El Códice Azcatitlan volvió a México después de salir del país en 1840, pero lo hizo en calidad de préstamo. El manuscrito, elaborado en el Valle de México y datado por la muestra en el siglo XVI o XVII, se exhibe de forma temporal en el Museo Nacional de Antropología dentro de la exposición «El Códice Azcatitlan. México-Francia, 200 años de amistad», abierta hasta el 6 de diciembre.
La pieza llegó desde Francia, donde permanece en la Biblioteca Nacional de ese país. Su presentación en México ocurre en el marco de las conmemoraciones por el bicentenario de las relaciones entre México y Francia, y marca la primera vez que el códice se muestra en territorio nacional desde que salió hace 184 años.
Baltazar Brito Guadarrama, director de la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología y curador de la muestra, dijo durante la inauguración que existen solicitudes de comunidades originarias para que Francia devuelva el códice a México, además de conversaciones entre autoridades mexicanas y francesas. Pero también admitió que no se ha llegado «a nada concreto».
Brito Guadarrama sostuvo que el gobierno de México es el único con facultad para pedir una repatriación oficial. El INAH, precisó, solo funge como apoyo técnico. Según el funcionario, los franceses han respondido a esas conversaciones y han visitado las instalaciones donde se resguardan y cuidan los códices en México.
«Tenemos hoy todas las condiciones para tener este patrimonio de vuelta en México», señaló. También dijo que es necesario «empatar las leyes» francesas y mexicanas para hacer posible la repatriación. Para él, la exhibición temporal es «un primer paso» y existe la posibilidad de que el códice se quede de forma permanente.
La trastienda de esta historia es larga. De acuerdo con la muestra, existe la posibilidad de que el primer propietario del códice fuera Fernando de Alva Ixtlixóchitl, funcionario e historiador texcocano y descendiente de Nezahualcóyotl. Luego, al morir Ixtlilxóchitl, sus documentos pasaron a manos de Carlos de Singüenza y Góngora, quien más tarde heredó su biblioteca a la Compañía de Jesús.
Hacia 1737, Lorenzo Boturini adquirió documentos de tradición indígena de fondos jesuitas. Pero en 1743 fue deportado a Europa y su colección de manuscritos fue confiscada y trasladada a la Secretaría de la Cámara del Virreinato.
Más tarde, en 1830, Joseph Marius Alexis Aubin llegó a México para estudiar física y astronomía. Interesado en las culturas prehispánicas, adquirió varios documentos reunidos por Boturini, entre ellos el Códice Azcatitlan. Aubin regresó a Francia en 1840 y se llevó los documentos, que después vendió al coleccionista franco-mexicano Eugéne Goupil. Finalmente, en 1896, Augustine Élie, viuda de Goupil, lo donó a la Biblioteca Nacional de Francia.
Jean-Charles Bédague, director de colecciones de esa biblioteca, dijo que no tienen una postura sobre las peticiones de grupos originarios para devolver el códice, porque, afirmó, se trata de un tema político. Al mismo tiempo, destacó la cooperación entre ambos países en materia de investigación científica e histórica.
«Hemos firmado varios acuerdos que promueven el intercambio de conocimientos especializados y la digitalización para comprender y desarrollar mejor el conocimiento», apuntó. También remarcó que el Códice Azcatitlan forma parte del catálogo de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia, y por eso tiene valor para esa institución.
El códice se divide en tres secciones. Narra el recorrido migratorio de los mexicas desde Aztlán hasta la fundación de México-Tenochtitlan; los tlatoque de la ciudad y los principales acontecimientos de cada gobierno; y la llegada de los españoles, la conquista y la evangelización. La muestra se complementa con 25 piezas y otros códices que ayudan a entender su elaboración y permanencia en el tiempo.
La escena lo dice todo. Un patrimonio que nació en México vuelve al país solo bajo custodia ajena, mientras el aparato estatal negocia, conversa y espera. El caso exhibe una tensión clásica: la memoria histórica frente a la propiedad institucional y a los límites de la diplomacia.
Para el lector, el fondo es claro. Si la repatriación permanece en pausa, México seguirá celebrando un regreso parcial, no una recuperación definitiva. Y cuando un bien de este valor depende de acuerdos, leyes y trámites entre Estados, la pregunta deja de ser cultural y se vuelve política: quién manda sobre el patrimonio y qué tan en serio se toma su devolución.



