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El cine brasileño y la cuenta del Estado

Kleber Mendonça, homenajeado en Lima, atribuye su carrera y la del actor Wagner Moura a décadas de gasto público en cultura. El debate sobre quién paga la factura queda abierto.
Imagen ilustrativa
sábado 15 de agosto de 2026

La sala estaba llena. Eso, dice Kleber Mendonça, todavía lo sorprende: ver espectadores en Francia, en Perú, en Australia aplaudiendo una película que él describe como «muy local, muy brasileña, muy de Recife». Los detalles cuentan la historia.

Este sábado el Festival Internacional de Cine de Lima rindió homenaje al director brasileño, uno de los nombres más reconocidos del cine latinoamericano reciente. Mendonça llegó a la capital peruana con tres títulos bajo el brazo —Retratos fantasmas, Bacurau y O som ao redor— y con la convicción de que el auge audiovisual de su país no es accidental.

«La producción brasileña está en la actualidad muy diversificada y es fruto de muchos años de inversión del gobierno, de políticas públicas. Yo soy fruto de políticas públicas brasileñas de cultura», declaró a EFE tras arribar a Lima. El actor Wagner Moura, protagonista de su última película El agente secreto (2025), se define, según Mendonça, de la misma manera.

El agente secreto es hoy el argumento más visible de esa tesis. La cinta obtuvo cuatro nominaciones al Óscar y ganó dos Globos de Oro. Narra la historia de Marcelo, un perseguido por la dictadura en el Brasil de 1977. Mendonça la describe como «una película llena de amor, violencia, sentimiento» que muestra «de la manera más negativa la utilización del poder en contra de las personas».

El director, que también ejerció el periodismo, confiesa que le atrae viajar al pasado para encontrar paralelismos con el presente. Su próximo proyecto se sitúa en los años treinta, antes de la Revolución Constitucionalista de 1932 en São Paulo. «Todos los períodos son históricos», sostiene, y coloca en ese mismo marco el momento actual, al que califica de «muy complejo», citando entre sus referencias las acciones del presidente Donald Trump y lo que llama «la ocupación» de territorios palestinos por parte de Israel.

En Lima, Mendonça también ofició de animador vocacional. Ante las cientos de personas que acudieron al homenaje, transmitió un mensaje directo a los jóvenes cineastas: «Es un gran momento para ser joven y hacer películas. Tenemos la tecnología para hacerla y tenemos un mundo lleno de tensión, de conflicto, de violencia y también de amor». Los instrumentos del oficio, insistió, «están muy disponibles hoy», desde las plataformas de streaming hasta las co-producciones internacionales, pasando por proyectos de bajo presupuesto habilitados por la tecnología.

Otro de sus temas recurrentes es la memoria, a la que define como uno de los «grandes temas» para los artistas. Advierte que esa memoria está en riesgo: puede ser alterada por razones políticas y también tecnológicas, en particular por la inteligencia artificial, «ya sea por procesos estéticos o razones deliberadas».

Su propuesta estética rechaza el purismo. Las tres películas presentadas en Lima abarcan el documental, el wéstern y el suspenso, géneros que mezcla sin disculpas. «Para mí la impureza en la música, en la literatura, el cine, la manera de mirar al mundo con todas las influencias posibles es la mejor manera», concluye.

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La escena lo dice todo: un cineasta aclamado en cuatro continentes sube a un escenario y, en lugar de hablar de talento o de riesgo creativo, agradece al aparato estatal. Es una postura coherente, y Mendonça tiene derecho a sostenerla. Pero merece una lectura completa.

El modelo brasileño de subsidio cultural produjo obras reconocidas internacionalmente; eso es un hecho que las fuentes documentan. Lo que el relato oficial omite es la pregunta que todo contribuyente tiene derecho a formular: qué historias no se contaron porque el filtro del financiamiento público decidió cuáles merecían existir, y quién pagó la cuenta de las que no llegaron a ninguna sala. El libre mercado no es enemigo del arte; es el mecanismo que permite que el público, y no la burocracia, decida qué vale la pena ver. Que El agente secreto llene salas en Australia sugiere que Mendonça habría encontrado financiamiento de todas formas. La pregunta incómoda es cuántos directores sin su perfil ideológico corrieron con la misma suerte.

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