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El cirujano que cambió la escopeta por el obturador

Rodrigo Gaviria pasó de cazar animales por placer a ser uno de los fotógrafos de aves más reconocidos de Colombia, con más de treinta años de experiencia y tres libros publicados. Una historia de transformación personal que también es la del auge del avistamiento en el país.
Imagen ilustrativa
domingo 9 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Un niño inquieto en una finca del Bajo Cauca recibe, como entretenimiento, primero una cauchera, luego un rifle de balines y finalmente una escopeta. Décadas después, ese mismo hombre recorre los bosques colombianos con una cámara y publica libros sobre las aves que antes habría derribado de un disparo.

Rodrigo Gaviria Obregón creció en Medellín, en los límites con Envigado, en lo que él describe como «esas casas fincas antiguas». Las vacaciones de infancia transcurrían en el Bajo Cauca, en una época que él mismo caracteriza sin eufemismos: «El contacto con la naturaleza era un contacto bastante agresivo, porque nosotros no teníamos ninguna educación ecológica».

No era cacería por necesidad. Era por placer, y Gaviria lo reconoce con una franqueza que desconcierta: «A mí me encantaba cuando mataba un animal. Hay que decirlo abiertamente: mataba porque me gustaba. Me gustaba disecarlo, miraba por dónde había entrado la bala, qué había hecho, cómo se había muerto».

Esa curiosidad visceral tuvo un destino inesperado. El interés por entender el cuerpo desde adentro, por comprender la anatomía antes que la medicina, terminó siendo —sin que él lo supiera todavía— el origen de su vocación quirúrgica. Cuando terminó el bachillerato estudió medicina en Medellín. «Yo desde que entré a medicina sabía que tenía que ser cirujano», recuerda. Fue el primer médico de la familia: su padre y sus hermanos se desmayaban ante cualquier situación clínica. Él, el único cazador, no solo toleraba la sangre; la estudiaba con curiosidad científica. Consiguió una beca que le permitió especializarse en cirugía plástica en el exterior.

Pero la fotografía de aves no llegó de la mano del abandono de la medicina. Llegó mucho antes, en una época en que Medellín vivía encerrada por los problemas de orden público que marcaron a la ciudad. En medio de ese encierro urbano, un amigo lo invitó a ver pájaros. Él, al principio, no le encontraba ningún sentido. Aceptó por ocupar el aburrimiento.

Bastó ese primer recorrido. Descubrir las aves a través de unos binoculares, distinguir sus colores, escuchar sus cantos, presenciar sus rituales de apareamiento: todo eso lo cautivó de inmediato. Y quiso detener esos instantes.

«La fotografía era la misma sensación de cacería que yo tenía cuando joven, pero en vez de disparar con escopeta, ya disparaba con el obturador de una cámara», explica. Lo que antes capturaba y aniquilaba con una bala, ahora lo capturaba y lo multiplicaba con una imagen.

De ese giro nació, hace más de treinta años, el fotógrafo que hoy conoce buena parte del país. En aquella época, recuerda Gaviria, apenas había cuatro o cinco fotógrafos de aves en toda Colombia. Hoy, cuando sale con un grupo de diez observadores, ocho o nueve llevan una cámara. «Ya todo el mundo quiere captar las imágenes y las están compartiendo, y de ahí viene el boom que tenemos en Colombia por la observación de aves».

Gaviria es miembro de la Sociedad Antioqueña de Ornitología y tiene tres libros publicados, entre ellos Aves silvestres de Colombia y Las aves más hermosas de Colombia. Para él, los colibríes no son solo un espectáculo visual: los describe como «mensajeros de los dioses», evocando el lugar que ocupaban en distintas culturas —dioses del sol para los mexicas, nexos entre el mundo de los vivos y el de los espíritus para los emberá, emisarios de buenos pensamientos para los mayas.

De alguna manera, ese oficio terminó convirtiéndose en una forma de expiación. «Lo que yo hago ahora, al dar a conocer las aves y fomentar su protección, es, de alguna forma, sentir que estoy resarciendo ese daño», apunta.

Hay estudios, señala Gaviria, que muestran que salir a observar aves, escuchar sus cantos o fotografiarlas puede tener efectos positivos sobre la salud física y mental, y que puede ayudar a personas que atraviesan cuadros de depresión. Salir a observar aves, explica, no consiste únicamente en buscar aves: también es descubrir los árboles donde anidan, las mariposas que comparten el aire, los grillos y los insectos de los que se alimentan; el ruido, el viento, el verde, el cielo, la calma.

La historia de Rodrigo Gaviria es, en el fondo, la historia de un hombre que encontró en la contemplación lo que antes buscaba en la destrucción. Y es también, sin proponérselo, un argumento a favor de algo que las sociedades libres producen con más frecuencia de lo que sus críticos reconocen: la transformación voluntaria, individual, sin decreto ni programa estatal. Nadie le ordenó cambiar. Nadie le financió la conversión con dinero de los contribuyentes. Un amigo, un par de binoculares y el aburrimiento de una ciudad sitiada hicieron el resto. El mercado de las ideas —y de las vocaciones— funciona así cuando se lo deja funcionar.

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