambición de la serie: no es un show de superhéroes convencional. Es, o intenta ser, algo más incómodo.
El estreno está programado para el 16 de agosto. La serie fue creada por Chris Mundy —responsable de True Detective y Ozark—, el veterano Damon Lindelof —Lost, The Leftovers— y el guionista de cómics Tom King, ganador del premio Eisner. Tres voces distintas, tres tradiciones narrativas, y el resultado, según la crítica de Time, es una mezcla de éxitos desiguales.
Dos hombres, dos miedos
Kyle Chandler interpreta a Hal Jordan, el primer terrícola reclutado como Green Lantern, una suerte de policía intergaláctico. Aaron Pierre da vida a John Stewart, un ex-Marine serio y contenido que llega como aprendiz de Hal. La dinámica entre ambos es el motor de la temporada: Hal, con el swagger arrogante de un atleta que se niega a retirarse; John, que silenciosamente desprecia la facilidad con que su compañero asume un trabajo que para él sería el honor de su vida.
La acción transcurre principalmente en 2016, en Rushville, Nebraska, un pueblo rural obsesionado con el fútbol americano —guiño inevitable a la carrera de Chandler en Friday Night Lights—, donde una muerte en un campo de juego desencadena una investigación de ocho episodios con la forma inconfundible de True Detective. La familia Macon, que controla un vasto rancho ganadero, orbita alrededor del caso: el patriarca William Macon (Garret Dillahunt), su nuera la sheriff Kerry (Kelly Macdonald, veterana de Boardwalk Empire), su hijo abogado (Jason Ritter) y la esposa Zoe (Poorna Jagannathan). Las lealtades, advierte la reseña de Time, son turbias y mutables desde el principio.
La sombra de Watchmen
El problema central de Lanterns, según Judy Berman en Time, es precisamente su ambición. La serie quiere hacer con el racismo sistémico y las visiones contrapuestas del heroísmo lo que Watchmen —la adaptación de Lindelof de 2019— hizo con la masacre racial de Tulsa y la historia de la violencia institucional. Los paralelos son evidentes y, en parte, buscados. Pero Watchmen tenía historia, personalidad y una extrañeza narrativa que la distinguía. Lanterns, en cambio, pierde esas cualidades filosóficas en el ruido de demasiadas voces creativas.
La serie suma a Nathan Fillion como Guy Gardner —ya visto en Superman y Peacemaker— y a Ulrich Thomsen como Sinestro, el Lantern convertido en villano. El elenco es sólido. La factura visual, cuidada. Y hay momentos en que la alegoría funciona: la diferencia entre cómo un hombre negro joven y un hombre blanco mayor se relacionan con el miedo no es un subtexto, es el texto.
Pero la pluralidad de autores pesa. Mundy impone el procedural rural; Lindelof dispersa agujeros expositivos que prometen más de lo que entregan; King aporta la sensibilidad del cómic literario. El resultado es una serie más inteligente, más madura y menos formulaica que el estándar Marvel, según Time, pero que no termina de cuajar en una sola cosa.
Los detalles cuentan la historia.
Para un lector de libre mercado cultural —alguien que valora la originalidad sobre la franquicia, el riesgo creativo sobre la extensión de marca—, Lanterns es una señal interesante. HBO apuesta por un producto que no es el identikit de superhéroes que domina la industria. Eso merece reconocimiento.
Pero la ambición sin disciplina tiene un costo. Cuando tres creadores con visiones distintas compiten por el mismo espacio, el resultado suele ser una obra que satisface a medias a cada uno de sus padres. Lanterns es mejor que la mayoría de lo que ofrece el género. Que eso sea suficiente depende de cuánto le exija el espectador a su entretenimiento.



