La escena lo dice todo. Un hombre que ha bailado en los escenarios más importantes del mundo llega al Teatro Colón —el teatro de su ciudad natal— no como consagración planeada sino como el desenlace de un rodeo de casi dos décadas. Lucas Segovia tiene 40 años, una casa en Chicago donde apenas pasa tres meses al año y un perfil de redes sociales que reza, escueto: «dancer. From Buenos Aires, home is US».
El dato que mejor lo retrata no es ningún premio ni ningún contrato estelar. Es el pasaporte. Más de 400 ciudades visitadas, según su propio perfil público. No es un récord buscado; es la consecuencia natural de una decisión tomada desde muy joven: que el trabajo lo llevara por todas partes. La danza fue el vehículo. «Siempre soñé con viajar mucho por el mundo, no me preguntes por qué, y tuve la suerte de que esta carrera y esta pasión que encontré fueron el vehículo para hacer ese otro sueño en realidad», cuenta.
La trayectoria tiene escala y variedad. Segovia formó parte del Ballet Argentino de Julio Bocca en la bisagra del cambio de siglo. En 2008 soltó amarras y emprendió su propio camino. Pasó por el Washington Ballet y el Joffrey Ballet, y luego cruzó al teatro musical —West Side Story, Un americano en París, Oklahoma!— antes de volcarse al trabajo free lance como bailarín invitado. Cada destino fue, según él mismo describe, un nuevo desafío artístico que lo mantuvo fiel a su temperamento: curioso e inquieto.
Ahora ese recorrido llega a un punto que Segovia jamás gestionó como deuda pendiente y que sin embargo resulta cargado de significado. Desde el próximo martes, durante las vacaciones de invierno, estará en cartel en el Teatro Colón con Cuentos líricos, ¿Sabías que el mar tiene corazón?, una obra infantil escrita por Sebastián Irigo. «Bailé en teatros muy importantes, pero hacerlo en el Colón es otra cosa, para todo el mundo y para mí también, de una majestuosidad y una gravedad artística muy fuerte», reconoce.
Los detalles cuentan la historia. En el espectáculo, Segovia interpreta a Lucas, un personaje que se expresa únicamente con el cuerpo y que habla en lengua de señas. Cuando le presentaron el desafío, tomó clases con una coach y aprendió el libreto completo en esa lengua. «Fue fascinante», dice, y se larga a describir el universo que se abre cuando uno aprende algo absolutamente nuevo. Su coprotagonista es la cantante y actriz Josefina Scaglione, amiga suya fuera del escenario. La música son arias de Rossini, Puccini y Verdi. El elenco lo integran alumnos de las carreras artísticas y escenotécnicas del Instituto Superior de Arte, junto a la Orquesta Académica y el Coro de Niños.
El regreso a Buenos Aires este año no empezó en el Colón sino en San Juan. Antes de los ensayos porteños, Segovia hizo Carmina Burana, de Mauricio Wainrot, en el Teatro del Bicentenario, junto a Victoria Balanza —exBallet Argentino y exBallet Contemporáneo del Teatro San Martín—. «Yo creía que ya no quería hacer ese tipo de obras de tanto desgaste atlético y de mucha exposición», admite. Lo consultó con su coach y con su psicóloga, dijo que sí, y llegó a San Juan ya preparado. «Fue una experiencia genial».
A la dimensión artística se suma ahora una académica. Hace apenas unos meses se graduó en un programa de Management con orientación en Liderazgo. La razón es pragmática: lleva años ejerciendo la dirección artística de elencos y espectáculos, y detectó que le faltaban herramientas. «Muchas veces hay que...», empieza a decir, y la frase queda abierta como lo está su agenda.
Para entender el presente hay que volver a esa decisión de 2008. Segovia no abandonó la Argentina por desilusión ni por falta de oportunidades inmediatas; la dejó porque el mundo era más grande que cualquier compañía local y él quería comprobarlo con el cuerpo. Dieciocho años después, ese impulso —individual, meritocrático, sin red institucional que lo sostuviera— produce un artista que domina el ballet clásico, el musical de Broadway, la dirección artística y ahora la lengua de señas, y que debuta en el Colón no a los 22 sino a los 40, con la experiencia de quien ha ganado cada sala a pulso propio.
Eso es, en el fondo, lo que hace singular esta historia: no el escenario ni el título de la obra, sino la trayectoria que los precede. La libre empresa del talento, ejercida sin subsidios ni atajos, tiene este tipo de desenlaces. Tardíos tal vez en el calendario, pero irreprochables en su construcción.



