AHORA
Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•
Hemisferio
PolíticaAméricasMundoNegociosTecnologíaCulturaIdeas
Hemisferio
Secciones
El medio
Cultura

El colombiano que diseñó para Botero y Spears

Juan Montoya, bisnieto de Jorge Isaacs y miembro del Salón de la Fama del Diseño de Interiores, lleva más de cuatro décadas construyendo espacios desde Nueva York. Su historia empieza con casitas de cartón y termina en los escenarios del diseño global.
Imagen generada con IA
viernes 11 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. Un niño en Cali termina la primaria, toma cartón, construye casitas con dos y tres garajes y se las vende a sus amigos. No es un juego: es el primer estudio de diseño de Juan Montoya, aunque él todavía no lo sabe.

Montoya lo cuenta sin nostalgia calculada. «Pasó el tiempo, hice la primaria, y empecé a construir casitas de cartón. Se las vendía a mis amigos: con tres garajes, dos garajes... Siempre estaba ahí el concepto de crear un ambiente». Antes de Cali había vivido en Puerto Tejada, donde el entusiasmo por dibujar ya era visible para su madre. El traslado no interrumpió nada: lo aceleró.

De Cali a Bogotá, donde estudió en la Universidad La Gran Colombia. Luego Nueva York, donde ingresó a Parsons School of Design, una de las escuelas de arte y diseño más prestigiosas del mundo. Después París, Milán y de regreso a Nueva York, donde abrió su estudio. Más de cuatro décadas después, ese estudio sigue creciendo.

El recorrido acumuló credenciales que pocos diseñadores latinoamericanos pueden exhibir. Montoya es miembro del Salón de la Fama del Diseño de Interiores. En 2010 fue incluido en el listado de los 30 diseñadores más importantes del mundo. Ha recibido múltiples premios internacionales. Entre sus clientes figuran Fernando Botero y Britney Spears. Y es bisnieto del escritor Jorge Isaacs.

Ahora está en Medellín como embajador de Monogram en la Feria de Diseño Medellín Powered by Idd Cologne, donde habla sobre por qué la cocina se ha convertido en uno de los lugares de encuentro por excelencia del hogar.

Su método de trabajo revela una disciplina que va más allá de la estética. Antes de trazar una línea, Montoya estudia al cliente. «Lo que yo hago es crear un programa en el cual te analizo: cómo te vistes, cómo sales, qué te pones. Todo eso me sirve para poder enfocar cómo se va a desarrollar». El espacio, dice, tiene que responder a quien lo habita, no al diseñador. «Yo no voy a vivir ahí. Yo estoy diseñando para ti».

Esa misma lógica se aplica a la geografía. Medellín no es Bogotá, y diseñar como si lo fuera sería un error. «Si yo estoy diseñando para Medellín, no puedo diseñar en Medellín como lo haría en Bogotá». La luz, el color, la transparencia, el clima: todo entra en el cálculo.

Sobre las tendencias, Montoya es escéptico con elegancia. «Los cambios de estas décadas yo los considero como una especie de qué está de moda. Pero realmente lo más importante es estudiar el espacio». No hay colores feos, dice; todo depende de cómo se combina y cómo se crea con ese color.

Colombia, en su lectura, ha avanzado. «Hay un reconocimiento muy grande de lo que es nuestra cultura y de cómo podemos extraer de la artesanía, del trabajo del artesano, para crear algo más sofisticado y llevarlo a un nivel internacional». Lo dice alguien que lleva más de la mitad de su vida fuera del país, pero que mantiene una casa en Barichara y regresa con frecuencia.

El proyecto que más le ilusiona ahora no es una mansión ni un hotel de lujo. Es un ancianato en el que trabaja actualmente, y una escuela para niños. «Trabajos que realmente sean una ayuda a la humanidad. Eso para mí es especial».

Los detalles cuentan la historia. Un diseñador que factura en los mercados más exigentes del mundo y que, al final de la conversación, pone en el mismo plano a Britney Spears y a un ancianato sin nombre, dice algo sobre lo que entiende por un proyecto relevante. No es el cliente quien lo define. Es el acceso que ese cliente le da para imponer su visión, y la conexión química que hace que el resultado valga la pena.

En un sector donde el talento latinoamericano sigue luchando por reconocimiento en los circuitos internacionales, la trayectoria de Montoya es un argumento en favor de la formación rigurosa, la movilidad y la identidad cultural como ventaja competitiva, no como lastre. Las casitas de cartón de Cali llegaron lejos.

Más de Cultura