La escena lo dice todo. Un fisiólogo vasco, Aitor Viribay, pasa tres años en el laboratorio intentando resolver un problema que la ciencia del deporte había ignorado durante décadas: cómo darle al cuerpo humano una molécula que produce por sí solo, pero en cantidades que marquen la diferencia.
El resultado es Exolactate, un suplemento desarrollado por científicos españoles que combina lactato con hidratos de carbono y que, según sus creadores, podría mejorar el metabolismo de deportistas de alto rendimiento durante el ejercicio.
La rehabilitación de una molécula
Durante décadas, el lactato cargó con una reputación injusta. Era el «desecho» que aparecía cuando los músculos ya no daban más, el sospechoso de siempre en la escena del agotamiento. Esa narrativa comenzó a desmoronarse hace cuarenta años, cuando el fisiólogo estadounidense George Brooks inició las investigaciones que terminarían por rehabilitar la molécula.
Los estudios demostraron que el lactato no es un residuo metabólico, sino una fuente de energía: puede transformarse en glucosa en el hígado o ser utilizada directamente por las células como combustible. Además, actúa como señal para que el cuerpo se adapte al entrenamiento.
El problema era práctico. A pesar de ese conocimiento acumulado, nadie había logrado convertir el lactato en un suplemento que pudiera ingerirse en cantidades suficientes para generar un efecto real durante la actividad física de alto nivel.
Siete años de trabajo, tres de fórmula
Viribay llegó al lactato por un camino indirecto. Hace siete años comenzó a estudiar cómo aumentar la ingesta de carbohidratos en corredores de larga distancia y encontró que esos carbohidratos favorecen la producción de lactato en el organismo. Ese hallazgo lo llevó a preguntarse si era posible suministrarlo directamente.
Tras tres años de trabajo junto a su equipo —que incluyó también a chefs españoles para resolver el desafío del sabor y la palatabilidad— consiguieron una fórmula capaz de aportar entre 15 y 20 gramos de lactato por hora de manera segura. Según explicó Viribay al diario El País de España, el objetivo no es elevar peligrosamente el lactato en sangre, sino que la molécula sea aprovechada por el organismo mientras la persona hace ejercicio.
Los detalles cuentan la historia: en ejercicios de baja intensidad, el lactato ayudaría a utilizar mejor las grasas como combustible; cuando el esfuerzo aumenta, facilitaría el aprovechamiento de la glucosa. Y en ambos casos, actuaría como señal para estimular las adaptaciones que produce el entrenamiento.
Estado de la evidencia
Exolactate cuenta hasta ahora con un estudio piloto. Tiene además un artículo científico en revisión, un ensayo clínico en desarrollo y otras investigaciones que comparan sus características con las de los geles deportivos tradicionales. La evidencia, en otras palabras, es prometedora pero todavía preliminar.
Mientras la ciencia avanza, algunos corredores de montaña y ciclistas que compiten en el Tour de Francia ya han incorporado el suplemento a su preparación. La adopción en el deporte de élite suele preceder a la validación clínica masiva —ese es un patrón conocido en la nutrición deportiva— y Exolactate no parece ser la excepción.
Para los investigadores, el horizonte va más allá del podio. El objetivo declarado es profundizar en la comprensión del metabolismo humano: ese motor del cuerpo que regula desde el funcionamiento del corazón hasta la temperatura corporal.
Lo que está en juego
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Brooks publicó sus primeros resultados hace cuatro décadas. La ciencia tardó en escuchar, pero la industria del rendimiento deportivo nunca pierde el tiempo cuando aparece una ventaja medible.
Exolactate es, en esencia, un producto de innovación privada que nació de la curiosidad científica y encontró su camino hacia el mercado a través del deporte de élite. Sin regulación estatal que lo impulsara ni burocracia que lo financiara, un equipo de investigadores y cocineros resolvió un problema que la academia había identificado pero no había sabido traducir en algo útil. Esa es, precisamente, la lógica que mueve el progreso: la pregunta correcta, el equipo adecuado y la libertad de buscar la respuesta.


